MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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domingo, 21 de abril de 2013

DRAMAS Y TRAGEDIAS DE LA HISTORIA DE FRANCIA: LA HORRIBLE MUERTE DEL REY HENRI II


Enrique II, Rey de Francia



        Estamos en presencia de los Reyes de Francia que reinaron en el terrible periodo de las guerras de Religión, el Pueblo en ese momento, estaba imbuido por la mentalidad religiosa que dominaba el pensamiento de todos los habitantes de Europa.

         Y la gran división de la Cristiandad, afectó profundamente no solo a Francia, pero también a Alemania con Lutero, que expandió su Doctrina en casi toda Europa con Calvino en Ginebra, y en Inglaterra con el Anglicanismo cuyo origen fue la depravación de un Rey asesino y sanguinario, que ejecutó en unos años mucho más católicos que la Inquisición en varios siglos.
             Mientras en España, florecía el Imperio más importante de Europa, y del mundo de aquel tiempo, los Reyes de Francia como este Rey Henri II, que de católico firmó el tratado con los Calvinistas, y se alió con el Imperio turco, que era una terrible amenaza para la Civilización Cristiana, tuvo un Reino siempre vencido por los ejércitos españoles, y una muerte atroz.

        Lo mismo ocurrió con Henri III, homosexual y protestante, que fue acuchillado por un fraile católico, cuando intentaba apoderarse de París, defendido por la Liga católica.
       Y también el famoso Henri IV, que dijo "Paris bien vale una misa", y de protestante se hizo católico para ocupar el trono.
       A su vez, este Rey murió asesinado por el celebre Ravaillac cuando se paseaba por París en una carroza descubierta.
     Sin olvidar el Rey francés Francisco I, que se había aliado también con los turcos, que amenazaban a toda la cristiandad, Rey contemporáneo de Carlos V, el Emperador Invicto que lo derrotó en Pavía, y lo llevó prisionero a Madrid.

          El celebre Escritor anticlerical Voltaire, afirmó que la Inquisición española, tan criticada en nuestros días, fue la que evitó las terribles masacres de las guerras de Religión, como la masacre se la Saint Barthélemy en Francia.

      

Del historiador francés André Castelot






En el mes de Junio de 1.559, los vecinos de la Calle Saint Antoine, que moraban entre la calle Saint Paul y en la entrada de la Bastille, suspiraron profundamente: su calle bajo el pretexto de que era, de la Bastille a la calle Saint Paul, la más grande avenida de todo Paris, iba una vez más y durante varias semanas, a servir de marco a los torneos de la corte que moraba a dos pasos de ahí: En el castillo de La Tournelle. Hasta ahora, para los vecinos de la calle Saint-Antoine, los asuntos no se habían torcido demasiado. Sin duda alguna, en el transcurso de los alegres recibimientos, solo se habían contentado de colgar en la fachada de sus casas tapicerías y telas, pero algunas ventanas quedaban libres, y es así como – espectáculo poco corriente – habían podido asistir, en el mes de Enero de 1.540, a la entrada del Emperador Carlos V, al cual, el rey François había autorizado a atravesar por Francia.

 Sin embargo, esta vez, se tomaban demasiadas libertades: se quitaban los adoquines de las calles, se transformaba la calzada en pista de arena, se tapiaba la salida de las calles, se quitaba la cruz delante de la iglesia, se arrancaba el viejo olmo que tenía más de doscientos años, y por fin se levantaban adosadas a las casas, las altas tribunas que taponaban el aire y la luz: La calle Saint-Antoine iba a servir durante varias semanas de marco, para los torneos reales.

Ya antes, se había producido la misma operación, al comienzo del año para una kazozelle, fiesta dada en honor de la pequeña María Stuart que se había desposado con el delfín François. ¡Que pesadilla de murga! El kazozelle que estaba censado representar un combate entre turcos y moros, otorgaba la facultad de tocar los tambores "¡a la moda otomana!", Las tribunas habían impedido a los vecinos ver cualquier acontecimiento…¡El barrio carecía de agrado!

 Entre ellos y el río Sena, se encontraba el cementerio de Saint-Paul en donde se enterraba desde el año 632 y, las tardes de verano, una densa niebla malsana se levantaba del recinto y venía a juntarse con los vapores pestilentes que subían del alcantarillado. Este ultimo drenaba en la calle Saint-Antoine, hasta la iglesia, todas las aguas del barrio, y naturalmente al descubierto, transcurría, - es una manera de decir - cruzando la cultura Sainte-Catherine hacia los fosos del recinto de Carlos V.

