HA NACIDO NUESTRO REDENTOR Y NUESTRO SUPREMO JUEZ, EL QUE TIENE LAS LLAVES DEL CIELO Y DEL HADES, EL QUE DARÁ PREMIO Y CASTIGO A LOS HOMBRES DE TODA CONDICIÓN.
Sublime relato literario y místico de María Valtorta sobre el nacimiento del Hijo de Dios, nunca relatado en la historia de la cristiandad, con la descripción de la gruta sombría, que se iluminó poco a poco primero por la luz de un rayo de luna, y después por la Luz emanada de María y amplificada por Jesús, Luz del mundo. Luz que transformó la bóveda de la cueva en un techo de plata de un Palacio, los murciélagos aletargados en una magnífica lámpara de ónice, y una salamandra en el collar de esmeralda de una Reina. La paja del pesebre en hilos de plata, el suelo de la gruta en una alfombra con vasos de flores y un aroma celestial.
Fabuloso discurso de María que explica cómo con sus virtudes de humildad, pobreza y resignación, redimió a la mujer, poniendo bajo sus pies el pecado de Eva que era soberbia, avaricia, lujuria y rebelión, lo que era también poner bajo sus pies a Lucifer vencedor de la mujer, que ahora era vencido por otra mujer: María la Madre de Dios y Madre de la Humanidad, la cual ha restituido a la mujer su primera nobleza, que tenía antes del pecado original. Por esa razón, los que dicen que María no es la Corredentora sino una simple discípula, están tremendamente equivocados.
HA NACIDO NUESTRO REDENTOR Y NUESTRO SUPREMO JUEZ, EL QUE TIENE LAS LLAVES DEL CIELO Y DEL HADES, EL QUE DARÁ PREMIO Y CASTIGO A LOS HOMBRES DE TODA CONDICIÓN.
Sublime relato literario y místico de María Valtorta sobre el nacimiento del Hijo de Dios, nunca relatado en la historia de la cristiandad, con la descripción de la gruta sombría, que se iluminó poco a poco primero por la luz de un rayo de luna, y después por la Luz emanada de María y amplificada por Jesús, Luz del mundo. Luz que transformó la bóveda de la cueva en un techo de plata de un Palacio, los murciélagos aletargados en una magnífica lámpara de ónice, y una salamandra en el collar de esmeralda de una Reina. La paja del pesebre en hilos de plata, el suelo de la gruta en una alfombra con vasos de flores y un aroma celestial.
Fabuloso discurso de María que explica cómo con sus virtudes de humildad, pobreza y resignación, redimió a la mujer, poniendo bajo sus pies el pecado de Eva que era soberbia, avaricia, lujuria y rebelión, lo que era también poner bajo sus pies a Lucifer vencedor de la mujer, que ahora era vencido por otra mujer: María la Madre de Dios y Madre de la Humanidad, la cual ha restituido a la mujer su primera nobleza, que tenía antes del pecado original. Por esa razón, los que dicen que María no es la Corredentora sino una simple discípula, están tremendamente equivocados.
Del Poema del Hombre-Dios de María Valtorta
Continúa mi
visión del interior de este pobre refugio de piedra en que han encontrado
amparo, unidos María y José en la suerte, a unos animales.
El fueguecillo
se adormila junto a su guardián. María levanta lentamente la cabeza de su
yacija y mira. Ve que José tiene la cabeza reclinada sobre el pecho como si
estuviera meditando… será – piensa – que el cansancio ha sobrepujado su buena
voluntad de permanecer despierto, y sonríe bondadosa; luego con menos ruido
del que puede hacer una mariposa posándose en una rosa, se sienta, para después
arrodillarse. Ora con una sonrisa beata en su rostro. Ora con los brazos
extendidos casi en cruz, con las palmas hacia arriba y hacia delante… y no
parece cansarse en esa posición violenta. Luego se postra con el rostro contra
el heno, adentrándose aún más en su oración; y la oración es larga.
José sale
bruscamente de su sueño; ve mortecino el fuego y casi oscuro el establo. Echa
un puñado de tamujo muy fino. La llama vuelve a chispear. Y va añadiendo
ramitas cada vez más gruesas; en efecto, el frío debe de ser punzante, el frío
de esa noche invernal, serena, que penetra por todas las partes de esas ruinas.
El pobre José, estando como está cerca de la puerta - llamemos así a la
abertura a la que hace de cortina su manto -, debe estar congelado. Acerca las
manos a la llama, se quita las sandalias, acerca también los pies; así se
calienta. Luego, cuando el fuego ha adquirido ya viveza y su luz es segura, se
vuelve; no ve nada, ni siquiera la blancura del velo de María que antes dibujaba una línea clara obre el
heno oscuro. Se pone en pie y se acerca despacio a la yacija.
