MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

**
****************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************************

rep

domingo, 28 de agosto de 2016

LAS TENTACIONES DE JESÚS EN EL DESIERTO: EL TRIUNFO DE JESÚS SOBRE SATANÁS


Las tentaciones de Jesús en el desierto






Tomo 1º del Evangelio como me ha sido revelado
De María Valtorta

Capítulo 46: Jesús tentado por Satanás en el desierto.
Como se vencen las tentaciones

      (…) Ante mi, la soledad pedregosa que había contemplado a mi izquierda en la visión del bautismo de Jesús en el jordán. (…) Arriba, un cielo despiadadamente azul; abajo, el terreno árido, en torno rocas y silencio. Esto es lo que veo por lo que a la naturaleza se refiere.

      Apoyado en una roca que, por su forma (…) crea un embrión de gruta, y sentado en una piedra que ha sido arrastrada en la oquedad, (…), está Jesús. Se resguarda del sol ardiente. Y el interno consejero me indica que esa piedra, en la que ahora está sentado, es también su reclinatorio y su almohada cuando descansa breves horas envuelto en su manto bajo la luz de las estrellas y el aire frío de la noche. Ahí cerca, está la bolsa que le vi tomar antes de salir de Nazaret; todo su haber, por lo flácida que aparece, comprendo que está vacía de la poca comida que había puesto en ella María.

      Jesús está muy delgado y pálido. Está sentado con los codos apoyados en las rodillas y los antebrazos hacia fuera, con las manos unidas y entrelazadas por los dedos. Medita. De vez en cuando levanta la mirada y la dirige a su alrededor y mira el sol, que está alto, casi a plomada, en el cielo azul. De vez en cuando, y después de dirigir la mirada en torno a si y alzarla hacia la luz solar con vértigo, cierra los ojos y se apoya en la peña que le sirve de cobijo.

     Veo aparecer el feo hocico de Satanás. No se presenta de la forma con que nos lo imaginamos: con cuernos, rabo, etc. etc. Parece un beduino envuelto en su vestido y su gran manto, que se asemeja a un disfraz de dominó. En la cabeza, el turbante, cuyas faldas blancas caen sobre los hombros y a ambos lados de la cara para protegerlos. De manera que, de la cara, puede verse un pequeño triángulo muy moreno, de labios delgados y sinuosos, de ojos negrísimos y hundidos, llenos de destellos magnéticos. Dos pupilas que te leen en el fondo del corazón, pero en las que no lees nada, o una sola palabra: misterio.

    Lo opuesto del ojo de Jesús, también muy magnético y fascinante, que te lee en el corazón, pero en el que tú lees también que en su corazón hay amor y bondad hacia ti. El ojo de Jesús es una caricia en el alma. Este es como un doble puñal que te perfora y quema.
      
  Se acerca a Jesús: “¿Estás solo?”
  Jesús le mira y no responde.
 “¿Cómo es que estás aquí? ¿Te has perdido?”
  Jesús vuelve a mirarle y calla.
 “Si tuviera agua en la cantimplora, te la daría, pero yo también estoy sin ella. Se me ha muerto el caballo y me dirijo a pié al vado, allí beberé y encontraré a alguien que me dé un pan. Sé el camino. Ven conmigo. Te guiaré”.
 Jesús ya ni siquiera alza los ojos.
“¿No respondes? ¿Sabes que si te quedas aquí mueres? Ya se levanta el viento. Va a haber una tormenta. Ven”
Jesús aprieta las manos en muda oración.
   “¡Ah, entonces eres Tú! ¡Hace mucho que te busco! Y hace mucho que te vengo observando. Desde el momento en que fuiste bautizado. ¿Llamas al Eterno? Está lejos. Ahora estás en la Tierra, entre los hombres. Y sobre los hombres reino yo. Pero, me das pena y quiero ayudarte, porque eres bueno y has venido a sacrificarte por nada. Los hombres te odiarán por tu bondad. No entienden más que de oro, comida y sensualidad.

    Sacrificio, dolor, obediencia, son palabras para ellos más muertas que esta tierra que tenemos en nuestro alrededor. Son aún más áridos que este polvo. Solo la serpiente y el chacal pueden esconderse aquí, esperando morder o despedazar a alguno. Vámonos. No merece la pena sufrir por ellos. Los conozco más que Tú”. Satanás se ha sentado frente a Jesús, le escudriña con su mirada tremenda y sonríe con su boca de serpiente. Jesús sigue callado y ora mentalmente.

