MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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martes, 23 de octubre de 2012

LA ABOLICIÓN DE LA MONARQUÍA TRAS LA TOMA DE LA BASTILLA








         Esta es la verdadera historia de la toma de la Bastilla,  previa a la abolición de la Monarquía, contada por el gran historiador francés André Castelot, toma que ahora está considerada por todos los progresistas como la abolición de la terrible explotación del Pueblo por la Monarquía y por la Nobleza. Veremos como esa leyenda, es una sublime mentira, ya que la cárcel contenía solo siete prisioneros, que vivían a "cuerpo de Rey", que llevaban sus muebles a la fortaleza, y se quejaban al Rey de que los pollos no estaban lo suficientemente rellenos. 

        Los asaltantes, después de prometer a la Guardia de la cárcel, que respetarían sus vidas si no utilizaban los cañones, para poder entrar en la plaza, pasaron a cuchillo a todos los soldados, y pasearon la cabeza del Gobernador de la fortaleza, en una pica por todo Paris, olvidándose de los siete prisioneros.

             Quiero aquí denunciar la gran mentira de la justificación del crimen y la violencia, con el pretexto de la opresión del pueblo por la clase dominante, llama la atención en este escrito el escandaloso "droit de fouage", que era un impuesto que tenían que pagar los aldeanos de Draguignan en Provenza, para poder encender el fuego y calentarse, o para llevar a pastar a los animales en los campos del Señor del lugar.


        Actualmente, este impuesto que se exigía, existe disfrazado con otro nombre: El recibo de la energía que se paga a las compañías suministradoras, y toda la variedad de impuestos que hay que pagar a las corporaciones locales o estatales. Vemos pues que los nuevos Reyes; nobles y señores, se llaman ahora Jefes de Estado (Decía Louis XIV: "l´Etat c´est moi": El estado soy Yo); banqueros, compañías energéticas, o políticos de todo pelaje, que dicen defender los intereses del Pueblo y que viven pegados a su poltrona, con sueldos y prebendas de Duques, Marqueses, Condes o Barones, verdaderas sanguijuelas, que tienen al Pueblo subyugado por toda clase de impuestos. 


Nuevos señores, que son mucho más numerosos que todos los nobles feudales, pero que en vez de actuar, por la Gracia de Dios, actúan por la "gracia" del nuevo dios: "El Pueblo", y que también tienen como los Nobles su porvenir asegurado, ya que al abandonar la política, tienen asegurados unos puestos y unas pensiones vitalicias suculentas.



LA TOMA DE LA BASTILLA
(Por André Castelot)





      “La toma de la Bastilla, como así lo escribió Jacques Godechot, no ha sido un trueno en un cielo sereno. Desde hace veinte años en el mundo occidental, ciudades y medios rurales eran el teatro de motines que se renovaban sin cesar, la del 14 de julio de 1.789 de Paris no fue en modo alguno la más violenta. Pero lo que sí le ha dado a la del 14 de julio de 1.789 su carácter casi único, es su epilogo. La toma de la Bastilla ha traído consigo la capitulación del rey ante el pueblo sublevado y, menos de un mes más tarde, la caída del Antiguo Régimen, es decir del régimen feudal que era el que imperaba en Francia desde hace mil años.”

            Creemos que, primero es indispensable tomarle el pulso a la Nación francesa. Llamemos a la barra de la Historia algunos autores de los célebres cuadernos de quejas que estaban dirigidos a los Estados Generales. Empecemos por ese campesino del pueblo de Asnières del distrito de Civray.

            “Nuestros habitantes son tan pobres, escribe, que todos los años tienen que volver a comprar otra olla de hierro para poder cocinar un poco de escasa sopa, porque el alguacil les quita, en el tiempo del pago del impuesto, la que usó todo el año, y la vende, con el resto de sus míseras pertenencias para poder hacer frente al importe del impuesto de la taille, si así puede llagar a cubrir su importe.”

             Un representante del pueblo, representado en el parlamento por el Tiers-Etat, originario de Salmonville-la-Rivière – distrito de Rouen – exclama:

              “Todo se dirige y carga sobre el Tiers-Etat…En todo momento se encuentra sobrecargado, debido al nombramiento de nuevos nobles… Cuando un nuevo noble aparece, el importe del impuesto, y sus accesorios, así como los trabajos, recaen de pleno derecho sobre el Tiers-Etat.”