“¿No duermes,
María?” pregunta.
Lo pregunta
tres veces, hasta que Ella torna en sí y responde: “Estoy orando”.
“¿No necesitas
nada?”.
“No, José”
“Trata de
dormir un poco, de descansar al menos”.
“Lo intentaré,
pero la oración no me cansa”.
“Hasta luego,
María”.
“Hasta luego,
José”.
María vuelve a
su posición de antes. José, para no ceder otra vez al sueño, se pone de
rodillas junto al fuego, y ora. Ora con las manos caídas en el rostro; de vez
en cuando las separa para alimentar el fuego, y luego vuelve a su ferviente
oración. Menos el ruido del crepitar de la leña y el del asno, que de tanto en
tanto pega con una pezuña en el suelo, no se oye nada.
Un inicio de
Luna se insinúa a través de una grieta de la techumbre, parece un hilo de
incorpórea plata que buscase a María. Se alarga a medida que la Luna va
elevándose en el cielo y, por fin, la alcanza. Ya está sobre la cabeza de la
orante, nimbándosela de candor.
María levanta
la cabeza como por una llamada celeste y
se yergue hasta quedar de nuevo de rodillas. ¡Oh, qué hermoso es este momento!
Ella levanta la cabeza, que parece resplandecer bajo la luz blanca de la Luna,
y una sonrisa no humana la transfigura. ¿Qué ve? ¿Qué oye? ¿Qué siente? Solo
Ella podría decir lo que vio, oyó y sintió en la hora fúlgida de su Maternidad.
Yo solo veo que en torno a Ella la luz aumente, aumenta, aumenta; parece
descender del Cielo, parece provenir de las pobres cosas que están a su
alrededor, parece, sobre todo, que proviene de Ella.
Su vestido,
azul oscuro, parece ahora de un delicado celeste de miosota; sus manos, su
rostro, parecen volverse azulinas, como los de uno que estuviera puesto en el
foco de un inmenso zafiro pálido. Este color, que me recuerda, a pesar de ser
más tenue, el que veo en las visiones del santo Paraíso, y también el que vi en
la visión de la venida de los Magos, se va extendiendo progresivamente sobre
las cosas, y las viste, las purifica, las hace espléndidas.
El cuerpo de
María despide cada vez más luz, absorbe la de la Luna, parece como si Ella
atrajera hacia sí la que le puede venir del Cielo. Ahora es Ella la depositaria
de la Luz, la que debe dar esa Luz al mundo. Y esta beatífica, incontenible, inmensurable,
eterna, divina Luz que de un momento a otro va a ser dada, se anuncia con un
alba, un lucero de la mañana, un oro de átomos de Luz que aumenta, aumenta como
una marea, sube, sube como incienso, baja como una riada, se extiende como un
velo…
La techumbre,
llena de grietas, de telas de araña, de cascotes que sobresalen y están en
equilibrio por un milagro de estática, esa techumbre negra, ahumada repelente,
parece la bóveda de una sala regia. Los pedruscos son bloques de plata; las
grietas, reflejos de ópalo; las telas de araña, preciosísimos baldaquines
engastados de plata y diamantes. Un voluminoso lagarto, aletargado entre dos
bloques de piedra, parece un collar de esmeraldas olvidado allí por una reina;
y un racimo de murciélagos en letargo, una lámpara de ónice de gran valor. Ya no
es hierba el heno que pende del pesebre más alto, es una multitud de hilos de
plata pura que oscilan temblorosos en el aire con la gracia de una cabellera
suelta.
La madera
oscura del pesebre de abajo parece un bloque de plata bruñida. Las paredes
están recubiertas por un brocado en que el recamo perlino del relieve oculta el
candor de las seda. Y el suelo… ¿Qué es ahora el suelo? Es un cristal encendido
por una luz blanca; los salientes parecen rosas de luz arrojadas al suelo como
obsequio; los hoyos, cálices valiosos de cuyo interior ascenderían aromas y
perfumes.
La Luz aumenta
cada vez más. El ojo no la resiste. En ella desaparece, como absorbida por una
cortina de incandescencia, la Virgen… y emerge la Madre.