   “Tú desconfías de mí. Haces mal. Yo soy la sabiduría de la Tierra. Puedo ser maestro tuyo para enseñarte a triunfar. Mira: lo importante es triunfar. Luego, cuando uno se ha impuesto, cuando ha engatusado al mundo, puede conducir a este donde quiera. Pero primero hay que ser como les gusta a ellos, como ellos. Seducirlos haciéndoles creer que los admiramos y seguimos su pensamiento.

     Eres joven y atractivo. Empieza por la mujer. Siempre se debe comenzar por ella. Yo me equivoqué induciendo a la mujer a la desobediencia. Debería haberla aconsejado de otra forma. Habría hecho de ella un instrumento mejor y habría vencido a Dios. Actúe precipitadamente. ¡Pero Tú…! Yo te enseño porque un día deposité en Ti mi mirada con júbilo angélico y aún me queda un resto de aquel amor; escúchame y busca mi experiencia; búscate una compañera. Adonde Tú no llegues, ella llegará. Eres el nuevo Adán, tienes que tener tu Eva.

     Además, ¿Cómo podrás comprender y curar las enfermedades de la sensualidad si no sabes lo que son? ¿No sabes que es ahí donde está el núcleo del que nace la planta de la codicia y el afán del poder? ¿Por qué el hombre quiere reinar? ¿Por qué quiere ser rico, potente? Para poseer a la mujer. Esta es como la alondra. Tiene necesidad de algo que brille para sentirse atraída. El oro y el poder son las dos caras del espejo que atraen a las mujeres y las causas del mal en el mundo.

     Mira: detrás de mil delitos de distinta naturaleza, hay al menos novecientos que tienen raíz en el hambre de posesión de la mujer o en la voluntad de una mujer consumida por un deseo que el hombre aún no satisface, o ya no satisface. Ve a la mujer, si quieres saber que es la vida. Solo después podrás atender y curar los males de la humanidad.


     ¡Es bonita, la mujer! No hay nada más hermoso en el mundo. El hombre tiene el pensamiento y la fuerza. ¡Pero la mujer!... Su pensamiento es un perfume, su contacto es caricia de flores, su gracia es como vino que entra, su debilidad es como madeja de seda o rizo de niño en las manos del hombre, su caricia es fuerza que se vierte en la nuestra y la enciende. El dolor, la fatiga, la aflicción, quedan anulados cuando se está junto a una mujer y ella entre nuestros brazos como un ramo de flores.

     Dice Satanás:

     “¡Pero que tonto soy! Tú tienes hambre y te hablo de la mujer. Tu vigor está exhausto. Por ello, esta fragancia de la Tierra, esta flor de la creación, este fruto que da y suscita amor, te parece sin importancia. Pero, mira estas piedras: ¡que redondeadas son y que pulidas están, doradas bajo el sol que cae!; ¿no parecen panes? Tú, Hijo de Dios no tienes más que decir “quiero”, para que se transformen en oloroso pan como el que ahora están sacando del horno las amas de casa para la cena de sus familiares. Y estas acacias tan secas, si Tú quieres, ¿no pueden llenarse de dulces pomos, de dátiles de miel? ¡Sacíate, Oh Hijo de Dios! Tú eres el Dueño de la Tierra. Ella se inclina para ponerse a Tus pies y quitarte el hambre.

      ¿Ves como te pones pálido y te tambaleas con solo nombrarte el pan? ¡Pobre Jesús! ¿Estás tan débil, que ya no puedes ni siquiera dominar el milagro? ¿Quieres que lo haga yo en tu lugar? No estoy a tu altura, pero algo puedo. Me quedaré falto de fuerzas durante un año, las reuniré todas, pero te quiero servir porque Tú eres bueno y siempre me acuerdo que Tú eres mi Dios, aunque yo me haya hecho indigno de llamarte tal. Ayúdame con tu oración para que pueda…”

      “Calla. No solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que viene de Dios”.

