MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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jueves, 24 de enero de 2013

LA MUERTE DE LOUIS XVI EN LA GUILLOTINA, EL ASESINATO DE UN RUISEÑOR

LOS ÚLTIMOS MOMENTOS DE LUIS XVI 





La última Navidad del rey Louis XVI, traducida del libro del celebre historiador francés André Castelot, (Dramas y tragedias de la Historia de Francia), relata los últimos momentos del rey antes de su ejecución por los revolucionarios, con la célebre guillotina, se trata de un análisis muy profundo y sincero de la mentalidad del rey, de su carácter y de las causas que han desembocado en esa tragedia. Descubrimos a un rey de una inteligencia mediocre, pero de una bondad e inocencia angelicales. Los últimos momentos son un ejemplo de valentía, sacando a relucir los valores cristianos dignos de un mártir. Por esa razón, se comprende porqué, algunos quieren que se inicie su proceso de canonización.
              
Su último testamento dirigido a su hijo, el heredero, es de una belleza estremecedora, sobre todo, para los  creyentes. Como dice el autor del relato, parece que al escribir ese documento, estuvo tocado por el ala de un ángel.

Parece mentira, conociendo el carácter del rey, el cual se va revelando de una manera tan singular y tan precisa, debido a las preguntas procesales y a las respuestas dadas por el rey a través de su defensa que, un personaje de esa mentalidad, haya llegado a escribir un testamento, digno de la pluma de un gran místico católico. Se ve aquí como, por un verdadero milagro, el sufrimiento es capaz de transformar a un individuo de un carácter anónimo y mediocre, en un Santo de una espiritualidad tan profunda.



LA ÚLTIMA NAVIDAD DE LUIS XVI



        
               Pocos días antes de la vuelta de Louis XVIII a Paris, una mujer enjuta, con ademanes severos, vestida de luto, accede a la calle del Templo, al antiguo palacio del Gran Prior, lo atraviesa y baja al jardín. Se detiene de golpe, al no reconocer el lugar. Todo ha cambiado. Antaño se levantaba ahí un alto torreón cuadrado, abrazado de cuatro pequeñas torres con tejados cónicos recubiertos de pizarra.
                 Se trata de la torre del Templo.

           Entre sus lágrimas que deja caer, la mujer observa… y recuerda. Es ahí donde había vivido, cuando niña, de tez anacarada, tan rubia, tan frágil que su madre la había apodado Mousseline… Ahí había sido inmersa en un drama atroz del cual hoy era la única superviviente, arruinada por el dolor, envejecida por sus recuerdos.
           Se arrodilla.

          Era Madame Royale, hija de Marie-Antoinette y de Louis XVI, que volvía al emplazamiento, en donde se levantaba su oscura cárcel medieval.
          Hace solo unos días le han entregado el testamento de su padre, escrito una mañana de Navidad, la mañana de Navidad de 1.792.
          Madame Royale recuerda… Cuantas veces, un nudo en la garganta, había vuelto a leer esas líneas:

          “Confío mis hijos a mi mujer; nunca he puesto en duda su ternura maternal para con ellos; le recomiendo antes de todo, de hacerlos buenos cristianos y hombres honrados, y de hacerles ver que las grandezas de este mundo (si están condenados a probarlas) solo son bienes peligrosos y perecederos, y de dirigir sus miradas hacia la única gloria sólida y duradera de la eternidad…”

            Una mañana de Navidad…
            Eran las seis.
         La mañana del martes 25 de diciembre de 1.792 – la primera Navidad republicana – aún no había comenzado. Se madrugaba muy temprano entonces en Paris, pero las calles se hallaban desiertas. Eran en efecto numerosos los parisinos que habían oído la misa del gallo. Claro que, la víspera, el procurador de la comuna, Chaumette, había ordenado que no se celebrara la misa del gallo, pero los comisarios enviados por el Ayuntamiento, no habían logrado cerrar las puertas de las iglesias. En Saint-Eustache, el empleado municipal Beugnon, de oficio, albañil, había sido tan fuertemente zarandeado por los vecinos del mercado, que dentro de poco subirá a la torre del Templo como guarda, la cara marcada por las uñas de las ciudadanas que estimaban que la libertad, recientemente adquirida, debía permitir celebrar como se quería el nacimiento del Niño Dios. ¿Acaso no se vivía en República desde hace más de dos meses?