 Y hoy, en ese cálido mes de Junio de 1.559, las tribunas volvían a ocultar - y para un largo periodo - las ventanas de las casas. Había un único consuelo: las fiestas que iban a celebrarse, festejaban la paz con los Españoles.
 “Por orden del Rey, habían proclamado los heraldos de la ciudad a cada encrucijada, después de una larga y cruenta guerra, donde hablaron las armas con gran efusión de sangre humana, obedece a razón que cada uno tenga a bien de alabar y celebrar un bien tan grande con grandísima muestra de gozo, placer y alegría.”

A decir verdad, los parisinos estimaban que se pagaba muy caro un “bien tan grande” a cambio de pocas compensaciones. Francia perdía la Saboya, el Piemonte y el Milanés, Córcega, Bresse y Bugey. Como lo decía un cronista, “en una hora y de un  plumazo, se tuvo que devolver todo, y ensuciar y ennegrecer todas nuestras hermosas victorias pasadas, con tres o cuatro gotas de tinta”. Las “tres o cuatro gotas de tinta”, habían también previsto las bodas de Felipe II con Elisabeth de Francia, hija de Enrique II y que tenía trece años, y también el matrimonio de Marguerite, hermana del rey, con el duque de Saboya, Felipe-Emmanuel. El Saboyardo se había personado para la ceremonia, pero el español había enviado para sustituirle, al duque de Alba. Una mañana de Junio de 1.559, entró en la alcoba de su futura reina y con su pierna izquierda desnuda, tocó la pierna desnuda de la jovencita. El matrimonio se declaró entonces “consumado”, Y el duque de Alba se retiró de la cama no sin algún pesar. Es lo que los franceses llamaban:
“Un asunto que cojeaba de una pierna…”
  
A la mañana siguiente, comenzaban los torneos, “y mostraron bien los franceses a los españoles, que son más diestros que ellos en lo que se refiere a la caballería”. Nuestros invitados “mostráronse tan torpes, e hicieron carreras tan renqueantes, que parecía a todo momento que iban a descabalgarse”.
Antes de la boda con el de Saboya, las lides vuelven a comenzar. El rey Henri está entre los concursantes y el martes 28, así como el miércoles 29, y se clasifica entre los vencedores.

Catherine de Medecis

Es Jueves 30 de Junio de 1.559. Desde las nueve de la mañana, los invitados  ocupan las tribunas. La reina Catherine se acomoda en su logia situada a la altura del actual 62, de la calle Saint-Antoine. Cerca de ella se coloca Diane de Poitiers, duquesa de Valentinois, amante del rey. Henri la ama con locura…A pesar de que Diane tenía entonces sesenta años. Presentaba además un caso sorprendente de eterna juventud. “He visto a la duquesa de Valentinois con la edad de setenta años, escribirá Brantôme, tan hermosa de cara, tan fresca y tan amable como si tuviera treinta años.”

El rey, como siempre, lleva sus colores: el negro y el blanco, ya que esos    son los colores de su amante, que lleva el luto de Monsieur de Brézé…es con esos colores que había combatido en la guerra y bajo los cuales hoy, va a encontrarse con la muerte. Firmaba sus cartas con un H en donde se apoyaba una doble luna creciente: la luna creciente que era, sin duda alguna el emblema personal de Henri, pero que personificaba sobre todo – en la mente de todos – el astro que la bella Diana encarnaba. Este H y sus dos lunas crecientes formaban dos D que se entrelazaban. Se las encuentra en todas las armaduras, encima de las chimeneas y de las puertas de todos los castillos. ¡Hasta en el vestido de la consagración del rey! Así en la mismísima catedral de Reims, lugar de la consagración, declaraba su adulterio.