      El demonio siente una sacudida de rabia. Le rechinan los dientes y aprieta los puños; de todas formas se contiene y transforma su mueca en sonrisa.

     “Comprendo, Tú estás por encima de las necesidades de la Tierra y te da repugnancia el servirte de mí. Me lo he merecido. Ven, entonces, y ve lo que hay en la casa de Dios, ve como incluso los sacerdotes no rehúsan hacer transacciones entre el espíritu y la carne; porque, al fin y al cabo, son hombres y no ángeles. Cumple un milagro espiritual. Yo te llevo al pináculo del Templo, Tú transfigúrate en belleza ahí arriba, y luego llama a las cohortes de ángeles y dí que hagan de sus alas entrelazadas alfombra para Tus pies y te porten así al patio principal. Que te vean y se acuerden de que Dios existe. De vez en cuando es necesario manifestarse, porque el hombre tiene la memoria muy frágil, especialmente en lo espiritual. Tú sabes que dichosos se sentirán los ángeles de proteger tu pié y de servirte de escalera cuando bajes”.

     “No tientes al señor tu Dios”, está escrito”.

     “Comprendes que tu aparición tampoco mudaría las cosas y el Templo continuaría siendo un mercado y un lugar de corrupción. Tu divina sabiduría sabe que los corazones de los ministros del Templo son un nido de víboras, que se devoran, y devoran, con tal de aumentar su poder. Solo los doma el poder humano.

     Ven entonces. Adórame. Yo te daré la Tierra. Alejandro, Ciro, César, todos los mayores dominadores pasados o vivos serán semejantes a jefes de mezquinas caravanas respeto a Ti, que tendrás a todos los reinos de la Tierra bajo tu cetro, y con los reinos todas las riquezas, todas las cosas bellas de la Tierra, y mujeres y caballos y soldados y templos. Podrás poner en alto en todas partes tu Signo, cuando seas rey de reyes y Señor del mundo.

    Entonces te obedecerá y servirá y venerará el pueblo y el sacerdocio. Todas las castas te honrarán y servirán, porque serás el Poderoso, el Único, el Señor.
       ¡Adórame aunque sea solo un momento! ¡Quítame esa sed que tengo de ser adorado! Es la que me ha perdido, pero ha quedado en mí y me quema. Las llamaradas del infierno son aire fresco de la mañana respecto a este ardor que me quema por dentro. Es mi infierno, esta sed. ¡Un momento, aunque solo sea, de gozo, al eterno atormentado! Hazme sentir lo que quiere decir ser Dios, y me tendrás devoto, obediente como siervo, durante toda la vida, en todas tus empresas. ¡Un momento! ¡Un solo momento, y no te atormentaré más!”.

      Satanás cae de rodillas, suplicando.

    Jesús, por el contrario, se ha levantado. Ha adelgazado en estos días de ayuno y parece aún más alto. Su rostro tiene un terrible aspecto de serenidad y potencia, sus ojos son dos zafiros abrasadores, su voz es un trueno que resuena en la oquedad de la roca y se esparce por el pedregal y el llano desolado, cuando dice: 

“Vete Satanás. Está escrito: “Adorarás al Señor tu Dios y a Él solo servirás”.

    Satanás con un alarido de condenado desgarro y de odio indescriptible, sale corriendo (tremendo ver su furiosa, humeante persona). Y desaparece con un nuevo alarido de maldición.
Jesús se sienta cansado, apoyando hacia atrás la cabeza contra la roca. Parece exhausto. Suda. Pero seres angélicos vienen a mover suavemente el aire con sus alas en el ambiente del bochorno de la cueva, purificándolo y refrescándolo. Jesús abre los ojos y sonríe. No lo veo comer. Yo diría que se nutre del aroma del Paraíso, obteniendo así nuevas fuerzas.


     El sol desaparece por el poniente. Jesús toma su vacío talego y acompañado por los ángeles que producen una tenue luz suspendidos sobre su cabeza mientras la noche cae rapidísima, se dirige hacia el Este, mejor dicho, hacia el Nordeste. Ha recuperado su expresión habitual, el paso seguro. Solo queda, como recuerdo del largo ayuno, un aspecto más ascético en su rostro delgado y pálido y en sus ojos, absortos en una alegría que no es de esta Tierra.

No hay comentarios:

Publicar un comentario