MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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domingo, 9 de febrero de 2014

LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS

LA GUERRA DEL SEÑOR CHATEAUBRIAND

O LOS CIEN MIL HIJOS DE SAN LUIS
De André Castelot

Según documentos inéditos




EL VIZCONDE DE CHATEAUBRIAND


          El 21 de Octubre de 1.822, se abría en Verona, un congreso europeo, antepasado de la O.N.U. de nuestros días.
              Era una pintoresca mezcla de emperadores, de ministros, de consejeros reales, de oficiales acompañados de una nube de secretarios. Para que los soberanos se acordaran que diez años antes, estaban a los pies de Francia, Louis XVIII había mandado a Verona una imponente delegación. El ministro de asuntos exteriores, Mathieu de Montmorency, dirigía un grupo de diplomáticos, entre los cuales se hallaba Chateaubriand, embajador en Londres.
             Chateaubriand se imaginaba que iba a ser recibido por los soberanos como un gran Estadista. ¡Había incluso tomado a un duque por secretario! Esa pompa dejó indiferente a los miembros del congreso. El golpe de gracia le fue asestado por la reina de Cerdeña que preguntó al autor de Martyrs “si era pariente de ese señor de Chateaubriand que editaba libretos”.
       Molesto, el escritor-diplomático despreció entonces el congreso, que se ocupaba de un asunto que le interesaba muy particularmente: la intervención armada en España.
           España estaba entonces gobernada por el pésimo Fernando VII de Borbón. Cuando se derrumbó el puzzle de Napoleón, Fernando, antaño destronado por Napoleón volvió a España. La península fue entonces el teatro de un verdadero terror blanco.
          El resultado de esa política no se hizo esperar. A los ocho años de la vuelta de Fernando, el reino de España se encontraba en plena anarquía. Empezó a derramarse la sangre entre realistas absolutistas y los exaltados. Fernando jugaba con dos barajas. Haciéndose el sumiso, conspiraba en contra de su ministerio y suplicaba a los países aliados – la Santa Alianza – de liberarlo de su cautiverio. Esa súplica estaba dirigida principalmente a Francia, ya que en ella reinaba un Borbón.
           Louis XVIII y Villèle parecían algo reticentes. No querían de ninguna manera enemistar a Inglaterra, que estaba totalmente opuesta a una intervención militar en España. Prusia no se pronunciaba, pero Rusia era ardientemente partidaria de la guerra. En cuanto al señor de Metternich, inquieto al ver una hoguera jacobina ardiendo en el lado del Mediterráneo, temía que Francia se volviese demasiado influyente, al jugar en Europa el papel de gendarme. El ministro del emperador de Austria, Francisco, habría deseado “ver el gabinete de las Tuilleries, decidirse a seguir por vías pacificas”.
          El señor de Villèle compartía esa opinión, pero en la correspondencia dirigida al señor de Montmorency, no abandonaba sus modales evasivos y además, parecía no estar al tanto de la situación. Como así lo escribía el señor de La Ferronnays, embajador de Francia en San Petersburgo, con cierta ironía a su colega Caraman, representante de Francia en Viena: “Considero que el señor de Villèle ignora completamente los asuntos de la política; las cartas que nos mandó a Verona, nos lo han confirmado, y no nos permiten albergar la menor ilusión”.
          Encontrándose aislado, animado por el zar, Montmorency acabó prometiendo que Francia introduciría un ejército en España. A su vuelta a Paris, criticado por Villèle por su excesiva prisa, algo desautorizado por Louis XVIII, que temía una reacción de parte de Inglaterra, el ministro presentó su dimisión.
             ¿Quién lo iba a sustituir?
           Chateaubriand, se dirigía a Londres, volviendo de Verona, en donde, debido a la ausencia de su jefe, había tenido la ocasión de hacerse notar, de conversar casi afectuosamente con el zar y de apaciguar los temores de Metternich.
          El señor de Villèle, está lejos de querer decidirse por una intervención armada, había confesado al poderoso ministro austriaco.