         Un aldeano normando de Perriers-sur-Andelle recaba:
        “En el distrito de Rouen, la cosecha se ha visto algo mermada, ha disminuido de una quinta parte sobre la cosecha normal, lo que hace que el trigo tenga un precio excesivo. Mas de la mitad de esa parroquia, no está ya en medida de poder soportar ningún impuesto, ya que no pueden ni tener el pan que necesitan.”

         “Los pobres de Draguignán, añade un aldeano de la Provenza, no tienen ni derecho de encender fuego en sus chozas, para resguardarse del frío, si no compran costosamente ese derecho a su señor, con una contribución sobre su subsistencia y la de su familia. Ese derecho inhumano existe en Brovès y es denominado derecho de fouage. Ahí, el labrador no tiene ni el derecho de alimentar a su ganado con la hierba que crece en su campo; si lo hace, se le denuncia, se le castiga con una multa que lo arruina; y el más legítimo derecho sobre su propiedad está subordinado a la voluntad arbitraria de su señor.    
  
              -Soy originario de Montousse, explica un habitante del Pirineo: solo hay un único y verdadero tirano: el fisco, que noche y día, se dedica a sustraer el oro de la corona, la plata de los báculos, el acero de las espadas, el blanco Herminio de los vestidos, el cobre de los almacenes, el hierro de los arados y el bronce de las campanas.
  
       [...] Con toda seguridad, reina un descontento general, una desigualdad general, de ahí nace un deseo también general de todo cambiar, para así poder crear un nuevo orden de cosas. ¡Ya sabemos lo que costó establecer ese programa! Conflictos entre la Asamblea y el rey, conflicto entre el Tiers-Etat y las otras dos clases privilegiadas: clero y nobleza”.

             ¿Y en Paris?
             Abramos el diario el Journal de Hardy: “Muchos panaderos están a punto de cerrar sus tiendas, otros amasan una tercera parte menos de lo normal, además, los almacenes están desabastecidos de harina y muchas personas se aprovisionan de arroz.” Las semanas antes del drama, el ambiente estaba sobrecalentado: “Me hallaba en Paris, escribe el inglés Young, y puedo aseguraros que los negocios de vendedores de panfletos progresaban de una manera increíble. Iba al palacio real para ver las nuevas publicaciones. Cada hora había una nueva. El 9 de Junio de 1.789 aparecieron trece, el día 8 dieciséis, la semana siguiente noventa y dos.”


El Rey Luis XVI, fue el que pagó todos lo excesos de Luis XIV
fue decapitado con la Reina Marie Antoinette



      En cuanto al Rey, verdadera pompa de jabón a merced del más pequeño soplo, va a volver a jugar su papel de déspota, que había abandonado desde la reunión de las tres Ordenes (Tiers-Etat, Nobleza y Clero). Presionado por la Reina, acepta la idea de un golpe de Estado. Pero para poder resistir, para poder demostrar su fuerza, para evitar de usarla, para en su caso poder disolver la Asamblea, hay que disponer de tropas que sean seguras. Los gardes-françaises y algunas unidades extranjeras que se encuentran en la capital han dado claros síntomas de sus sentimientos: están con toda seguridad a favor del pueblo. Hay que desconfiar completamente de ellas. Por eso se le da la orden al regimiento suizo de abandonar Soissons. El regimiento de Castela acuartelado en Metz y los hussards de Lauzun, con residencia en Verdun se dirigen a Paris, mientras que, el 7 de Julio, Bouillon-Infanterie, viniendo de Louviers, se encamina hacia Nanterre.

              ¿De que se componen las fuerzas del rey? Seis regimientos acampados en Paris y en sus alrededores - lo que conjuntamente representan treinta mil hombres. Con todo eso, el rey podrá exponer su fuerza.

        Mirabeau no se equivoca, y el 8 de Julio, denuncia con violencia en la tribuna de la Asamblea los “preparativos de guerra de la Corte”. A su parecer, la concentración de las tropas será capaz de sacar “a los espíritus más formales fuera de los límites de la moderación”. Predice que el pueblo cegado se precipitará “hacia excesos, cuya contemplación le haría temblar”.

          “Nada puede compararse al terror que se apoderó de la mente de todos los diputados, a la vista de las tropas y de los cañones, escribió Rivarol. Inundaron la capital y las provincias con panfletos aterradores; y pronto, solo se habló de los atentados de la autoridad en contra de la Asamblea Nacional. Se decía unas veces que el ministerio había colocado veinte barriles de pólvora bajo la Asamblea, otras veces que cien cañones con balas rojas estaban pertrechados contra sus muros de madera. 

