MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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martes, 4 de octubre de 2016

DEL POEMA DEL HOMBRE-DIOS DE MARÍA VALTORTA. CURACIÓN DE UN ENDEMONIADO ROMANO


VESTIDOS DE PATRICIOS ROMANOS


           Extraordinario milagro de Jesús que exorciza a un Patricio romano, hecho que recuerda al milagro del Profeta Eliseo al curar al leproso sirio Naamán. En estos hechos extraordinarios, se aprecia el amor de Dios hacia todo el Género humano, ya que Jesús no solo  ha venido para el Pueblo de Israel, pero también para toda la Humanidad, hecho que era un escándalo para los nacionalistas Judíos como los Fariseos y el Sanedrín, que acusaban a Jesús de predicar a los publicanos, y que por eso veían con desdeño este milagro a un romano, poseído por un demonio.

          El Señor le promete su visita dentro de dos años, parece que es la venida del Espíritu Santo.

         Y aquí aparece un hecho curioso, los romanos llamaban loco a un poseso, que es lo que está ocurriendo hoy día con muchos psiquiatras y hasta Sacerdotes, que no creen en las posesiones, y que según ellos, todo es debido a trastornos mentales.



          13 de Marzo de 1.945

         Jesús está ahora con los nueve que se han quedado, los otros tres han salido para Jerusalén. Tomás siempre alegre, tiene que multiplicarse para atender a sus verduras – y también a las otras incumbencias espirituales -, mientras que Pedro, Felipe, Bartolomé y Mateo se encargan de los peregrinos; los demás van al río para el bautismo (¡Verdaderamente penitencia con el frío que hace!).

          Jesús está todavía en su rincón, en la cocina. Tomás trajina, pero guarda silencio, para dejar tranquilo al Maestro. En ese momento entra Andrés y dice: “Maestro, hay un enfermo que a mí me parece que convendría curarle enseguida porque… dicen que está loco, porque no son israelitas; nosotros diríamos que está poseído. Chilla, vocea, se retuerce… Ven a ver”.

            “Ahora mismo ¿Dónde está?”
          “Todavía en el campo. ¿Oyes esos aullidos? Es él. Parece un animal, pero es él. Debe de ser un hombre rico porque el que lo acompaña va bien vestido, y al enfermo lo han bajado de un carro de mucho lujo con muchos siervos. Debe de ser pagano porque blasfema contra los dioses del Olimpo”.

            “Vamos”
           “Voy también yo a ver” dice Tomás (su curiosidad por ver es mayor que su preocupación por las verduras).
          Salen y, en vez de torcer hacia el río, tuercen hacia los campos que separan esta granja (nosotros la llamaríamos así) de la casa del capataz.
          En medio de un prado, donde antes pastaban unas ovejas (que ahora, espantadas, se han diseminado en todas las direcciones, y que los pastores y un perro – el segundo que veo desde que veo – en vano las vuelven a agrupar), hay un hombre al que tienen atado fuertemente y que, a pesar de todo, pega unos botes de loco, gritando terriblemente, y cada vez más fuerte a medida que Jesús se acerca.
          Pedro, Felipe, Mateo y Natanael están allí cerca, perplejos. Hay también más gente, sólo hombres, porque las mujeres tienen miedo.

          “¿Has venido, Maestro? ¿Ves que furia?” dice Pedro.
          “Ahora se le pasará”.
          “Pero… es pagano, ¿sabes?”.
          “¿Y qué valor tiene eso?”.
          “¡Hombre!... ¡Por el alma!”.

          Jesús sonríe ligeramente y sigue, llega al grupo del loco, que cada vez se agita más.