           Villèle, a quien el vizconde de Chateaubriand comunicó esos pareceres, llegó a pensar que este compartía su opinión… y le nombró ministro de Asuntos exteriores. Pero – hecho imprevisto – Chateaubriand, una vez que tomó posesión, ¡Se volvió más partidario de la guerra de España que su predecesor! Según él, las “ideas subversivas” de más allá de los Pirineos “amenazaban con reavivar en Francia los excesos que habían sido reprimidos por el despotismo de Bonaparte”. Además, siempre según el nuevo ministro, “la legitimidad – es decir la monarquía de Louis XVIII – estaba falta de victorias desde los triunfos de Napoleón”.
           Louis XVIII acabó por contagiarse por esa fiebre guerrera y, el 28 de enero de 1.823, a pesar de los suspiros de Villèle, pronunció en la Cámara un discurso de matamoros, anunciando que “cien mil franceses estaban listos para ponerse en camino para conservar el trono de España a un nieto de Henri IV y para proteger ese hermoso reino de la ruina y para reconciliarlo con Europa”.
         Pero para “poner en camino cien mil franceses”, hacía falta dinero: mil francos por cabeza, o sean cien millones. Enseguida, la renta del cinco por ciento cayó a setenta y seis francos, los diputados, tuvieron que votar créditos suficientes. El 25 de Febrero, Chateaubriand, tomaba él también la palabra, para justificar su guerra y para demostrar que no era “solo un títere” de la Santa Alianza”. Según él, Francia obraba “por propia iniciativa”: A Metternich le pareció la declaración algo exagerada. ¿Iba Francia a emprender una guerra de conquista? Mandó enseguida que acudiera a Hofburg el marqués de Caraman para comunicarle su temor por ver aparecer, como consecuencia del discurso del ministro de Asuntos exteriores francés, serias dificultades, en el concierto europeo.
          “Las serias dificultades, a las que hace referencia el señor de Metternich , contestó Chateaubriand, desaparecerán, a medida que vaya sorteando las dificultades de toda clase que encuentre por mi camino. Es lo bastante buen político, por haberlas entrevisto… Le ruego que haga saber al señor de Metternich que me hallará siempre firme con la Alianza, siempre sincero en la política. Solo le pido que confíe en mi y que no juzgue demasiado pronto, cualquier frase, que me vea obligado a decir, debido a los intereses y las dificultades del momento. Mi discurso estaba dirigido a Francia y a Inglaterra. El eco ha sido inmenso en ambos países. ¿Acaso no se enteró que yo sabía exactamente que me iba a ocurrir, en lo de la diplomacia, en lo referente al  contenido? No lo ignoraba, pero para mi, era importantísimo aplastar a nuestros enemigos, bajo el peso de una inmensa autoridad, en Francia y en Inglaterra.”
          Esa “inmensa autoridad” impresionó sin duda alguna al ministro austriaco que acabó serenándose, e incluso le comunicó a Chateaubriand que el discurso que pronunció unos días más tarde a la Cámara de los pares, le había gustado infinitamente. “Es un buen juez, contestó el vizconde a Caraman, y su aprobación me produce un gran honor”
                La guerra podía dar comienzo.
           A la cabeza de sus tropas, el rey colocó a su sobrino, el duque de Angulema, hijo de Monsieur, conde de Artois. Con sus anteojos y su buena voluntad, el marido de madame Royale tomó el camino del ejército, el cual, desde hacía varios meses, montaba guardia a lo largo de la frontera para impedir… que la fiebre amarilla entrara en Francia. El cordón sanitario, transformado en cuerpo expedicionario, fue inspeccionado por el duque, el cual a pesar de su miopía, se apercibió de que los cien mil hombres estaban sin duda alguna, “listos para caminar”, ¡Pero que no disponían ni de víveres ni de carromatos! Ocho años de paz, habían completamente trastornado la maquinaria de guerra imperial. Se recurrió al banquero Ouvrard, el antiguo suministrador de munición de Napoleón, el cual, al cabo de diez días abasteció al ejército y lo hizo nadar en “la opulencia”. La factura fue alta: - noventa y tres millones – y Villèle se quejó una vez más por esos cuantiosos gastos, las cuales, según él, solo traerían a Francia un dudoso prestigio. Chateaubriand, como era de suponer, tomó el asunto más a la ligera: “Solo tendremos que deplorar la pérdida de algún dinero”, escribía al Señor de Caraman.