          Se decía que París iba a ser sitiada y ya se contaban los cañones y las bombas que le estaban destinadas: hasta tal punto que el terror, en unos, sincero y en otros simulado, se apoderó muy pronto de la capital y de las provincias. Así, mientras que el rey agrupaba soldados y multiplicaba las ayudas, La Asamblea nacional, aunaba los sufragios y multiplicaba los temores. Para decirlo en una palabra, el Rey y la Asamblea se disputaban el ejército.”

              Por esa razón, la Asamblea vota una nota rogando respetuosamente al rey de alejar a las tropas de París. El texto hace además notar que esos regimientos corren el riesgo de contagiarse de la fiebre revolucionaria que reina en París: “Los soldados, próximos a los centros de la polémica, indican los diputados, pueden olvidarse de su obligación que los hizo soldados, para acordarse que la naturaleza los hizo hombres.”

              Louis XVI, para demostrarles que a el también, la naturaleza lo hizo hombre, contesta “a esa gentuza” con este rechazo:
              las tropas solo están destinadas a reprimir, o mejor a prevenir, nuevos desórdenes, para mantener el orden y el cumplimiento de las leyes, para asegurar e incluso proteger la libertad que tiene que imperar en las deliberaciones de los Etats-Generaux.
           El rey estima adecuado, el hacerles sentir a los representantes que, si se toman la justicia por su mano, puede transferirlos a la provincia. ¿Por qué no, a Compiègne, en donde el inmenso castillo podría acogerlos? Él también en ese caso estudiaría dejar Versalles.

              -Si, sin embargo, la presencia necesaria de las tropas cerca de Paris, fuera causa de algún reparo, me decidiría, a solicitud de los Etats-Generaux a transferirlas a Noyon o a Soissons y entonces, yo mismo iría a Compiègne, para poder mantener la comunicación que tiene que existir entre la Asamblea y entre mi persona.

           El 10 de Julio los acontecimientos empiezan a deteriorarse…
“El regimiento de artillería, escribe Camille Desmoulins, siguió el ejemplo de los gardes-françaises, ha forzado a los centinelas y vino a juntarse con los patriotas del Palacio Real. Al parecer, la mayoría de los patriotas siguen su ejemplo. Solo se pueden ver a gente del pueblo que se juntan con todos los militares que encuentran: ¡Vallamos, viva el Tiers-Etat! Y se los llevan a la taberna, en donde se brinda a la salud de las comunas.”

             El Rey está ahora empeñado – y ya, nada lo puede detener. Necker está en desacuerdo con las medidas militares que se tomaron y Louis XVI, acordándose de la actitud de su “principal ministro”, en el conflicto entre los tres representantes de la nación, decide su cese – lo que, según opinan algunos, es la única manera de romper las ataduras que unen al Genovés con la Izquierda de la Asamblea, es decir al desorden -  El día 11, el rey ordena a Necker de abandonar en secreto Versalles y de retirarse a Suiza.

             “Como lo explicaba tan acertadamente Rivarol, en la Corte francesa era tan poco diplomático y peligroso, separarse de Monsieur Necker, como lo hubiera sido en la Corte de Nápoles, tirar al mar la ampolla de San Genaro… Al primer rumor sobre la partida de Necker, París estuvo consternado, el Palacio Real tembló, se cerró la bolsa, se suspendieron todos los espectáculos y diez mil bandidos armados se desencadenaron por las calles. A un día de alarma, le siguió una noche aún más espantosa, ya que al dolor de haber perdido a Monsieur de Necker, se aunaba al temor que inspiraban esos bandidos. Las campanas tocaban a rebato en todas partes; se iniciaba el pillaje en varias casas. Los vendedores no se atrevían a abrir sus tiendas, los talleres estuvieron desiertos y la ciudad era ya inhabitable, cuando los burgueses, para defenderse, tomaron de golpe las armas, en vez de recurrir al Rey, ese defensor nato del Estado, que no puede negar sus tropas a las ciudades y cuyas ciudades tampoco pueden negar sus tropas al Rey. Gracias a ese levantamiento general, Paris, de inhabitable, se volvió inaccesible.”

