MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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miércoles, 3 de septiembre de 2014

CUENTO PROVENZAL: LA CABRA DE MONSIEUR SEGUÍN.




LA CABRA DE MONSIEUR SEGUÍN 


de Alphonse Daudet





LA CABRA DE MONSIEUR SEGUÍN



        Extraordinario relato, que Alphonse Daudet aplica a un amigo suyo, poeta lírico, que debido a su soberbia, rechaza una colocación fija en un periódico de París, pero que se puede aplicar a toda la retahila de fieles y nuevos teólogos que por falta de humildad y gran soberbia, quieren modificar la mentalidad religiosa tradicional de la iglesia, para crear unas nuevas normas más acordes con su manera de pensar y obrar.

        Estos nuevos personajes, rechazan todo lo auténtico, ignorando u olvidando que esto les pone fuera de la protección Divina, y que serán, tarde o temprano presa de Satanás, el cual fuera de ese amparo, se apodará siempre del alma de los soberbios, ya que Dios no socorre nunca a ese tipo de personas, que ni siquiera piden ayuda a Dios, creyéndose auto suficientes.

           Y este cuento es la viva imagen de toda la Humanidad: el prado de Blanquette, la cabra de Monsieur Seguín, es el mundo en que vivimos, la cuerda larga a la cual está sujeta la cabra a una estaca, simboliza todo lo que Dios y su Santa Iglesia aconsejan a los fieles, para que no traspasen lo que es lícito: Son los mandamientos que tenemos que cumplir para poner a salvo nuestra alma.

          Los que se escapan de la casa donde se encerró  la cabra, son los que abandonan la Iglesia, para dirigirse a los senderos vedados del monte donde mora el lobo que, a pesar de la lucha de la cabra, cae siempre derrotada por un depredador invencible, el lobo, que simboliza a Satanás, que solo se puede vencer con la ayuda de nuestra Santísima Madre la Virgen María, medianera de todas las gracias de Dios.




           A Monsieur Pierre Gringoire poeta lírico de París.

          ¡Nunca cambiarás, mi Pobre Gringoire!
         ¡Pero, como, te ofrecen un trabajo de cronista en un afamado periódico de París, y tienes la desfachatez de rechazarlo... Pero mírate, desgraciado muchacho! Mira ese traje raído, ese calzado en retirada, ese rostro demacrado que clama hambre. ¡He aquí, sin embargo adonde te ha conducido tu pasión por las bonitas rimas! He aquí para que te han servido los diez años de leales servicios en las páginas de Sire Apolo...¿Pero es que al fin no sientes vergüenza

       ¡Hazte ya cronista, imbécil! ¡Hazte ya cronista! Ganarás bonitas monedas a la rosa. Te pondrán los cubiertos en casa de Brebant, y podrás lucirte los días de estreno con una pluma nueva en el birrete.

      ¿No, no quieres?...Pretendes permanecer libre hasta el final...Pues muy bien, escucha la historia de la cabra de Monsieur Seguín. Ya te darás cuenta de lo que ocurre cuando se quiere vivir en libertad.

            Monsieur Seguín nunca había tenido suerte con sus cabras.
         Las perdía todas de la misma manera: Un buen día, rompían sus cuerdas, y tiraban hacia el monte, y allí arriba el lobo se las comía. Ni las caricias de su amo, ni el miedo al lobo, nada las detenía. Al parecer eran cabras independientes, que deseaban por encima de todo el aire puro y la libertad.

      El bueno de monsieur Seguín que no llegaba a entender el carácter de sus animales, estaba consternado, decía:
      Se acabó; las cabras se aburren en mi casa, no guardaré a ninguna.
      Sin embargo, no llegó a desanimarse y, después de haber perdido seis cabras de la misma manera, llegó a comprar una séptima; Pero esta vez, se cuidó de escogerla jovencita, para que así se acostumbrara mejor a quedarse en su casa. 
         ¡Ah, Gringoire, que bonita era la cabrita de monsieur Seguín! Que bonita era con sus dulces ojos, su barbita de sub-oficial, sus pezuñas negras y relucientes, sus cuernos anillados y su larga melena blanca que le hacía de sobrepelliz. Era casi tan encantadora como el cabrito de Esmeralda, ¿Te acuerdas, Gringoire? y además era dócil, dejándose acariciar y ordeñar, sin poner la pata en la escudilla. Un encanto de cabrita... 

         Monsieur Seguín tenía detrás de su casa un prado rodeado con un seto. Ahí colocó a la nueva pensionista. La ató a una estaca, en el mejor sitio, teniendo cuidado de dejarle mucha cuerda, y de vez en cuando, venía a comprobar si se encontraba bien. La cabra se hallaba muy a gusto y pacía la hierba con tanto gusto que Monsieur Seguín era feliz. 