             El 7 de Abril de 1.823, la campaña militar comenzó de una forma imprevista. Al cruzar la frontera, las tropas del duque de Angulema no se enfrentaron con españoles, pero sí con un puñado de Bonapartistas franceses, partidarios de Napoleón II. Estaban agrupados alrededor de una gran bandera tricolor cantando la Marsellesa. Un oficial del duque – el general Vallin – después de haber pronunciado un fuerte grito: “¡Viva el rey!”, mandó apuntar el cañón hacia la bandera tricolor que se desplomó. Los bonapartistas se esfumaron… y el general Vallin fue ascendido a teniente general, mientras que Chateaubriand, que se envalentonó por esa victoria, escribía con orgullo al marqués de Caraman: “Europa, de común acuerdo, acabará con esa terrible revolución de España, que nuestro primer cañonazo sobre la bandera tricolor, ha aplastado a medias.”
         Después de ese magnífico hecho de armas, el duque de Angulema con sus cien mil hombres – que solo eran ochenta mil – penetraron en España, no sin algún recelo, los más ancianos se acordaban aún de esa atroz contienda de guerrillas, que los había acogido antaño. Pero los que habían combatido a Napoleón acogían esta vez a los franceses como liberadores. Monjes, aldeanos, realistas ultras, aclamaron a las tropas reales, mientras que los regimientos gubernamentales solo opusieron una resistencia insignificante. Como lo decía Chateaubriand a Caraman. “El Sr. duque de Angulema, no encuentra a nadie a su paso y se pasea de pueblo en pueblo sin quemar un solo cartucho.”
           Este paseo militar prosiguió sin más historia y, el 24 de mayo, los franceses hacían su entrada en Madrid. El rey Fernando, verdadero prisionero de las Cortes, se encontraba en Sevilla, el duque de Angulema se volvió pues a poner en marcha.
             Fernando VII pagaba caro su absolutismo. La situación se volvía para el, cada vez más comparable a la de Luís XVI, a la víspera del 10 de agosto de 1.792. Los franceses  acercándose  a Sevilla, el gobierno español decidió refugiarse en Cádiz… y, como el rey  parecía resistirse, a la entrada del Alcázar, Riego – el presidente de las cortes – mandó traer el carruaje real, compuesto de seis mulas, gritando:
          -¡Agarren a ese imbécil y métanlo en el coche!
         Así se hizo, y el desgraciado Fernando fue conducido a Cádiz, seguido por el embajador de Inglaterra que no había roto sus relaciones con el gobierno sublevado. Unos días mas tarde, el duque de Angulema no encontrando a nadie en Sevilla, se dirigía a su vez por la misma carretera… para perseguir al que estaba encargado de rescatar.
         El paseo no ofrecía ninguna dificultad, pero esos éxitos inquietaban a los aliados. ¿Acaso Luís XVIII no podría estar tentado de querer gobernar el país conquistado? Por eso, y para apaciguar a los espíritus, Chateaubriand va a estimar indispensable, a la espera del rescate de Fernando, de crear en Madrid un gobierno provisional y nacional.
           ¿Pero bajo que forma?
      “Como Vd. se lo puede imaginar, señor marqués, escribía Chateaubriand al Sr. de Caraman, en un asunto de tal gravedad y tan complejo para España, iba a ser imposible prever, desde el primer momento y por adelantado, lo que podría haberse hecho en Madrid. Por eso la primera idea, fue convocar el Consejo de Castilla, que a su vez convocaría las viejas Cortes – la  Asamblea  real – la cual nombraría una regencia… He aquí a donde nos han llevado los acontecimientos y las necesidades. Hace falta una regencia, sencillamente “administrativa”. Después de esto, reconoceremos y aceptaremos, esta regencia restaurada, hasta que el rey sea liberado. Este proceder está clarísimo y es muy sencillo y tiene que ser del agrado del Sr. príncipe de Metternich.”