         El domingo 12 de Julio, es mediodía. En el jardín del Palacio Real, el sol está en su cenit y al reflejarse en el espejo cóncavo, enciende la mecha del pequeño cañón, que estaba destinado a indicar cada día la hora a los Parisinos. ¡Un cañonazo que indica el comienzo a la Revolución!... La muchedumbre es muy densa. Oradores improvisados se suben a las mesas de los merenderos y arengan a la gente…

         Nuestra ruina está consumada, grita uno de ellos; fijaros lo que está ocurriendo en los Campos Elíseos: las tropas están ocupando todo el trecho que se encuentra entre la Etoile de Chaillot y las Tuilerías, están colocándose en orden de batalla. Ya hemos discutido bastante, somos más numerosos y seremos los más fuertes: ¡Tomemos las armas, que todos nuestros ciudadanos se armen!
          Los árboles se doblan por el peso de los que se han encaramado a las ramas para mejor oír la voz caliente y acobrada de Camille Desmoulins que resuena a su vez:

          ¡Ciudadanos, ya sabéis que la Nación pidió que Necker no fuera destituido, lo han echado! ¿Pueden reírse de vosotros de una manera más descarada? Después de eso se atreverán a hacer cualquier cosa ¡Y para esta noche, están planeando y quizás disponiendo otra masacre para los patriotas, como la de la Saint-Barthelemy!... ¡A las armas! ¡A las armas! Tomemos todos los escarapeles verdes, color de la esperanza. La siniestra policía está aquí. Pues bien, ¡Que me vea, que me observe bien! ¡Si, yo soy el que llama a mis hermanos a la Libertad!

            Largas aclamaciones le hacen eco.
         -He aquí mi pistola, prosigue. Por lo menos, no me cogerán vivo y sabrá morir con gloria: Solo me puede ocurrir una desgracia. ¡Es el de ver a Francia esclava!
         Se oyen gritos.
         -¡Cerraremos los teatros en señal de duelo! 
       -Amigos míos, arranquemos las hojas de los castaños, prosigue Camille Desmoulins, y hagamos con ellas unos escarapeles en señal de unión.
         -Vallamos al museo de cera, a casa de Curtius, sugiere alguno, y pidámosle la efigie de Necker. ¡Lo mostraremos por las calles!

         Se añade:
         -Un grupo se dirige hacia el famoso museo de cera.
         -Necker, yo lo tengo en mi corazón, contesta Curtius con la sencillez de la época, pero si estuviera vivo, me abriría las entrañas para poder ofrecéroslo, solo tengo su retrato, es suyo.
         Y el busto, al cual se le adjunta la efigie del duque de Orleáns, se pasea por todo Paris.
         El mariscal de Broglie habiendo sido nombrado ministro de la guerra, el barón de Besenval está al mando de las tropas que ocupan la capital. Un emisario del príncipe de Lambesc acude a él para indicarle que en Place Vendôme, trató sin éxito de dispersar a los “sublevados”: cinco o seis mil personas precedidas por dos bustos. El coronel del Royal-Allemand, pide órdenes: los manifestantes han invadido las Tuilleries y han tirado una lluvia de piedras sobre los dragones.

          -Que el príncipe desenfunde los sables, ordena Basenval, y que cargue con su regimiento para liberar a las Tuilleries.
          Así se hizo. Pero Lambesc no logró “limpiar” las Tuilleries. Se repliega hacia la plaza Louis XV. El primero, el regimiento de Salis-Samade, atraviesa el Sena con barcazas. La maniobra requiere su tiempo, por eso durante ese trasiego, la insurrección crece. Los Gardes Françaises, amotinados pactan con el pueblo y, en las avenidas, los dragones se enfrentan con una lluvia de tiros. Varios hombres son muertos o heridos – sin contar a los caballos. Paris huele a pólvora. Paris parece estar sujeta a la anarquía…

          En el transcurso de la noche, las armerías son asaltadas. “Mientras que Monsieur Necker se alejaba tranquilamente en su coche de correos, nos dice Sebastián Mercier, su despido ha producido el levantamiento más amplio y más rápido que la Historia haya nunca visto. 

        ¡Que noche, la del lunes al Marte! ¡Patrullas que se suceden y que se cruzan de quince en quince pasos! ¡Una multitud agitada por el temor, la incertidumbre  y la indignación! Un murmullo sordo acompañado por golpes que se asestaban sin razón alguna en todas las puertas y las tiendas! ¡Ese sonido triste, monótono y continuo de todas las campanas de una inmensa capital! ¡Ese sonido a rebato en medio de las tinieblas, parecía llamar a la ira y la venganza de un gran pueblo, para derribar un trono… Que noche!”

          De verdad ¡Que noche! Se incendian cuarenta barreras sobre cincuenta y cuatro, esas barreras en donde se recaudaban los impopulares derechos de entrada y que estaban unidas entre ellas por el famoso muro que, “amurallando Paris”, había hecho un “Paris murmurador”.