          Se separa del grupo uno que por el indumento y por llevar el rostro rasurado se ve que es romano, y saluda diciendo: “Salve, Maestro. He oído hablar de Ti. Eres más grande que Hipócrates  en el arte de curar y que el simulacro de Esculapio en obrar milagros con las enfermedades. Porque sé esto, he venido. Mi hermano, ya lo ves, está loco a causa de un misterioso mal. Ningún médico sabe lo que le pasa. He ido con él al templo de Esculapio y ha salido aún más loco. En Telemaida tengo un familiar, me envío un mensaje con una galera, decía que aquí había Uno que curaba a todos, y he venido. ¡Qué viaje más horroroso!”.

           “Merece premio”.
          “Pero mira, no somos ni siquiera prosélitos. Somos romanos, fieles a los dioses. Vosotros decís “paganos”. Somos de Sibáris, pero ahora estamos en Chipre”.
          “Es verdad, paganos sois”.
          “El alma es creada por Uno solo”.
          “¿El alma?...”.
          “El alma, Esa cosa divina que Dios crea para cada uno de los hombres: compañera en la existencia, superviviente más allá de la existencia”.
          “¿Y dónde está?”.
          “En lo profundo del yo. Pero, a pesar de que está, como cosa divina en el interior del más grande templo, de ella se puede decir – y digo “ella” no está, porque no es una cosa, sino un ente verdadero y digno de todo respeto – no está contenida, sino que contiene”.

          “¡Por Júpiter! ¿Eres filósofo?”.
          “Soy la razón unida a Dios”.
          “Creía que lo eras por lo que decías…”.
          “¿Y qué es la filosofía, cuando es verdadera y honesta, sino la elevación de la humana razón hacia la Sabiduría y la Potencia infinita. O sea, Dios?”.

          “¡Dios! ¡Dios!... ahí tengo a ese desdichado que me perturba, pero casi me olvido de su estado por escucharte a Ti, divino”.
          “No lo soy como tú lo dices, tú llamas divino a quien supera lo humano; Yo digo que tal nombre debe darse solo a quien procede de Dios”.
          “¿Qué es Dios? ¿Acaso alguien lo ha visto?”.

          “Está escrito: “¡A ti, que nos formaste, salve! Cuando describo la perfección humana, la armonía de nuestro cuerpo, celebro tu gloria”. Alguien dijo: “Tu bondad refulge en que has distribuido tus dones a todos los que viven para que todo hombre tuviera aquello que necesita; y tu sabiduría queda testificada por tus dones, como tu poder, al cumplir tus deseos”. ¿Reconoces estas palabras?”.
          “Si Minerva me ayuda…. Son de Galeno*. ¿Cómo es que las sabes? ¡Me maravillo!...”.
            Jesús sonríe y responde: “Ven al Dios verdadero y su divino Espíritu te hará docto en la verdadera Sabiduría y piedad, que es conocerte a ti mismo y dar culto de adoración a la Verdad”.

          “¡Pero si sigue siendo Galeno! Ahora estoy seguro. No solo eres médico y mago, sino también filósofo. ¿Por qué no vienes a Roma?”.
          “No soy ni médico, ni mago ni filósofo, como tú dices, sino testimonio de Dios en la Tierra. Traedme aquí al enfermo”.
          Entre gritos y forcejeos lo arrastran hasta allí.
          ¿Ves? Dices que está loco; dices que ningún médico ha podido curarle. Es cierto ningún médico, porque no está loco; lo que sucede es que un ser infernal – así te hablo porque eres pagano – ha entrado en él”.
               “Pero no tiene espíritu pitón. Es más, dice solo cosas erróneas”.

          “Nosotros lo llamamos “demonio”, no pitón; está el que habla y el mudo, el que engaña con razones con color de verdad y el que solo crea desorden mental. El primero de estos dos es el más completo y peligroso. Tu hermano tiene el segundo, pero ahora saldrá de él”.
          “¿Cómo?”.
          “Él mismo te lo dirá”.
          Jesús ordena: “¡Deja a este hombre! Vuelve a tu abismo”.
      “Me marcho, contra Ti, débil es mi poder. Me echas y me amordazas. ¿Por qué siempre nos vences?...”. El espíritu ha hablado por la boca del hombre, el cual, después de ello, se desploma como derrengado.