            La creación de esta “regencia administrativa” consiguió una feliz tranquilidad. Se colocó al frente de ella el duque del Infantado y, para dar a ese gobierno fantasma, una apariencia de legalidad, Chateaubriand solicito a las potencias, el poder enviar un embajador acerca del presidente de la regencia. “Roma, Nápoles y Cerdeña se unirán a las cortes aliadas, anunció el ministro de los Asuntos Exteriores al marqués de Caraman, y tengo la esperanza de que Austria, animara a los pequeños Estados de Alemania para imitar su ejemplo. Más importante será el cuerpo diplomático, más  importante será la impresión que causará a las naciones, y será imposible que Inglaterra aguante mucho tiempo aislada, con Fernando y sus carceleros; “¡Existe una fuerza moral que lo arrastra todo y que tiene mas fuerza que los ejércitos!”
            El punto negro era evidentemente la actitud de Inglaterra, que se obstinaba al considerar a Fernando, como un soberano libre de sus movimientos  y de sus decisiones. “Nuestro cometido,  indicaba Chateaubriand en Viena, debe ser, aislar todo lo que se pueda a Inglaterra, para obligarla a volverse con nosotros y para dejar de sostener los principios revolucionarios, que acabarían por causar su perdición, sin posible vuelta atrás…”.
         Mientras tanto, el duque de Angulema continuaba progresando.” Veinte pequeños militares ponen en fuga a cuatrocientos o quinientos hombres”, podía anunciar Chateaubriand. Muy pronto, el sobrino de Luís XVIII, llegaba frente a Cádiz, en donde, el desgraciado de Fernando, corría el riesgo de ser asesinado por su gobierno y sus diputados. El asunto no podía prolongarse más y la situación de sir William A‘Court, embajador de Inglaterra, que seguía acreditado acerca del rey de España, se volvía cada vez más ridícula, ya que las Cortes, según les parecía, se dedicaban a deponer o a  reponer en su trono el rey fantoche. “Es un asunto deplorable, decía Chateaubriand, el ver a una importante monarquía, prestarse a todos los caprichos que una asamblea de demagogos, medio regicida, se complace en inventar: ahora declarando al rey loco y deponiéndolo, ahora devolviéndole la razón, de la misma manera que le quitó el sentido, reponiéndolo de nuevo en el trono, ¡Y un representante Inglés, volviendo a tomar y a dejar sus funciones de embajador, según que Fernando ahora sea rey, o deje de serlo! ¿Dónde está la orgullosa Inglaterra? ¿La reina de los mares? ¡He ahí adonde llevan las falsas doctrinas y el amor propio herido, de los gobernantes!
            Había sin embargo, que tratar de salir del atolladero y “Hacer que Inglaterra se adhiera a la Alianza”. ¿De que manera? “No lo sé, escribe aún Chateaubriand, si una gestión oficial podrá alcanzar este resultado… Soy el único ministro del continente que tiene lazos con el Sr. Canning – el ministro Inglés – pero una larga estancia en Londres me ha enseñado que, la mejor manera de tratar con Inglaterra, es mostrándole que se puede muy bien prescindir de ella… “
            Así se hizo.
           Tenemos que decir, para descarga de la diplomacia británica, que la situación del país ocupado por los Franceses -  o, para ser mas exactos, gobernado por la regencia – no era mejor que en los territorios en donde reinaba Fernando. Los realistas españoles se vengaban, contra los demagogos y medio regicidas: Detenciones y ejecuciones se sucedían a un ritmo endiablado. Comparando las atrocidades, el Sr. Canning, respetuoso de la legitimidad, daba preferencia a la sangre vertida en nombre de la legalidad.