              Eran las seis.
            En el segundo piso de la siniestra Torre del Templo, Clery, el mayordomo de Louis XVI, se levantó y, seguido del guardia municipal que había pasado la noche en un camastro atravesado en la puerta, entró en presencia del rey.

            El comisario que, según era costumbre, había entrado de servicio la víspera, a las 10 de la tarde, no había visto aún a Louis XVI, pero durante toda la noche, los ronquidos del prisionero – “un ronquido continuo y de los más extraordinarios”, según contará uno de ellos – lo había tranquilizado acerca de la presencia del detenido. El rey apartó las cortinas de su cama, miró hacia el comisario, de pié en la penumbra y se preguntó si lo había visto antes.
            Clery encendió el fuego, mientras que el rey se colocaba su bata. Parecía haber envejecido, una barba de varios días tapaba sus mejillas hundidas. La piel le ardía y como lo hacía varias veces al día, se echó agua fresca en el rostro. La Comuna le había quitado sus afeitadoras y solo se las devolverá a la mañana siguiente, 26 de Diciembre, para su segunda comparecencia ante la Convención, transformada en tribunal.

             Luis se retiró en su despacho, situado en una de las torrecillas adosadas al torreón. La puerta que había permanecido abierta, permitía al guarda municipal, vigilar al prisionero. Había en esa diminuta habitación, una pequeña estufa de porcelana, que Clery venía de encender, una mesa y tres sillas de cuero. En un breviario que había mandado comprar, Louis, arrodillado comenzó a leer el oficio de Navidad, luego como todas las mañanas, el de los caballeros del Espíritu Santo.

             Se levantó.
           La torre, tan ruidosa de día estaba aún silenciosa. En el piso superior, Marie-Antoinette. Madame Elizabeth, Madame Royale y el pequeño delfín – le habían separado de su padre desde hace quince días – no se habían aún despertado: “No había aún amanecido en las estancias de la reina”, según la bonita expresión de aquel tiempo, en uso en Versalles y en las Tuileries.

            Desde el comienzo del proceso, el rey había sido apartado de su familia, pero gracias a los jóvenes camareros – venían del comedor de las Tuileries – los prisioneros lograban comunicarse. Aún mejor, desde hace unos días, Clery había enseñado al rey, como enviar mensajes desde la ventana de su habitación, con la ayuda de un ovillo de bramante, del cual en el piso superior, Madame Elisabeth tenía sujeta una de las extremidades. Las persianas de madera que en parte ocultaban las ventanas ayudaban a la operación, que tenía lugar por la noche.

            El rey se sentó delante de su pequeña mesa. La Comuna le había concedido unos días antes, plumas, tinta y papel. Con su fina escritura, empezó a escribir:  
        
            “En el nombre de la Santísima Trinidad, del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Hoy, veinticincoavo día de Diciembre, yo, de nombre Louis XVIº, rey de Francia, estando desde hace cuatro meses encerrado con mi familia en la torre del Templo, por los que eran mis súbditos… además, estando  implicado en un proceso, cuyo desenlace es incierto, debido a lo apasionado de la gente y del cual no se halla ningún antecedente ni procedimientos en ninguna ley existente; teniendo solo a Dios por testigo de mis pensamientos y con el cual pueda dirigirme, declaro aquí en presencia suya, mis últimas voluntades y mis sentimientos…”


                ¡Su proceso!
          La primera vista había tenido lugar hace apenas quince días… y en esa mañana de Navidad, al escribir sus últimas voluntades, Louis volvía a revivir con el recuerdo, esa terrible jornada del 11 de diciembre.
           Era un martes, un martes como hoy día de Navidad. Esa mañana había jugado al Siam – una especie de juego de bolos – con su hijo. El niño no había logrado sobrepasar dieciséis puntos.
          -¡Siempre que tengo dieciséis, se había lamentado el niño, no gano nunca!
          El rey recordaba su entrada en la sala de la Convención. Ante todas esas miradas que lo contemplaban, se había sentido algo molesto.