      Por fin decía el pobre hombre, ¡Aquí hay una, que por lo menos no se aburrirá en mi casa! 
      Monsieur Seguín se equivocaba, su cabra se aburrió. 
    Un día, al mirar a la montaña, se dijo:- ¡Que bien se tiene que estar ahí arriba. Que alegría de poder retozar en los helechos, sin esta maldita soga que te araña el cuello!...¡Eso está bien para el burro o el buey lo de pacer en un prado!...Las cabras necesitan más espacio. 

     Desde ese momento, la hierba del prado le pareció sosa. Se apoderó de ella el aburrimiento. Adelgazó, su leche se hizo rara. Daba pena verla el día entero tirar de su cuerda, la cabeza dirigida hacia el monte, la nariz abierta, gimiendo tristemente ¡Meee!... 

     Monsieur Seguín se daba bien cuenta de que a su cabra le pasaba algo, pero no sabía lo que era...una mañana al acabar de ordeñarla, la cabra se volvió y le dijo en su jerga: 
      -Oigame, Monsieur Seguín, languidezco aquí, déjeme tirar hacia el monte. 
      -¡Ah, Dios mío... ella también! Se exclamó asombrado Monsieur Seguín, dejando caer la escudilla por el susto; luego sentándose en la hierba al lado de la cabra: 

      -¿Como puede ser, Blanquette, quieres dejarme? 
      Y Blanquette contestó: 
     -Si, Monsieur Seguín. 
     -¿Es que te falta hierba aquí? 
     -¡Oh! ¡no! Monsieur Seguín. 
     -Será porque estas atada demasiado corto; ¿Acaso quieres que te alargue la cuerda? 
     -No vale la pena, Monsieur Seguín. 
     -Luego, que te hace falta, ¿Que es lo que quieres? 
     -Quiero tirar hacia el monte, monsieur Seguín 
   -Pero, desgraciada, ¿Es que no sabes que está el lobo en el monte?...¿Que harás cuando te lo encuentres?... 
     -Le daré con los cuernos Monsieur Seguín. 
    -El lobo se burla bien de tus cuernos. Me ha comido cabras con muchos mejores cuernos que los tuyos... 

      ¿Es que no te acuerdas de la pobre Renaude que estaba aquí el año pasado? Una señora cabra, fuerte y maliciosa como un carnero. Se peleó con el lobo toda la noche...pero, por la mañana el lobo se la comió. 
   -¡Carajo, pobre Renaude!... me da igual, Monsieur Seguín, déjeme ir al monte. 
    -¡Bondad divina!...exclamó Monsieur Seguín: ¿Pero que es lo que le pasa a mis cabras? Una mas que el lobo va a comerme...Pues bien, no me da la gana...¡Te salvaré aunque tu no lo quieras, granuja! Y porque temo de que rompas la cuerda, te encerraré en el establo, y ahí te quedarás siempre. 

        Después de eso, M. Seguín se llevó la cabra en un establo todo oscuro, y cerró la puerta con dos vueltas de llave. Desgraciadamente, se había olvidado de la ventana y apenas se dio la vuelta, la cabrita se fue... 
     ¿Te ríes, Gringoire? ¡Claro! Ya lo sé; tu estás del lado de las cabras, tu en contra del bueno de Monsieur Seguín...Pero vamos a ver si vas a reírte dentro de un rato. 

      Cuando la cabrita blanca llegó al monte todo fue un encanto general. Nunca los viejos abetos habían vista nada tan bonito. Fue acogida como una pequeña reina. Los castaños se inclinaban a tierra para acariciarla con la punta de sus ramas. Las flores doradas se abrían a su paso, y aromaban todo lo que podían. Todo el monte estaba de fiesta. 

      Ya te imaginas, Gringoire, ¡lo contenta que estaba nuestra cabra! Había desaparecido la cuerda, la estaca...nada que le impidiera corretear, de pacer a su antojo...Ahí si que había hierba, ¡hasta por encima de los cuernos, querido!...¡y que hierba! Sabrosa, fina, parecía encaje, y compuesta de mil plantas...Que diferencia con el césped del prado. ¡Y luego las flores!...Hermosas campanulas azules, digitales purpúreas de grandes cálices. ¡Todo una selva de flores salvajes rebosantes de sabrosos jugos!... 

      La cabrita blanca, medio ebria, se revolcaba ahí patas arriba rodando por los taludes, mezclada con las hojas muertas y las castañas...y luego se enderezaba de golpe sobre sus patas. ¡Hop!, arrancaba, la cabeza para alante, campo a través, ahora encima de una loma, ahora en el fondo de un barranco, arriba, abajo...parecía que había diez cabras de Monsieur Seguín en el monte. 

        Es que Blanquette no le tenía miedo a nadie. Atravesaba de un salto grandes torrenteras que le salpicaban al pasar con vapores de agua fresca y de espuma. Luego toda empapada, iba a echarse encima de una roca plana para secarse al sol...Una vez al acercarse al borde de una meseta, una flor de cíntia entre los dientes, divisó abajo, abajo del todo en el llano, la casa de Monsieur Seguín, con su prado en la parte trasera. Eso le hizo reír hasta llorar. 