           El Duque de Angulema no tenia la misma opinión… por eso, tomó la decisión de firmar en Andujar, un bando que autorizaba a los comandantes franceses “a liberar cualquier prisionero español, indebidamente detenido en el nombre de la regencia”. La medida era prudente pero, el duque se entrometía así en un asunto que no era de su incumbencia…  el zar se turbó enseguida, acusando a los franceses de “imprudencias y precipitaciones” en su despacho de la Hofburg, el Sr. de Metternich dejo otra vez caer de  sus finos  labios, la palabra dificultades… y empujado por Chateaubriand, el Consejo real anuló el bando, promulgado por el duque de Angulema, el cual estuvo obligado de retractarse. Chateaubriand, para no herir el orgullo del marido de Madame Royale, situó el asunto de Andujar, en su correspondencia con el marqués de Caraman, en la cuenta del carácter del generalísimo.
         “Monseñor el duque de Angulema, explicó en una carta fechada el 6 de Septiembre, se ha retractado lealmente de su bando; reconoció que era demasiado precipitado, pero que había que hacer la vista gorda, debido a las dificultades en las que se desenvolvía.”
           Esos modales paternalistas, molestaron en algo al hijo del futuro Charles X, pero Chateaubriand no pareció preocuparse demasiado por ello. Estuvo como deslumbrado por la victoria, que sentía ahora certera y próxima. “Francia, escribió a Caraman, recoge ya el fruto de su noble empresa. Nuestra deuda de veintitrés millones, acaba de venderse a los Hermanos Rothschild al precio de ochenta y nueve francos con cincuenta y cinco céntimos (la acción de cien francos), lo que es prodigioso; esa es la confianza que inspiramos en medio de una guerra. Si Vd. considera que hacen falta veinte meses  para saldar esa deuda, tendrá que llegar a la conclusión, de que las gentes con dinero, no son nada temerosas, en lo que se refiere a nuestro porvenir. Tienen razón: con un ejercito ligado al trono legitimo y con esas finanzas, podremos liquidar todas las revoluciones que podrían surgir alrededor nuestro…”
            ¿Estuvo el  príncipe de Metternich  algo asustado, al ver a Chateaubriand cogerle gusto a su papel de cancerbero? El caso es que acusó al ministro francés, de haber conspirado con el emperador Alejandro “Sin consultar a la Santa Alianza”. Chateaubriand se defendió todo lo que pudo: “Soy muy sincero con la Alianza y lo soy con mucho animo. Mi manera de ser, no es obrar con picardía, tapujos, finuras; lo que pienso, lo digo. Siendo amigo sincero, soy enemigo sin ocultarme. No obro bajo cuerda; ataco cara a cara y no temo a nadie. Si hubiera querido dividir a la Alianza y ponerme del lado de Inglaterra, estaba en mi derecho y me era muy fácil. Estoy por encima de toda sospecha y solo me basta obrar bien, sin pedir que se me haga justicia. Yo tendría muchas razones para quejarme, pero sacrifico todo para la paz y para la necesidad de acabar con las revoluciones.”
             Entre tanto, Angulema había desplegado su ejército frente a Cádiz. Antes de lanzar sus tropas al asalto de la península del Trocadero el cual, como un dedo índice, señalaba el puerto, el príncipe trató de usar la diplomacia y envió una carta al rey Fernando, es decir a sus carceleros.”Esta carta, según explico Chateaubriand a Camaran, el 29 de agosto, pide en resumidas cuentas, que el rey, sea primero liberado y que después el rey de Francia había ideado que, estando libre Fernando, podría a lo mejor conceder una amnistía y convocar a las antiguas cortes del reino para restablecer las finanzas el ejército y la justicia. En el caso en que Fernando, estando libre, creyera, en su magnanimidad, conceder estas gracias a sus subordinados, el duque de Angulema seria, si fuese necesario, garante de esas promesas, si esta prudente y generosa carta no produce ningún efecto, monseñor comenzará el ataque enseguida que el plazo acordado haya expirado.”