         El alcalde del pueblo de Belleville lo anota en su informe: “Hacia las ocho, el 13 de julio, llegó gran cantidad de gente, mal vestida, que encendió un fuego en frente de la susodicha barrera de la Courtille, y arrancaron y rompieron las tablas de las puertas de dicha barrera, así como las dos barreras contiguas, arrojado las dichas tablas en el dicho fuego, forzado las puertas de la casa contiguas a la dicha barrera, que sirve de pórtico a los empleados de los Cortijos, subieron a las estancias de la dicha casa, tirado en el fuego las dichas tablas, así como todos los colchones, madera de as camas, registros, papeles…”

          Ese mismo 13 de Julio, se crea una milicia burguesa compuesta de cuarenta y ocho mil hombres. Las campanas tocan a rebato. París se asemeja al puente de un barco en el momento de un asalto. ¡París quiere defenderse, pero para defenderse hacen falta armas!
         -Hay armas en el ayuntamiento!

         Se precipitan. Solo se encuentran trescientos sesenta fusiles, que se reparten inmediatamente por el Alcalde.     
         -¡Hay más en el arsenal! Se oye.
         -Y en los Invalides, añade alguien.
         El amanecer del 14 de julio de 1.789 comienza. Alguien - un  miembro de los Gardes-Françaises,  apedillado Labarthe – grita:
         -¡Hay armas en la Bastille!
         Un inmenso clamor le contesta:
         -A la Bastille! A la Bastille!
         Y la muchedumbre – Un millar de individuos, compuestos de Parisinos y de algunos Gardes-Françaises amotinados – toma el camino de la barriada Saint-Antoine. ¡Están seguros de encontrar armas! En efecto, treinta mil fusiles están almacenados allí.   
  
          “Se odiaba a la Bastille”, nos dice Michelet. Sin embargo ¿Es cierto que representaba aún, en la mente del pueblo, el símbolo del poder arbitrario? Louis XVI solo había enviado ahí una media de diez y nueve prisioneros cada año, entre los cuales, se encontraban muchos locos, falsificadores, encerrados ahí para protección o detenidos encerrados a petición de sus familiares. Los prisioneros recibían visitas, traían sus muebles y el Rey los vestía y los alimentaba como príncipes. Veremos a un tal Latude, quejarse de que los capones de la Bastille, no estaban lo suficientemente bien rellenos y exigir batas forradas, se le satisfizo enseguida…

            Ni uno solo de los vociferantes que suben por la calle Saint-Antoine, se imagina que va a “tomar la Bastille”. Hace años que se ha decidido de derribar esa inútil fortaleza. Hace ya mas de un siglo que cantaban:

                           ¿Para que sirve ese viejo muro en el agua,
                           será un acueducto, una tumba,
                           será una guarida de ranas? 

                           Es la Bastille según me parece,
                           ella misma es, así lo creo
                           ¡Caramba, he aquí algo que
                           haga que todos se echen a temblar!

                           Pero, amiga mía, admiremos el atino
                           De ese castillo sin guardas,
                           trata de hacer de cárcel 
                           ya que no sirve para ser una  fortaleza.

             Solo se piensa en el almacén de armas y en los cañones que coronan las grandes torres grises. ¡Los cañones! Precisamente el gobernador Jourdan de Launay acaba de retirarlos de las almenas a la solicitud de dos enviados del comité del Ayuntamiento. Los vecinos del barrio se habían en efecto quejado de tener que contemplarlos apuntando a su barrio.

             El gobernador ha incluso hecho más de lo que le pedían: Ha decidido no repeler los ataques a los edificios situados cerca de la fortaleza. ¿Retirarse sin combatir? Sus oficiales se extrañan, pero tienen que obedecer.

             La explicación nos la da Rivarol: “Quizá la historia no tenga nunca que avergonzarse al observar que el gobernador de la Bastille no quiso disparar sus cañones sobre el pueblo, que estaba agolpado del lado del Arsenal, por temor a deteriorar una casita que había mandado edificar en ese sitio y que le agradaba mucho.

           Y no menos curioso es, que en ese mismo momento, el señor de Basenval, general del cuerpo de los Suizos, se escondía para no dar órdenes a su tropa y dejaba tomar los Invalides, por miedo a que si el motín se agravara, su casa fuese sometida al pillaje, casa en donde había mandado pintar recientemente un apartamento entero y había hecho construir unos baños encantadores. ¡Esos son el tipo de  hombres que servían al rey!”