Catherine odia a su rival, pero la soporta, porque le debe ciertos favores. Dio a luz a diez hijos – de los cuales tres serán reyes de Francia – y debe ese resultado a Diane que había obligado a su amante a retomar la alcoba de su mujer. Henri tenía por ello algún mérito, porque se decía que Catherine era el vivo retrato del papa León X que tenía dos grandes ojos blancos muy poco atractivos.
        Me portaba muy bien con Madame de Valentinois, reconocía un día la reina…
Pero añadía:
Pero además, le daba a entender que era muy a pesar mío, ya que ninguna mujer que amó a su marido, pudo también amar a su puta.
              Ruego a mis lectores que me perdonen esa palabrota. Estamos en el siglo XVI, y el famoso escritor Rabelais acaba de ser enterrado a dos pasos, en el cementerio de Saint-Paul. Su cadáver – digámoslo de paso – se encuentra quizás bajo la acera de la calle Neuve-Saint-Pierre, cerca de los restos del hombre de la máscara de hierro y de Jean Nicot, de los cuales, tampoco se encontraron sus tumbas.
             Al otro lado de Catherine de Medicis, toman asiento Maria Estuardo y el Delfín. La pequeña reina de escocia solo tiene catorce años, pero su belleza “empieza a deslumbrar como la luz del medio día”. Parece cansada y de desmaya al más mínimo de los pretextos. Los cronistas llaman a la enfermedad de la pequeña infanta “el pálido color”. ¿De donde le viene ese mal? Algunos afirman que François – solo tiene quince años – aún no logró hacer mujer a su esposa. Ese adolescente, craso y lleno de granos es solo un pobre enfermo. “Tiene las partes genitales estreñidas”, nos dice con crudeza un cronista.
            
              Los clarines resuenan alto y claro. El torneo va a dar comienzo. Catherine alza los ojos al cielo. Tiembla, porque un astrólogo avisó al rey “de evitar un combate singular en campo cerrado, sobre todo en los alrededores de su cuarenta y un años”…

              Justo en el medio de la rue Saint-Antoine, una barrera larga, de una altura de la grupa  de un caballo, separa a los contendientes. Estos, en un pasillo bastante estrecho, tienen que abalanzarse el uno hacia el otro, con toda la velocidad de sus caballos. Sujetan con sus manos una gran lanza de madera con la punta de hierro, con la cual tratarán de derribar a su adversario, apuntando la armadura. El duque de Saboya es el primero en estar armado y en un gran crujido de hierros, se dirige pesadamente hacia el rey a quien Monsieur de Vieilleville le está colocando “el yelmo en la cabeza”.

              -Apretad bien las rodillas, dice el rey riendo, dirigiéndose a su futuro cuñado, porqué quiero derribaros muy bien, sin reparar ni en la alianza ni en la fraternidad.
             - Ayudados por sus escuderos, ambos suben en sus caballos pertrechados. Henri lleva en su casco – y su corcel en la cabeza – un pesado penacho de plumas negras y blancas, que son los colores de Diana. Los contendientes se lanzan el uno contra el otro. El duque de Saboya está alcanzado por la lanza. A pesar de apretar las rodillas, está obligado, para no caer, a agarrarse de una manera poco elegante al estribo de su silla…Ahora le toca al duque de Guise. Es gigantesco. En las batallas, “hiendo siempre a guerrear a cara descubierta”, recibió una tremenda herida que le valió el sobrenombre de “el Balafré”. Henri no logra derribarlo: no hay vencedor.
              El tercer combate va a comenzar. El rey monta un caballo que pertenece a Filiberto de Saboya. Está encantado con “el alegre vigor” que le muestra su montura y se lo hace saber a su futuro cuñado, que le contesta, suplicándole en nombre de la reina “de dejar la tarea”, estando ya “la hora avanzada, y el tiempo caluroso en extremo”. En efecto, medio día acaba ya de sonar, pero Henri contesta que es el retador y,  que según lo piden las leyes de la caballería, tiene que sortear tres carreras. Su adversario está ya ensillado. Es el comandante de la guardia escocesa: Gabriel de Montgomery, conde de Lorges. “Cornetas y clarines tocan y suenan a todo tren, ensordeciendo los oídos” Ambos contendientes toman carrera y embisten,  el encontronazo es terrible, ambas lanzas se parten, pero los combatientes no caen a tierra. El rey podía detenerse pero quiere romper otra lanza.