           -Estaba muy lejos de imaginarme todas las preguntas que iban a hacerme, había confesado a Cléry, al volver al Templo.
            Esas preguntas lo habían hecho tambalearse y a cada una de ellas, solo había podido contestar:
          No recuerdo nada de lo que había ocurrido en esa época… No tengo ninguna constancia de ello…
          Esa última frase, volvía siempre como un leit motiv a lo largo de esa penosa jornada.
          -¡No tengo ninguna constancia de ello… ninguna!

          Es la palabra celebre: Nada, que encontramos repetido tantas veces en cada hoja del diario íntimo del rey, los días que no iba de caza. Al día siguiente, 26 de Diciembre, día dedicado a la defensa, sus abogados podían decir a los miembros de la Convención, estupefactos:

          “¿Queréis saber, señores, a que labor se dedicaba en junio de 1.792, el acusado que comparece aquí? Mientras que había agitación en toda la capital, mientras que el pueblo de Paris se preparaba para asaltar las Tuileries, mientras que las jornadas febriles se añadían a las jornadas febriles, con su serena escritura de contable, los anteojos en su nariz, el dueño del reino de Francia volvía a copiar un largo informe que le había tenido ocupado varios días. He aquí ese informe:
           “Desde 1.775 hasta 1.791, salí 2.636 veces de mi morada.”
           “Si, señores, ¡Esa era entonces la ocupación del rey! ¿No os basta eso? Entonces, abramos su diario al azar:

                                               1.789
                       
        Julio, 10: Nada, contestación a la diputación de los Estados
        Julio, 11: Nada, partida de M. Necker
     Julio, 12: Vísperas y saludo, partida de los Srs. Montmorin, Saint-Prist y La Luzerne.
       Julio, 13: Nada
       Julio, 14: Nada
                    …………………………………………………………………………
       Julio, 28: El mal tiempo me impidió salir.
       Julio, 29: Nada, vuelta de M. Necker
        Julio, 31: La lluvia me impidió salir.


              ¡Pobrecito! Como decía Marie-Antoinette a sus amigos, adelantando el péndulo del salón, para que el aguafiestas fuera a acostarse antes.
              Un día, su hijo le preguntó:
              -Quería deciros algo. ¿Porqué vuestro pueblo que os quería tanto, está ahora de repente, enfadado con Vos? ¿Qué habéis hecho para que se encolerice tanto?
              ¿Qué que había hecho? ¡Nada, naturalmente! Quizás por exceso de bondad, había abdicado demasiado de su autoridad… Esa autoridad, que le había asustado tanto cuando Louis XV, el cuerpo ennegrecido, hinchado, se pudría en su lecho de agonía. Sin tregua, en este comienzo del año de mayo de 1.774, en esa víspera de su reino, se le había oído repetir:

-Me parece que el Universo se me va a caer encima…
         Luego, cuando la vela, colocada en la ventana de su abuelo se había apagado, había estallado en lágrimas y se había refugiado en los brazos de su mujer. Y ese día, los que habían entrado primero en la habitación, habían podido ver, a ese rey de diecinueve años, y esta joven reina de dieciocho, llorar de rodillas a lágrima partida.
           -¡Dios mío, murmuraban, abrazados, Dios mío, protegednos, somos demasiado jóvenes para reinar!

           Dios no los había protegido. Los había dejado solos en la tormenta. Marie- Antoinette había “conspirado”, pero Louis habría querido ser, con toda sinceridad, el rey de la Revolución, pero una metamorfosis tal, hubiera exigido una mente adelantada a su tiempo. Su emotiva sencillez, su buen corazón, su sorprendente buena voluntad, no habían podido prosperar debido a una inteligencia demasiado pobre, a una sempiterna indecisión, una eterna debilidad, una manera de “escabullirse” según la expresión de un testigo. Su interlocutor tenía la impresión – la imagen es de su hermano Provence – que quería agarrar una inaprensible bola de billar untada de aceite…
          ¡Su debilidad! Quizás, hoy se daba cuenta de ello, de una manera vedada: era la causante de toda la desgracia!

          ¿Qué habéis hecho para que se encolerice tanto?