            La tarde del 30 de Agosto – habiendo terminado el plazo – las tropas francesas empezaron el asalto… Pero dejemos la palabra a Chateaubriand, el cual, tras la victoria, la tarde del 6 de septiembre, anunciaba al marqués de Camaran:
          “Un mensaje telegráfico, nos hace saber esta tarde, que el Trocadero ha sido tomado el día treinta y uno, a las dos y media, con el mayor ardor el enemigo perdió mil doscientos hombres entre muertos heridos o prisioneros y se han tomado cincuenta cañones en batería, eso nos hace dueños del puerto interior y causará una gran impresión en Cádiz. Está claro que, una ciudad que pide la capitulación por medio de sir W. A’Court, que hombres que consienten ya, en abandonar su constitución, estarán aún más dispuestos a oír la voz de la razón, después de la toma del Trocadero. No me extrañaría que volviesen a aceptar la propuesta que habían rechazado al principio, es decir la amnistía y las viejas Cortes.”
             El ministro y poeta se hacia ilusiones…
           A la mañana siguiente, Chateaubriand añadía a su carta estas palabras: "Hemos sabido que el fuerte de Matagorda, en la punta de la península del Trocadero está en ruinas y que por eso nuestra labor es aún mas fácil de lo que creíamos.”
            En efecto Angulema había instalado fuertes baterías de sitio y Cádiz comenzó a soportar un intenso bombardeo. La rendición de la ciudad era solo cuestión de tiempo. A medida que se acercaba el desenlace los realistas españoles, rebosantes de venganza multiplicaban las dificultades, según decían, ¡Querer tratar con los carceleros del rey Fernando era un crimen! “El gobierno francés, según explicaba Chateaubriand, al embajador de Viena, contestó a todas las declaraciones, a todas las sospechas con la firmeza, la sencillez, la regularidad de su camino… Las iras de los realistas españoles han comprometido cien veces a nuestro ejército y nuestro ejército derramó su sangre, sin quejarse y sin faltar a la disciplina. Los que Monseñor el duque de Angulema ha venido a rescatar, lo han insultado, amenazado; y por toda respuesta, Monseñor el duque de Angulema, entró por la brecha del Trocadero. ¡No se puede negar el mérito que entraña esta conducta!...”
            El 20 de septiembre, el fuerte de Santipietri capitula y la flota francesa puede entrar en la rada. Los bombardeos se incrementan y, por fin, Cádiz se rinde. El 28 de septiembre, las Cortes permiten a Fernando y a los suyos, subirse a una gabarra y dirigirse al puerto en donde le espera el duque de Angulema. El sobrino del rey de Francia se arrodilla ante su real primo y le ofrece su espada… pero Fernando, poco agradecido, deja al duque levantarse “sin brindarle su apoyo”.
                 ¡El rey de España se acordaba de Andujar!
         Fernando, dolido por las vejaciones que no le habían ahorrado, aprueba, en efecto, el terror blanco que deseaba la regencia. Angulema trata de arrancarle la promesa de una amnistía, pero sin ningún éxito. “Os aseguro, escribió el duque a Villèle, ¡Que todas las tonterías que se pueden hacer, él las hará!”
              Con un decreto, Fernando anula efectivamente, todos los acuerdos que le fueron arrancados a la fuerza y con amenazas. Las detenciones y ejecuciones vuelven con más brío. Es el “terror apostólico”. Angulema, descorazonado, después de haber rechazado el título de príncipe del Trocadero que le quiere otorgar Fernando, solo tiene un deseo: volverse a Francia.
               Para la vuelta del “vencedor”, Chateaubriand desplegó una pompa que recordaba los triunfos de la antigua Roma. El 2 de diciembre - ¡Aniversario de la batalla de Austerlitz! – el duque de Angulema hizo su entrada por la puerta Maillot. Estaba de un humor de perros y, al subir a su caballo, confió a su escudero, el duque de Guiche:
            Heme aquí a caballo, para la mas grande fanfarronada, desde Don Quijote!
                 Por la tarde, en el transcurso de la representación de gala que tenía lugar en el teatro de la Comedie Française – se representaba El Cid – el príncipe se desesperó al oír a los presentes prorrumpir en alaridos frenéticos cuando el actor dirigió hacia la logia real esos dos versos:

           Los que quieren igualarme por segunda vez, no se dan a conocer, Y  para sus novatadas quieren golpes maestros.