             El Señor de Launay, decidió reforzar solo  las defensas interiores. El muro del jardín se dobló, la baranda del puente levadizo se quitó para poder tirar más fácilmente a los asaltantes al foso. Se da la orden de subir en lo alto de las torres seis carros de adoquines y de hierros viejos, mientras que se bajan tres cañones del 8 para colocarlos en batería en frente de la puerta de entrada.

            M. de Launay no se inquieta. ¿No está París lleno de tropas que vendrán a socorrerle? Y además, la Bastille tiene treinta mil libras de pólvora… ¡Doscientos cincuenta barriles! Si los parisinos se acercan, bastará para alejarlos, amenazarles con hacerlo volar todo! ¡A ellos y a  la Bastille! Pero el gobernador está convencido de que no se llegará a ese extremo. ¡El pueblo no cometerá nunca la locura de atacar una fortaleza inexpugnable!

             Es medio día, el calor empieza a volverse sofocante.
             Precediendo a los asaltantes, otro enviado del ayuntamiento – o diciéndose tal – el abogado Thuriot de la Rosière, pide audiencia al gobernador. Habla con voz alta y firme “en nombre de la Nación y de la Patria”. Launay da muestra de su buena voluntad diciéndole que los cañones han sido ya apartados. Mejor aún, para demostrar sus pacificas intenciones, paneles de madera tapan ahora las aberturas.

             -Vengo a pedirle más aún, responde Thuriot: ¡No ofrezcáis resistencia en el caso de que ataquemos!
             -¿Qué me dice?, exclama Launay. ¿Me pedís que entregue la fortaleza? ¡La defenderé todo lo que pueda, mi cabeza responde de ello!
             -Me parece inútil derramar la sangre de los ciudadanos, ¡No se lucha contra la Nación!

             Launay lo repite: es muy a pesar suyo que abrirá fuego, pero no cederá. Animado por ese sentimiento, él mismo arenga a la tropa compuesta por noventa y cinco inválidos y treinta y dos soldados suizos.

             Poco a poco, la fortaleza y sus dependencias están rodeadas por los asaltantes, “la gente más rara de Paris”, dirá Mirabeau. Más allá una muchedumbre considerable de curiosos observa. Se encuentran ahí “mujeres ataviadas a la moda”, espíritus avanzados, pero el duque de Orleáns se encuentra en su pequeña mansión de Monceau, ¡En los brazos de la rubia Inés de Bufón. No tiene nada que ver con los acontecimientos y la víspera, estuvo todo el día  pescando en el río Raincy!

             Thuriot es vilipendiado cuando aparece, afirmando que la Bastille se defenderá, solo si la atacan. Los asaltantes creen que el abogado fue a buscar las llaves, por eso, un clamor inmenso se eleva de la gente decepcionada:
             -¡Queremos la Bastille!
              Se oye también:
              -¡Viva el rey!

         Dos antiguos Garde-Françaises se suben al techo de la primera barrera – una especie de cuerpo de guardia – que precede al primer puente levadizo que Launay ha mandado levantar y que se abre sobre el patio principal. La guarnición los deja maniobrar tranquilamente. Los dos hombres logran romper las cadenas a hachazos. La enorme mole se desploma con estruendo y la muchedumbre irrumpe en el patio. 

   ¿Habrán pensado algunos asaltantes que el gobernador mandó bajar el puente? Es posible… ¿Qué ocurre entonces? Se les preguntó a los asaltantes lo que querían, contará un testigo – el teniente de Flue – el grito general fue que se bajaran los puentes – Se trata de los puentes levadizos que dan acceso a la fortaleza, se les contestó que no se podía y que se retiraran, sino se dispararía. Redobló el griterío. “¡Abajo los puentes!” Entonces, se ordenó a unos treinta Inválidos, que estaban apostados en las almenas, a ambos lados de la puerta de abrir fuego.”

            Parece en efecto cierto que Launay, al ver la muchedumbre armada invadir el patio de gobierno, ordenó abrir fuego. La descarga de los mosquetes barre las filas. El motín se detiene, se interroga y refluye en desorden. La gente atiende los moribundos, retira a los heridos y un grito terrible se oye:
             -¡Traición!
             La noticia se propaga como un reguero de pólvora en la ciudad.
             -¡La Bastilla asesina a los Parisinos!
  
           Nuevos delegados del Ayuntamiento, que no han podido acceder a la fortaleza, se vuelven para informar al comandante de la milicia burguesa:

           -Hemos realizado varias señales, tanto con la mano como con los pañuelos, bajo forma de bandera blanca, para advertir a la guarnición, y consiguientemente al gobernador, nuestro carácter y nuestro cometido, que estaba además confirmada por nuestro atavío y nuestra compostura llena de confianza en medio de los peligros. No sabemos si nuestras señales han sido percibidas y comprendidas, pero los disparos no se detuvieron.