          En ese amanecer de la Natividad, en la estrecha torre de su cárcel, le va a contestar al hombrecillo de siete años, que levantaba hacia él sus ojos azules.

          “Recomiendo a mi hijo, si tuviera la desgracia de ser algún día rey, de pensar que se debe por entero a la felicidad de sus conciudadanos: que debe olvidar cualquier odio o resentimiento, en lo referente a lo que concierne las desgracias y las penas que tengo; que solo puede dar felicidad a su pueblo reinando según las leyes: pero que al mismo tiempo, tenga en cuenta que, un rey solo las puede hacer cumplir, y hacer el bien que tiene en su corazón, cuando dispone de la autoridad necesaria: y que de otra manera, estando sumido en unas obligaciones y no inspirando ningún respeto, es más perjudicial que útil.”

           Se detuvo un momento… Si, quizás al abdicar de toda autoridad, al escuchar solo todo el bien “que tenía en su corazón”, si, al lo mejor, ¡Había sido más perjudicial que útil! ¿Pero sus subordinados podían acaso habérselo tenido en cuenta? Había accedido a todas sus solicitudes. Salvo, cuando se habían enfrentado a su conciencia de creyente. ¿Podían acaso echárselo en cara, hasta el punto de considerarlo culpable, merecer ser  destronado, ser encarcelado y, ahora hasta querer ser arrastrado a la guillotina?
           Desde hace dos días, le dirá dentro de poco a su defensor:

"estoy ocupado buscando si, en el curso de mi reinado, he podido merecer el mas leve reproche de parte de mis súbditos. Pues bien, Monsieur de Malesherbes, os lo juro, con toda la sinceridad de mi corazón, como hombre que va a comparecer ante Dios, ¡Siempre he deseado la felicidad del Pueblo, y nunca he deseado nada que le sea adverso!"
           Amaba con todas sus fuerzas a su pueblo, cuyos representantes iban a votar su muerte. Amaba a la gente humilde, que tenía sus mismos gustos, se encontraba a gusto con ellos. Tenía un verdadero cariño para el torno de su pequeña cerrajería, le gustaba trabajar el yeso, hasta tal punto, que no podía haber un obrero en el castillo, sin ver acudir el rey, echar una mano y volver a sus aposentos sucio y agotado.

           Incluso en la cárcel del Templo, hace unos días, al ver a un albañil ocupado haciendo unos agujeros, para colocar enormes cerrojos, había sentido el deseo de cogerle el martillo y el cincel de las manos para enseñarle a su hijo la manera de trabajar.
           -Cuando salgáis de esta torre, le dijo el obrero, podréis decir que habéis trabajado personalmente para vuestra cárcel.
           -Maria Antoinette había padecido, por esos gustos de obrero. Joven desposada – ¡una desposada de catorce años! – “fastidios en exceso”, había tratado de curar a su marido, ¡Pero había sido en vano! Sufría por las bobadas y por “la falta de finura en sus modales” de su esposo: su risa era pesada, sus bromas espesas.

            ¿No es acaso cierto, que tenía la ocurrencia de colocarse sobre las rodillas del joven y gordo Narbonne, imitando un bebé que había que acunar? “con la buena intención de ser atento para alguno, nos dirá Madame de Boigne, se acercaba hacia él hasta hacerlo retroceder hasta la pared; si no argumentaba nada, y eso le ocurría a menudo, estallaba de risa, daba media vuelta y se iba.”

           Sin embargo, los latidos de ese corazón, la grandeza de su alma y las cualidades de ese gran creyente que era su marido, habían acabado por tocar los sentimientos de Marie-Antoinette. La caida de la desgracia, poco a poco, a falta de pasión, había provocado en ella una ternura inmensa. Ese bueno de hombre – ese honrado hombre, decía Fersen – había conseguido emocionarla, gracias a todas sus virtudes “sinceras e inertes”, según la expresión de Mirabeau.

           Y hoy, esa tranquilidad ante la muerte, esa valentía de mártir la emocionaba hasta lo más profundo de su alma. ¿Al lo mejor, en ese día de Navidad, creía que lo amaba?
          
