MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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miércoles, 21 de noviembre de 2012

LA LUCHA DE SAN JUAN DE LA CRUZ CONTRA SATANÁS


LOS EXORCISMOS DE SAN JUAN DE LA CRUZ

De la Vida del Santo por fray Crisógono de Jesús O.C.D.




El gran San Juan de la Cruz
El Doctor estático


          (…) "Hay ahora una religiosa prodigio. Es joven, ingresada en el convento cuando tenía 5 años, sin duda como educanda, explica maravillosamente las Santas Escrituras. Y no ha tenido maestro ni ha cursado estudios. Sus compañeras están asombradas. Son muchas las personas que vienen a oírla. Los superiores comienzan a preocuparse. Es necesario examinar aquel espíritu. Y por el locutorio del convento de Gracia, comienzan a desfilar los más insignes teólogos que España tiene en la Universidad de Salamanca: Mancio del Corpus Christi, Bartolomé de Medina, Juan de Guevara, el maestro fray Luis de León…Desconocemos el dictamen que van emitiendo. 

          Parece que todos dan por bueno aquel espíritu y por infusa aquella ciencia maravillosa. Pero los superiores no están tranquilos y  se requiere, al fin, la intervención de fray Juan de la Cruz, antiguo alumno de la Universidad salmantina de esos mismos insignes varones que le han precedido en el examen de la monja prodigio. El joven descalzo se resiste. Interviene el General de la Orden Agustiniana, que pasa entonces por Ávila, e interviene también Santa Teresa, y logran que el confesor de la Encarnación se decida a subir al convento de Gracia.

            Pero antes, hace gestiones cerca de la Inquisición de Ávila. Pone el caso en conocimiento de los Inquisidores y pide licencia para intervenir en el asunto. Y solo cuando los inquisidores le autoriza, se hace cargo de la monja que habla tantas maravillas.

           No sube solo fray Juan al convento de las agustinas: lleva como de costumbre, un compañero, el hermano lego fray Francisco de los apóstoles, que lleva unos meses haciendo de portero en el convento del Carmen; otras, el padre fray Gabriel Bautista; otras, el padre fray Pedro de la Purificación. Ellos le acompañan, aunque alternativamente, en las repetidas visitas que hace con este motivo al colegio de nuestra Señora de Gracia.

         El camino no es corto. Tiene que ir de norte a sur, dejando en medio la ciudad. Suben la pendiente norte y, probablemente bordeando las murallas desde el arco de San Vicente, pasan por detrás del ábside de la catedral y al pie de la puerta del alcázar. Un descenso rápido, pero corto, y están en el monasterio de las agustinas.

         Fray Juan entra en el confesionario. Mientras tanto, el padre general y las monjas, esperan el resultado del examen. Una hora pasa el descalzo con la monja. Al salir dice sin ambages a los que aguardan: “Señores, esta monja está endemoniada”. El Padre general le ruega que tome a su cargo el exorcizar a la religiosa. Le concede para ello todas las autorizaciones: puede entrar y salir, hacer y deshacer con plena libertad en aquella casa. Accede Fray Juan y empiezan los exorcismos. Va a ser todo un proceso largo y enojoso. Poseemos curiosos detalles, dados por testigos de vista en distintas informaciones, que nos permiten reconstruir el hecho.

         Los conjuros duran varios meses. Fray Juan sube al convento una o dos veces por semana. Va temprano para decir misa. Unas veces exorciza a la endemoniada antes de celebrar, y en ese caso se pone la estola sobre la capa blanca. Otras la conjura después de la misa, y entonces lo hace, quitándose la casulla y quedándose con alba y estola.

          Las monjas no lo pierden de vista. Admirado y querido como santo, corren a su lado apenas entra en la sacristía. Pero a fray Juan no le gusta que le vean quitarse la capa, ni quitársela ni estar sin ella, y lo hace ocultándose como puede, vistiéndose como puede los sagrados ornamentos, para que, cuando lleguen las monjas, le encuentren ya vestido.