          “Está curado. Soltadle sin miedo”.
          “¿Curado? ¿Estás seguro? ¡Yo… yo te adoro!”. El romano hace ademán de postrarse.
          Jesús no quiere: “Alza el espíritu. En el Cielo está Dios. Adórale a Él y ve hacia Él. Adiós”.

          “No. Así no. Al menos toma: Permíteme que haga como haría con los sacerdotes de Esculapio. Permíteme oírte hablar… Permíteme hablar de Ti en mi patria…”.
          “Hazlo, y ven con tu hermano”.
          El tal hermano mira a su alrededor asombrado y pregunta: “Pero, ¿dónde estoy? ¡Esto no es Cintium! ¿Dónde está el mar?”.
        “Sufrías…” Jesús hace un gesto para imponer silencio, “sufrías a causa de una fuerte fiebre y te han traído a otro clima. Ahora estás mejor. Ven”.

          (…) ¿Qué creéis, ¿Qué he venido solo para Israel? Yo soy el que reunirá a todas las estirpes bajo un solo báculo: el del Cielo. En verdad os digo que está cercano el tiempo en que muchos paganos dirán: “Dejadnos tomar lo necesario para poder celebrar en nuestro suelo pagano sacrificios al Dios verdadero, al Dios Uno y Trino”, cuya palabra soy Yo.

          Ahora ellos se marchan, y van más convencidos que si Yo por el contrario, los hubiera humillado con mi desdén. Ellos, tanto en el milagro como en mis palabras, sienten a Dios, y esto es lo que dirán en su tierra.

          Además os digo: ¿No era justo premiar tanta fe? Desorientados por el dictamen de los médicos, desilusionados por los viajes inútiles a los templos, han sabido no obstante, seguir teniendo fe para venir al gran Desconocido del mundo, al Escarnecido, al gran Escarnecido y Calumniado de Israel, y decirle: “Creo que podrás”. El primer crisma de su nueva mentalidad les viene de este haber sabido creer. Yo los he sanado no tanto de la enfermedad, cuanto de su errada fe, porque he acercado sus labios a un cáliz que, cuanto más se bebe de él, hace sentir más sed: La sed de conocer al Dios verdadero.
          He terminado. A vosotros de Israel os digo: sabed tener fe como han sabido tener éstos”.

           El Romano se acerca con el hombre que ha sido curado: “Ya no oso decir “por Júpiter”. Digo, esto sí, que, por mi honor de ciudadano romano, te juro que tendré esta sed. Ahora debo irme, Pero en adelante ¿quién me dará de beber?”.
          “Tu espíritu, el alma que ahora sabes que tienes, hasta cuando un enviado mío vaya a visitarte”.
          “¿Y Tú no?”.
          “Yo… Yo no. Pero no estaré ausente, aun no estando presente. Y dentro de poco más de dos años, te haré un regalo mayor que la curación de este que tú amabas. Adiós a los dos. Sabed perseverar en este sentimiento de Fe”.

           “Salve, Maestro; que el Dios verdadero te salve”.
          Los dos romanos se van y se oye que llaman a los siervos que estaban con el carro.
          “¡Y ni siquiera sabían que tenían un alma!” dice en voz baja un anciano.
          “Si, padre, y han sabido aceptar mi palabra mejor que muchos en Israel. Ahora, dado que han ofrecido tanta limosna, favorezcamos a los pobres de Dios con doble y triple medida. Y que los pobres rueguen por estos benefactores, más pobres que ellos mismos, para que lleguen a la verdadera, única riqueza: conocer a Dios”.


* El nombre de Galeno, aquí y unos renglones más abajo, si no es un error de escritura o de lectura, tiene que referirse a un Galeno distinto del que conocemos, médico y filósofo que vivió en el siglo segundo después de Cristo.






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