          En cuanto a él, siempre la ha adorado. ¡Ha sido la única mujer de su vida! La amaba a su manera, claro que sí, una manera burda, tosca, torpe, pero la amaba desde esa mañana de mayo de 1.774 cuando, en la orilla del bosque de Compiègne, había visto por primera vez esos grandes ojos azules de porcelana y su sonrisa algo burlona.
          Era al lo mejor, su bonita manera de amar y atender a sus hijos, lo que más había agradado al rey. ¡Sus hijos! ¡La rubia pequeñita Mousseline con su fresca y alegre sonrisa y el pequeño Chou d´amour, que tenía el alma tan limpia!... Tenía para con ellos una ternura maternal ¡Tan rara en los príncipes!


           Ruego a mi mujer que me perdone todas las incomodidades que tiene que soportar por mi culpa, y las penas que he podido infligirle en el transcurso de nuestra unión; también puede estar segura que no le guardo ningún rencor, si ella creyera que tiene alguna culpa que reprocharse… “
           
          Ya ha amanecido. La escalera de la torre empieza a resonar con el ruido del martilleo de los pasos, del chirrido de las puertas, que los carceleros abren con estruendo – hay doce de ellas, cerrando la escalera, entre la planta baja y el tercer piso – de los batidos de los cerrojos, que los encargados de las llaves corren y dejan abatirse con pesadez y siendo la torre tan sonora como el tubo de un órgano, repite el ruido con gran amplitud. Encima, en la morada de la reina, Louis oye el ruido de los pasos. El pequeño delfín, que corre por todo el piso, los encargados de la leña, que guarnecen las hogueras, los aguadores que llenan las palanganas, el encargado de la luz que viene para apagar las farolas. Louis lo adivina. Las tres princesas vestidas con ropa de mañana, con vestimenta blanca, se disponen a tomar asiento en el pequeño comedor…

        Afuera, Paris guarda silencio. Los campanarios de esta mañana festiva enmudecen. No se oye ninguna campana, ni el menor tintineo. Por primera vez desde hace siglos, Paris no festeja la Navidad.
          Louis, siempre tan sereno, está recopilando su testamento… y, esa mañana, parece que “el pobre hombre”, el hombre de las Nadas, el hombre que daba risa, el hombre del cual se burlaban un poco, solo sea un recuerdo. En ese día de Navidad, Louis XVI ha sido rozado por el ala de un ángel. Lo que escribe, con su trazo tan fino, es de una sorprendente belleza. Un soplo divino anima esos renglones, escritos en una cárcel, esa mañana de Navidad, esos renglones, que tienen la emocionante grandeza de una oración:

           “Entrego mi alma a Dios, Creador mío; le ruego que la reciba en su misericordia, de no juzgarla de acuerdo con sus méritos, pero sí por los de Nuestro Señor Jesucristo, que se ofreció en sacrificio a Dios, su Padre para nosotros los hombres, por muy indignos que fueran, y yo el primero…Ruego a Dios que me perdone todos mis pecados; he querido conocerlos detenidamente, odiarlos, humillarme en su presencia…

          “Ruego a todos los que he podido ofender sin quererlo (ya que no recuerdo haber ofendido a nadie a sabiendas), o a los que haya podido dar mal ejemplo o causar escándalo, de perdonarme el mal que creen que le he podido hacer; ruego a todos los que tienen la caridad de unir sus oraciones con las mías para obtener de Dios el perdón de mis pecados…

          Perdono además de todo corazón a mis guardianes, los malos tratos y las molestias, que han creído tener que usar conmigo…”            
       
          Por la tarde, sus defensores – Malesherbes, Tronchet y de Sèze – llegan al Temple y son llevados a presencia de su cliente después de haberles desvestido y haber sido “registrados desnudos hasta en los sitios más secretos”.
          El rey termina su testamento, luego, pálido, el corazón en un puño, entra en la habitación en donde le esperaban los tres hombres.
          -He arreglado mis pequeños asuntos; ahora pueden hacer de mí lo que quieran.