      -¡Que pequeñito, dijo. ¿Como habré podido caber ahí? 
     ¡Pobretica!, es que al verse a tanta altura, creía que era por lo menos tan grande como el mundo... 
       En resumidas cuentas, todo eso fue una magnífica jornada para la cabra de Monsieur Seguín. Hacia el medio día, al correr de derechas a izquierdas, se tropezó con un rebaño de gamuzas que estaban comiendose a bocados una lambrusca. Nuestra pequeña andariega con su tocado blanco causó sensación.

        Se le dio el mejor sitio en la lambrusca, y todos esos señores fueron muy galantes...Se dice también, - eso tiene que quedar entre nosotros, Gringoire,- que un joven gamuzo de negro pelaje, tuvo la suerte de gustarle a Blanquette. Los dos enamorados se perdieron en el bosque una o dos horas, y si quieres saber mas, pregúntaselo a los arroyos chismosas que corren invisibles entre el musgo. 

        De pronto el viento se hizo mas fresco. La montaña se volvió violácea: Era la tarde... 
        -¡Tan pronto ya!, dijo la cabrita. Y se detuvo asombrada. 
      Abajo los campos estaban bañados en la bruma. El prado de M. Seguín desaparecía en la niebla, y de la casita solo se veía el tejado con un poco de humo. Escuchó las campanillas de un rebaño que se volvía, y le entró tristeza en el alma...Un buho que volvía, la rozó con sus alas al pasar. Se sobresaltó...luego se oyó un ulular en el monte: 

         -¡Huuuuuu! ¡Houuuuu! 
     Se acordó del lobo; en todo el día, la locuela no se había acordado...En ese preciso momento se oyó el sonido de un cuerno que venía del fondo del valle. Era el bueno de M. Seguín que intentaba un último esfuerzo. 
        - ¡Huuuu! ¡Huuuuu!.... hacía el lobo. 
        - ¡Vuelve! ¡Vuelve!...clamaba el cuerno. 

       Blanquette tuvo ganas de volver; pero al acordarse de la estaca, la cuerda, la valla del prado, pensó que ahora ya no podía volver a llevar esa vida, y que era mejor no retornar. 
       El cuerno dejó de sonar... 
      La cabra oyó detrás de ella un ruido de hojarasca. Se volvió y vio en la sombra dos orejas cortas, completamente erguidas, y dos ojos que relucían...Era el lobo. 

       Enorme, inmóvil, sentado en su trasero, estaba ahí observando a la cabrita blanca y saboreándola anticipadamente. Como sabía que se la comería, el lobo no tenía ninguna prisa; solo cuando ella se volvió, se echó a reír maliciosamente. 
    -¡Ja! ¡ja! ¡ja! ¡La cabrita de M. Seguín! Y se relamió el hocico con su lengua roja. 

       Blanquette se sintió perdida... Por un momento al acordarse la historia de la vieja Renaude, que combatió toda la noche para ser devorada por la mañana, pensó que quizás valía mejor dejarse comer enseguida; pero luego se rehízo, se puso a la defensiva, la cabeza agachada y los cuernos para adelante, como una valiente cabra de M. Seguín que era...No esperaba matar al lobo -Las cabras no matan a los lobos- Pero solo quería ver si podía resistir tanto tiempo como la Renaude... 

      Entonces, el monstruo se acercó, y los cuernecitos entraron en danza. 
     ¡Ah, la valiente cabrita, con que buena gana combatía! Mas de diez veces, y no miento, Gringoire, obligó al lobo a retroceder para recuperar el aliento. En esas treguas de un minuto, la golosa cogía rapidamente una brizna de su querida hierba; luego volvía al combate con la boca llena...Esto duró toda la noche. De vez en cuando, la cabra de M. Seguín miraba las estrellas bailar en el cielo, diciéndose: 

     ¡Oh! A ver si puedo aguantar hasta el alba...Una detrás de otra, las estrellas se apagaron. Blanquette redobló las cornadas, el lobo las dentelladas...Una luz pálida apareció en el horizonte ... El canto ronco de un gallo subió desde una granja. 
     -¡Por fin!, dijo el pobre animal, que solo esperaba el día para morir; y se echó por el suelo en su bella pellíz blanca toda manchada de sangre... 

        Entonces el lobo se abalanzó sobre la cabrita y se la comió. 
       ¡Adiós, Gringoire! 

       La historia que te he relatado no es un cuento inventado por mí. Si algún día pasas por la Provenza, nuestros pastores te hablarán a menudo de la cabro de moussu Seguin, que se battégue touto la neui emé lou loup, e piei lou matin lou loup la mangé.

         Me has oído bien, Gringoire:
         E piei lou matin lou loup la mangé




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