            El comandante de la milicia ordena entonces de conducir a la Bastilla seis cañones tomados en los Invalides.
            En ese momento, Hulin, antiguo sargento de los guardias, el que la víspera, había ya arengado al pueblo en el Palacio Real, llega el también al Ayuntamiento. En la plaza están formadas varias compañías de Gardes-Françaises.

           -¿No sois vosotros buenos ciudadanos, valientes Gardes-Françaises, es que no oís esos gritos? Les indica. ¿Es que no veis esos pobres desgraciados que vienen a vosotros y que os tienden los brazos? ¿Es que no oís los cañones, con los cuales ese sinvergüenza de Launay está asesinando a nuestros padres, nuestras mujeres, nuestros hijos, que se encuentran desarmados alrededor de la Bastille? ¿Dejareis que les degüellen, vosotros que tenéis cañones y que disponéis del poder? ¡Amigos míos! ¡Buena gente! ¡Gardes-Françaises! Están asesinando a los parisinos como si fueran borregos y ¿No iréis a la Bastille? ¿Y esos sargentos tan famosos, porque no se ponen a vuestro frente, para conduciros allí?

            -¡Adelante y os seguiremos! Grita alguien. Se oye un clamor inmenso:
            -¡A la Bastilla!

            El asedio vuelve a comenzar desde las cuatro. Los trescientos Gardes-Françaises, que han venido a apoyar a la insurrección, disparan contra la muralla – sin alcanzar ningún resultado. Se colocan entonces dos cañones en el patio de gobierno, en frente del segundo puente levadizo que  da acceso directo a la fortaleza. En cuanto Launay ve los preparativos, parece perder la cabeza y contesta con uno de sus cañones cargado de metralla.

             Pero, en ese preciso momento, los Inválidos levantan la culata de sus fusiles: desean rendirse. Launay quiere hacer saltar por los aires a la fortaleza, dos Invalidos se lo impiden y el gobernador decide capitular. Uno se sus oficiales – el teniente de Flue – desde una abertura del puente levadizo, logra hacerse oír:

            -¿Se le otorgará a la guarnición los honores de la guerra?
            -¡No!, ¡No!
            Launay escribe entonces esta nota: “Disponemos de veinte mil toneles de pólvora; volaremos el barrio y la guarnición si no aceptáis la rendición. De Launay. De la Bastilla, cinco de la tarde, 14 de julio de 1.789.”
           Puesto en equilibrio sobre un tablón colocado sobre el foso, Maillard – un ayudante de procurador que volveremos a encontrar en octubre en Versalles cuando el motín se transformó en revolución – se hace con la nota y va a entregarla al “estado mayor” de los asaltantes: compuesto por Hulin y de Elie – oficial del regimiento Reine-Infanterie. Estos acceden: no se le hará ningún daño a los defensores.

           -¡Bajad el puente! Vociferan otra vez los vencedores.
           “Me quedé muy sorprendido, contará el teniente de Flue, cuando un momento después, observé a cuatro Invalides que se acercaban al portón, lo abrían y bajaban el puente levadizo.”
             La turba se precipita adentro. Unos segundos después, se produce la masacre. Se mata a los oficiales, se cuelgan Invalides y Suizos. Se detiene y se arrastra al gobernador de Launay hacia el Ayuntamiento. En todo el trayecto, se le insulta y recibe varios lanzazos y heridas de espada. Gritan:

             -¡Hay que decapitarlo!
             -¡Hay que colgarlo!
             -¡Hay que atarlo a la cola de un caballo!
         -Está gravemente herido, suplica Desnot, decidiremos su suerte en el Ayuntamiento.
             -¡No, suplica Launay, dadme la muerte!

             “En ese mismo momento, contará un testigo, un particular le asesta su bayoneta en el vientre, ese golpe fue seguido por otros más, el Gobernador cae, se le arrastra hacia el arroyo. Se le asestaron varios golpes más con la bayoneta y la espada y se le remato con varios disparos de pistola.” Alguien grita:
             -¡Es un sarnoso y un monstruo que nos ha traicionado! ¡Hay que eliminarlo!