        Quizá con la frecuencia con que le ven y le tratan, las religiosas terminan por llegarse a él “con grandísima familiaridad”. Las hay de muy buena presencia. Pero fray Juan, - así lo dice él a Beatriz de Cepeda, monja de a Encarnación – no siente inmutación alguna a su lado. No parece hombre.

        A los primeros conjuros, fray Juan hace confesar a la posesa que se ha entregado al demonio a la edad de seis años, es decir, al año de haber ingresado en el convento. La entrega se hizo solemnemente: la niña se sacó sangre de un brazo y con ella, escribió una cédula en la que hacía constar que se daba por entero al diablo. 

        Los exorcismos son acompañados de terribles convulsiones de la pobre endemoniada: insulta furiosa a fray Juan, echa espumarajos por la boca, grita, se revuelve frenética en el suelo, hasta intenta abalanzarse sobre el descalzo y sus acompañantes. Las monjas huyen despavoridas, y hasta el compañero de fray Juan quiere marcharse, asustado. 


         Debe de ser en esta ocasión el Padre Pedro de la Purificación o el Padre Gabriel Bautista, porque el exorcizante le dice que no tema, puesto que es sacerdote. Mientras tanto, la monja grita desesperada contra fray Juan. “¿A mí, a mí, frailecillo? ¿No tengo yo siervos?” El Santo pone una cruz sobre ella y continúa exorcizándola. La endemoniada arroja la cruz contra el suelo; pero fray Juan le manda cogerla y besarla, y ella obedece, aunque bramando.

         En otra ocasión le dice que traduzca aquellas palabras del Evangelio de San Juan: Verbum caro Factum est el habitavit in nobis. “El Hijo de Dios se hizo hombre y vivió con vosotros”, traduce rápidamente la monja. “¡Mientes! – Replica fray Juan -: las palabras no dicen “con vosotros” sino “con nosotros”. “Es como digo – repone la monja -, porque no se hizo hombre para vivir con nosotros, sino para vivir con vosotros” No hay duda, es Lucifer el que habla por boca de la joven y desventurada monjita.

        A esta labor de conjuros acompaña otra menos espectacular, pero mas necesaria, de instrucción y convencimiento de la endemoniada. La inveterada posesión ha llenado aquel espíritu, tras la capa de sabiduría asombrosa, sobre las santas Escrituras, de graves errores de orden moral, que fray Juan de la Cruz tiene que ir deshaciendo. Tal es el estado de posesión diabólica en que se encuentra la infeliz, ¡que llora porque hay quien ama a Dios!

          El santo vicario de la Encarnación no se cansa. Semana tras semana, a fuerza de ayunos y oraciones, de subidas y bajadas, logra ir apaciguando a  aquella pobre criatura. Pero el demonio intenta el desquite. Un día se presentan en el torno dos descalzos, que dicen ser fray Juan de la Cruz y su compañero; visten el mismo hábito, tienen idéntica figura, el mismo tono de voz que ellos. Vienen, como de costumbre, a hablar con la posesa. La tornera avisa a la monja, y esta va al confesionario. Cuando sale, está desesperada. La madre superiora lo advierte y pregunta que ha pasado. “Fray Juan me ha dicho lo contrario que otras veces”, responde la infeliz.

           Toma la priora una pluma, escribe un billete al confesor de la Encarnación y se lo remite. Leído por fray Juan, le dice este a fray Juan de los Apóstoles: “Vamos a las monjas”; y suben los dos al convento de Gracia. Las agustinas respiran al verlo. Deshace este el embuste del demonio, que había tomado su hábito y figura, y vuelve a conjurar a la posesa.    

          Al fin, después de meses de exorcismos, logra arrancar al diablo la cédula y dejar libre a la monja, que queda rendida, como salida de una pesadilla larga y atormentadora. Las religiosas del convento de Gracia, conservaron durante muchos años el recuerdo de la santa y benéfica intervención del joven descalzo en su comunidad.