Gabriel de Montgomery
 - Sire, implora Vieilleville, juro por el Dios vivo, que hace más de tres noches que no paro de soñar que os tiene que ocurrir hoy alguna desgracia, y que este último mes de Junio os va a ser fatal. ¡Hacer lo que os plazca! Montgomery insiste, él también, para detener el combate, pero el rey quiere proseguir. El retador y el asaltante embisten el uno contra el otro. Otra vez, el choque es terrible, ambas lanzan se parten, jinetes y monturas tienen dificultades en volver a encontrar el equilibrio. Al llegar al final del pasillo ambos contendientes se dan la vuelta. Henri II coge una nueva lanza, pero Montgomery se olvida de tirar el trozo que tiene en la mano. Contraviniendo la regla y no se sabe el motivo, las trompetas se han callado. Los jinetes revestidos de hierro vuelven a arrancar al galope, y solo se oye un gran crujido de hierro y el martilleo de las pezuñas en la arena de la calzada. Los espectadores dejan de respirar: todos se dan cuenta de que el comandante de la guardia escocesa ha olvidado de tirar su arma quebrada, la sigue alardeando ante él. Ambos contendientes chocan otra vez, el pedazo de lanza de Montgomery resbala sobre la armadura, levanta la visera del yelmo y penetra en la cabeza del rey. Un gran clamor se eleva de la asamblea. Catherine y Diane se han levantado. Henri se tambalea, se abraza al cuello de su caballo, las plumas negras y blancas se mezclan con las de su corcel, pero aún tiene fuerzas para perseguir su carrera hasta el final del pasillo. Ahí se deja caer en los brazos de sus escuderos que se dan prisa para quitarle su armadura.

            Se lleva el rey a las Tournelles. La herida es espantosa. La lanza penetró por el ojo derecho y salió por la oreja. Montgomery llorizquea al pié del lecho. En el castillo solo se oyen lloros y lamentos. Catherine y Diane están con las lágrimas. Francisco -  muy pronto el rey Francisco II – está de pié, aterrido al lado de la hermosa María. ¡Van a reinar y solo tienen quince años! Los otros hijos – los futuros Charles IX y Henri III, la pequeña Margot que se desposará con Henri IV, el pequeño Alençon – deambulan por el castillo, abandonados…

            Ambroise Paré acude a la cabecera del herido. Se queda paralizado, no atreviéndose a obrar como lo hizo con el Balafré: Se había entonces apoderado de las tenazas de un herrero, y apoyándose con un pié sobre la cabeza del paciente, había arrancado el pedazo de lanza de la herida. Esta vez, tiene miedo y se contenta de tratar de sacar por la nariz unos fragmentos del arma de Montgomery. Ya se derrama pus… se decapitan algunos condenados del Chatelet y se llevan las cabezas a casa de Ambroise Paré, que hunde por cada ojo derecho un “tronzón” de lanza partido. Pero esas espantosas autopsias no aportan ninguna aclaración.

             El rey sabe que está perdido. Exige, el 9 de Julio, que se celebre la boda de su hermana, que “parecía más un desfile fúnebre y funerales que cualquier otra cosa, ya que en vez de oboes y violines, solo había llantos, suspiros, tristeza y pesares; y para mejor representar un entierro, se desposaron poco después de media noche, en la iglesia de Saint-Paul, con antorchas y velones…”

Diane de Poitiers

            Mientras que Henri II estaba agonizando, Diane estaba enclaustrada en su casa. Catherine había prohibido la entrada en la cámara real a su rival y la tarde del 8 de Julio, le había enviado un mensajero:
            -Madame, me envía Madame Catherine. La Reina desea que devolváis las joyas de la corona.
     Muy noblemente, Diane preguntó:
            -¿Ha muerto el rey?
            -No, Madame, pero se cree que Su Majestad no pasará de esta noche.
            -¡Pues aún no tengo amo!

            Tendrá un nuevo amo el 10 de Julio. Esa mañana, el rey murió. Diana observó el cortejo que llevaba el cuerpo de su amante a Saint-Denis. Sobre el carro fúnebre, el H de Henri II seguía abrazado por las medias lunas crecientes…
            Tuvo que devolver las alhajas. Tuvo que devolver fuertes sumas de dinero, y sobre todo tuvo que devolver su querido castillo de Chenonceaux.
           ¡Cuánto echará de menos Diane, el no poder oír de su cama el dulce murmullo del río Cher envolviendo las pilas del puente nuevo!
             Por no tener que pasar por la rue Saint-Antoine, la regente Catherine ordenará un día arrasar les Tournelles. Más tarde en su lugar, se edificará una plaza franqueada de edificios azules por sus pizarras, rojos por los ladrillos, blancos por las piedras.
             Como así lo escribirá un día Victor Hugo: “Fue la lanzada de Montgomery la que ha creado la Plaza des Vosges.”

Gabriel de Montgomery, tomó el partido de los protestantes, fué derrotado por los católicos, y murió decapitado.



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