             Launay muerto, uno de los vencedores exclama:
             -¡La Nación pide su cabeza, para que la vea la gente!
             Se le entrega un sable a Desnot el cual, estando “acostumbrado a trabajar las carnes”, prefiere coger su navaja, luego se dirigen al Ayuntamiento para asesinar el representante de los mercaderes Flesselles.
             El día se terminará con una fiesta libertina. Se pasean por la ciudad las cabezas cortadas y paquetes de vísceras ensangrentadas.
             Rivarol lo explicará:
             -A eso se reduce la toma de la Bastille, tan aclamada por la población de París. Pocos riesgos, mucha atrocidad de su parte, y una gran imprevisión de Launay; eso es todo: solo se trató, en una palabra, de una toma de posesión.

       ¿Y en Versalles? ¿Como va a reaccionar el viejo “propietario”? Esa tarde, el Rey se había acostado después de haber escrito en su diario: "14, nada.” Sin embargo, esa tarde misma, unos representantes de la Asamblea habían venido, una vez más para solicitarle, que para calmar Paris, mandara retirar a las tropas que estaban acampadas en el Champ-de-Mars. Había accedido, ¿Qué riesgo corría? ¡Versalles y los alrededores de Paris, rebosan de soldados! ¡Los guardias personales, tienen puestas las botas desde hace dos días! ¡Madame de Polignac fue a ofrecer esta tarde, pastas, a los dos regimientos de alemanes que acampan en la Orangerie!              

       Los representantes, le habían comunicado también, que el pueblo se dirigía hacia la Bastille. ¡Muy bien! ¡Ya se defenderá! ¿No tenía M. de Launay sus cañones? ¡A la primera andanada los asaltantes desaparecerían! Mañana iremos a la Asamblea para disolverla. El rey se duerme tranquilamente… De repente, se le despierta con sobresalto. El gran maestre de su guarda ropa – el duque de La Rochefoucauld-Liancourt – se encuentra ahí a la cabecera de su cama:

            -Sire, han tomado la Bastille
            ¿Tomado? Pregunta Louis XVI aún poco despierto.
            -Si, Sire, por el pueblo. Han asesinado al gobernador. 
             Están paseando su cabeza en una pica por toda la ciudad.
            -¿Es una revuelta?
            -¡No, Sire, es una revolución!
  
              Pero ¿Que ocurría, mientras tanto con las “víctimas del despotismo”? Solo se acordaron de ellas por la tarde. Se tuvo que forzar las puertas de las celdas, porque los vencedores estaban paseando triunfalmente las llaves, de taberna en taberna. Se descubrieron siete prisioneros: dos locos que se mandaron enseguida a Charenton, cuatro falsificadores y el conde de Solanges, encerrado por incesto, culpable, según su tío “de crímenes atroces”. ¡Era poco importante! Se aumentó la partida añadiendo un conde de Lorges “viejo, héroe y  mártir”… ¡Que nunca existió! Lo que no impidió a Michelet de describirnos su barba llegando “hasta la cintura”.
              Mirabeau reclamará:

              -Si demasiados palacios no deshonraban a Francia, si el espectáculo más doloroso para un observador sensible, no fuese el horrendo contraste de las suntuosas mansiones de nuestros tratantes y de las miserables chozas de nuestros labradores, si hiciese falta otro monumento en la Asamblea Nacional para la imperecedera Constitución que debe proponer a la Patria, solicitaría que, en el lugar en donde la Bastille insultaba antaño a los derechos humanos, se levantara un monumento para recibir de ahora en adelante a los representantes de la Nación y que por toda inscripción, se pueda leer:
                                     
                             Bajo el reino de Louis XVI
                             Encima de las ruinas de una cárcel de estado, 
                             dedicada A las venganzas ministeriales
                             Y destruida por el pueblo de Paris
                             La asamblea Nacional de 1.789
                             Mil setecientos ochenta y nueve
                             Levantó este templo a la Libertad.


               ¡La leyenda ha empezado! “Una cárcel dedicada a las venganzas ministeriales”- ¡ Siete prisioneros!

               En cuanto a los héroes del día, los vencedores de la fortaleza, que se irán  pavoneando, revestidos de un hábito bordado con una corona mural, eran seiscientos treinta y tres, la tarde del 14. Hacia finales del mes de Julio, serán ochocientos sesenta y tres. Hecho que sorprendió al querido Lenôtre, la cifra se detuvo allí.

              ¡La verdad es bien decepcionante! Vale mejor creer en los quince cañones disparando con metralla y en el magnifico arrojo de todo el pueblo de Paris, asaltando la horrible cárcel, para salvar a las víctimas inocentes del poder arbitrario. Sigamos creyendo en la leyenda. ¡Es tan hermosa!
  



        
La "libertad" guiando al Pueblo

           
            


   

            
           
 


           






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