          De Sèze le pide permiso para leerle el discurso que va a pronunciar mañana a la Convention, en el transcurso de la segunda y última jornada del proceso. En la habitación abovedada, se alza la voz del joven abogado: 

          “Louis había subido al trono con veinte años, y con veinte años, dio desde el trono ejemplo de moralidad; no tuvo ninguna debilidad culpable ni ninguna pasión corrupta… fue ahorrador, justo, severo, siempre se portó con el pueblo constantemente como su amigo. El pueblo deseó la abrogación de un impuesto desastroso que le oprimía, lo abrogó. El pueblo pedía la abolición de los siervos, comenzó a abolirla él mismo en sus dominios… es en nombre de ese mismo pueblo que hoy se pide…

           “Ciudadanos, no termino… me detengo ante  la Historia. Pensad que ella será el juez de vuestro fallo y que el suyo será el de los siglos venideros.”
           De Sèze había preparado un final más vibrante, pero el rey le pidió que lo suprimiera.
           -No quiero parecer que quiero enternecerlos.
           Después de que se marcharan, Louis abrió su Tacito y antes de anochecer, volvió a copiar otra vez su testamento:

       “Termino declarando ante Dios, y preparado para comparecer ante Él, que no me acuso de ninguno de los crímenes que se me reprochan.
            “Hecho en dos copias en la torre del Templo, el 25 de diciembre de 1.792”
                Louis

            Transcurrió menos de un mes.
            Es la mañana del lunes 21 de Enero de 1.793
            Louis tiembla un poco, pero es debido al frío. De repente se abre la puerta; el general Santerre seguido de comisarios y de gendarmes, que ordena en dos filas, entra ruidosamente en la habitación.
            -¿Venís a buscarme? Pregunta el rey.
            -Si
            -Os pido solo un minuto.

            Se dirige con rapidez hacia la pequeña torre, hacia la pequeña habitación en donde había escrito su testamento. Su confesor, el padre Edgeworth de Firmont está ahí. Louis cierra la puerta y se pone de rodillas:
            -Todo está cumplido, Monsieur; dadme vuestra última bendición y pedid a Dios que me de fuerzas hasta el final.

             El condenado coge su testamento de encima de al mesa – su mensaje de Navidad – sale de la habitación y lo entrega a uno de los representantes municipales.
           - "Os ruego que se lo entreguéis a la reina, a mi mujer".
          - "No hemos venido para hacernos cargo de vuestros recados, truena el hombre – uno apellidado Roux, un sacerdote juramentado – pero si para conduciros al cadalso.
          El Rey lo observa un momento, y luego contesta con dulzura:
          -"Es verdad."

            Otro agente municipal coge el mensaje, mientras que Louis XVI, da el primer paso hacia el suplicio, empezando a bajar la escalera de piedra. Bajo el retumbar de los tambores, atraviesa el jardín erizado de lanzas y por dos veces se vuelve hacia el siniestro torreón en donde, en el tercer piso, detrás de las persianas de madera dos mujeres y dos niños lloran, acechan y escuchan angustiados.
            Madame Royale, aun arrodillada en el jardín del Templo, recordaba…

            La mañana del 21 de enero de 1.793, encima de la chimenea, el reloj de Marie Antoinette, que representaba a la Fortuna y su rueda, había marcado las nueve.
            A las diez y media, los prisioneros habían oído a lo lejos las descargas de artillería. Enseguida, los tambores de la guardia del Temple empezaron a sonar. La reina que lloraba en su cama se levantó y vino a arrodillarse a los pies de su hijo, saludándole a título de rey.

             Madame Royale comprendió…
           La cabeza de su padre, acababa de rodar en el cadalso de la plaza de la Revolución.

         
     
          
      

3 comentarios:

  1. se merece la canonización este hombre,no sólo por lo que fué,sino por lo que es. ya han pasado más de doscientos años de su muerte,así es que los curitas de Roma tienen una deuda de justicia con este hombre.

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    1. L,a Iglesia Ortodoxa ha canonizado el Zar masacrado por los marxistas, aquí como tu dices, ciertos miembros de la Iglesia, influidos por el odio a la Monarquía no se atreven a canonizar a ese Rey, que pagó las orgías de Luis XIV.

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  2. y los gastos de Luis XV y de madame de Pompadour,quién hizo,en última instancia,este matrimonio.

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