         Querían darle al arco de triunfo de l´Etoile, el nombre de Trocadero, que se terminó de construir para honrar la “campaña”. Angulema, encogiéndose de hombros se opuso… Y los halagadores se volcaron sobre los lazos, los colores que estaban de moda y hasta un juguete del pequeño duque de Bordeaux. ¡Todo se bautizó al Trocadero! 
           Chateaubriand había asistido a la revista de las tropas al lado del sillón del rey colocado en el balcón del palacio de las Tuilleries. Se pavoneaba. El zar Alejandro no ahorraba elogios para el ministro francés. “La más grande confianza se otorga al jefe de nuestro departamento, escribía La Ferronnays a Caraman, nunca se ha estado más dispuesto, en concederle las pruebas más certeras de ello. Sus talentos, la pureza de sus intenciones le han otorgado para siempre, la confianza del emperador…”
         Chateaubriand empezó a soñar… Gracias al apoyo ruso, se vio ya el dueño de la diplomacia europea y empezó a enfrentarse con Villèle. No escatimó críticas al proyecto financiero de su jefe, que quería rebajar un uno por ciento, la tasa de interés bancaria de la renta del cinco por ciento, que se había incrementado después de la guerra de España hasta ciento cuatro francos. El Tesoro habría obtenido un beneficio de treinta y cuatro millones. La reducción era legítima, ya que el tipo de interés del dinero en los negocios no superaba el cuatro por ciento, pero Chateaubriand protestó, clamando que los rentistas iban a estar perjudicados por el proyecto, y la Cámara de los Pares, habiendo rechazado la propuesta de Villèle, el ministro de los Asuntos exteriores, consideró la derrota del ministerio que era el suyo, como una victoria personal.
        ¡Pardiez!, exclamó Louis XVIII, ¡Se cree que ha llegado su hora, para hacerse con la presidencia!
          Pero el rey quería permanecer fiel a su primer ministro… y el 6 de Junio de 1.824, al volver a su ministerio, Chateaubriand se encontró con una comunicación real, acompañada por esta carta de Villèle:
          “Señor vizconde.
         “Obedezco las órdenes del rey y le transmito la comunicación adjunta.”
          La comunicación real estaba redactada en estos términos:
       “El señor conde de Villèle, presidente de nuestro Consejo de ministros y ministro secretario de Estado del departamento de Hacienda, se hará cargo por interim de la cartera de los Asuntos exteriores, para sustituir el Señor vizconde de Chateaubriand.”
       Una hora más tarde, el Señor vizconde había abandonado el ministerio.
          -Me han echado como a un lacayo, declaró herido.
         Y al anunciar su cese al marques de Caraman, añadió con fina ironía: “Es probable que mi destitución alegrará al Señor de Metternich, por lo menos durante quince días.”
     Diez años más tarde, volvía a pasar por Viena “vuelta al silencio”. “Atravesé la ciudad con emoción, escribía con modestia; ahí empezó mi carrera política activa. ¡Se me venía a la mente, lo que el mundo hubiera sido, si mi carrera no se hubiera visto interrumpida por unos celos miserables! ”.

       En el primer plano de esos ensueños gloriosos, se colocaba, evidentemente, esa guerra de España, “esa guerra que es la mía”, escribirá con amor propio, y que hubiera podido transformarse en una horrible catástrofe. Afortunadamente, el único combate que clausuró el paseo del duque de Angulema, había causado solo treinta y cinco muertos del lado francés, y esa cifra nos indica la amplitud de la Don Quijotería… Pero, para Chateaubriand – el mismo se lo llegó a creer – ¡Las tropas de Louis XVIII habían conducido una guerra en España, digna de los ejércitos de “Monsieur de Buonaparte”!  
      Monsieur de Chateaubriand se escuchaba demasiado a si mismo, para haber podido oír al Mariscal Oudinot, el soldado de Austerlitz y de Friedland, suspirar:

        ¡Lo que hay de deplorable en este asunto, es que “esa gente” está convencida de que han hecho una guerra!

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