        Fray Juan vuelve a su vida oculta en la casita próxima a la Encarnación, pero el hecho portentoso llena los ámbitos de la ciudad y se comenta en todas partes. Se habla de él sobre todo en el convento de la Encarnación. Las Carmelitas deben de estar orgullosas de las maravillas que hace su confesor. Hasta Santa Teresa, que está aquí, le falta tiempo para publicar fuera el portento realizado, y se lo escribe a la priora de Medina: “Ahí os envío el santo fray Juan de la Cruz, que ha hecho Dios merced de darle gracia para echar los demonios de las personas que los tienen. Ahora acaba de sacar aquí, en Ávila, de una persona tres legiones de demonios, y a cada uno mandó, en virtud de Dios le dijesen su nombre, y al punto obedecieron.

         No será, sin embargo el único caso. Conocemos otro, muy singular también, referido por un testigo de vista, el padre Pedro de la Purificación, que acompaña a San Juan en el momento de realizarlo. Es otra monja posesa. Se ignora la Orden y el convento a quien pertenece. En cambio sabemos que se realiza la víspera de la Santísima Trinidad.

     Es cerca de mediodía cuando llega San Juan con su compañero. Los exorcismos comienzan a la una, pero el demonio se resiste, y se llega a la hora de vísperas sin haber conseguido expulsarlo. Las monjas advierten que es hora de ir al coro. El Santo suspende el conjuro y asiste con su compañero y las religiosas al divino oficio. Allí está también la endemoniada.

           Entonan solemnemente el “Deus in audiutorium deum intende” de las vísperas de Trinidad, cuando el coro canta el “Gloria Patri et Filio et Spiritui Sancto”, la posesa que ocupa su sitial correspondiente, da media vuelta en el aire y se queda suspendida en posición inversa, con la cabeza hacia abajo y los pies hacia arriba. Las monjas, asustadas, suspenden el canto. Fray Juan se adelanta al medio del coro y dice en voz alta: “En virtud de la Santísima Trinidad, Padre, Hijo y Espíritu Santo, cuya fiesta estamos celebrando, te mando vuelvas esta monja a su lugar”. La monja da la vuelta, adquiere la posición normal y torna a la silla coral que le corresponde. Terminadas las vísperas, continúan los exorcismos hasta que la monja queda libre.

           El demonio busca el desquite como puede. Intenta derribar su virtud como en las tentaciones y asaltos que lanza contra su pureza. Cuando no puede otra cosa, se venga atormentándolo físicamente. Fray Francisco de los Apóstoles, su compañero en esta época, le encuentra un día en su huertecillo que tiene la casita en donde habita cerca de la Encarnación. Fray Juan está pálido, más descolorido que de costumbre, y le pregunta la causa. 

           “Me han tratado los demonios tan mal – viene a contestarle -, que no sé como he quedado con vida.” Fray Francisco no se extraña. El sabe que algunas noches le quita la ropa de la tarima estando fray Juan ya acostado; que le deja en túnica interior con aquel frío terrible de las noches invernales de Ávila; que lo maltrata y atormenta sin piedad, Todo inútil. Fray Juan seguirá arrebatándole de entre las garras sus mejores presas. Aún serán muchas las veces que Lucifer bramará, impotente, en presencia del frailecillo.

           A raíz de estos acontecimientos hace fray Juan un viaje a Medina del Campo. Hay allí una monja descalza, Isabel de San Jerónimo, afectada por extraña enfermedad. Nadie la entiende. Las religiosas terminan por achacar sus rarezas a mal espíritu y la dan por endemoniada. Así se lo escribe la madre Inés de Jesús, priora del convento, a Santa Teresa, que lo es de la Encarnación. 

           La Reformadora da por bueno el dictamen de las monjas de Medina y les envía a fray Juan, al mismo tiempo que escribe a la madre Inés: “Mi hija, me pesa de la enfermedad que tiene la hermana Isabel de San Jerónimo. Ahí les envío el Santo fray Juan de la Cruz, que le ha hecho Dios merced de darle gracia de echar los demonios. Y allá va fray Juan a realizar el conjuro.


        Pero pronto se convence  de que no hay tal posesión diabólica. La confiesa, le lee los Evangelios y termina diciendo a las religiosas: “Esta hermana no tiene demonio, sino falta de juicio”. Era, sencillamente una neurasténica.






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