Sí. Cuando mi
vista de nuevo puede resistir la Luz, veo a María con su Hijo recién nacido en
los brazos. Es un Niñito rosado y regordete, que gesticula, con unas manitas del
tamaño de un capullo de rosa; que menea sus piececitos, tan pequeños que
cabrían en el corazón de una rosa; que emite vagidos con su vocecita trémula,
de corderito recién nacido, abriendo una boquita que parece una menuda fresa
del bosque, y mostrando una lengüecita temblorosa contra el rosado paladar; que
menea su cabecita, tan rubia que parece casi desprovista de cabellos, una
cabecita redonda, que su Mamá sostiene en la cavidad de una de sus manos,
mirando a su Niño, adorándole, llorando y riendo al mismo tiempo…
Y se inclina para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… en donde un día se abrirá la Herida. Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.
Y se inclina para besarlo, no en la inocente cabeza, sino en el centro del pecho, sobre ese corazoncito que palpita, que palpita por nosotros… en donde un día se abrirá la Herida. Su Mamá se la está curando anticipadamente, con su beso inmaculado.
El buey se ha
despertado por el resplandor, se levanta haciendo mucho ruido con las pezuñas,
y muge. El asno vuelve la cabeza y rebuzna. Es la Luz la que los saca del
sueño, pero me seduce la idea de pensar que hayan querido saludar a su Creador,
por ellos mismos y por todos los animales.
Y José, que
casi en rapto, estaba orando tan intensamente que era ajeno a cuanto le
rodeaba, también torna en sí, y por entre los dedos apretados contra el rostro,
ve filtrarse la extraña Luz. Se descubre el rostro, levanta la cabeza, se
vuelve. El buey, que está en pié, oculta a María, pero ella llama: “José, ven”.
José acude.
Cuando ve, se detiene, como fulminado de reverencia, y está casi para caer de
rodillas en ese mismo lugar; pero María insiste: “Ven, José” y, apoyando la
mano izquierda en el heno y teniendo con la derecha estrechado contra su
corazón al Infante, se alza y se dirige hacia José, quien, por su parte, se
mueve azarado por el contraste entre su deseo de ir y el temor a ser
irreverente.
Cerca de la cama
para el ganado, los dos esposos se encuentran, y se miran llorando con
beatitud.
“Ven, que ofrecemos a Jesús al Padre” dice
María. José se pone de rodillas. Ella, erguida, entre dos troncos sustentantes,
alza a su criatura en sus brazos y dice: “Heme aquí – por Él, ¡Oh Dios!, te
digo esto - , heme aquí para hacer tu Voluntad. Y con Él Yo, María, y José, mi Esposo. He aquí a tus Siervos, Señor, para hacer siempre, en todo momento y en
todo lo que suceda, Tu voluntad, para gloria tuya y por amor a Ti”.
Luego, María
se inclina hacia José y, ofreciéndole el Infante le dice: “Toma, José”.
“¿Yo? ¿A mí?
¡Oh, no! ¡No soy digno!”. José se siente profundamente turbado, anonadado ante
la idea de deber tocar a Dios.
Pero María
insiste sonriendo: “Bien digno de ello eres tú, y nadie lo es más que tú, y por
eso el Altísimo te ha elegido. Toma José, tenlo mientras yo busco su ropita”.
José, rojo
como una púrpura, alarga los brazos y toma ese copito de carne que grita de
frío; una vez que lo tiene entre sus brazos, no persiste en la intención de
mantenerlo separado de sí por respeto, sino que lo estrecha contra su corazón
rompiendo a llorar fuertemente: “¡Oh! ¡Señor! ¡Dios mío!”; y se inclina para
besar los piececitos.
Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y le recoge en su regazo, y con su indumento marrón y con las manos, trata de cubrirle, calentarle, defenderlo del frío de la noche. Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta. Mejor quedarse donde está o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor. Y se pone entre el buey y el asno dando espalda a la puerta, con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas, un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos, buenos y un morro que exhala vapor.
Los siente fríos y entonces se sienta en el suelo y le recoge en su regazo, y con su indumento marrón y con las manos, trata de cubrirle, calentarle, defenderlo del frío de la noche. Quisiera acercarse al fuego, pero allí se siente esa corriente de aire que entra por la puerta. Mejor quedarse donde está o, mejor todavía, entre los dos animales, que hacen de escudo al aire y dan calor. Y se pone entre el buey y el asno dando espalda a la puerta, con su cuerpo hacia el Recién Nacido para hacer de su pecho una hornacina, cuyas paredes laterales son: una cabeza gris, con largas orejas, un hocico grande, blanco, con unos ojos húmedos, buenos y un morro que exhala vapor.
María ha
abierto el baulillo, y ha sacado unos pañales y unas fajas, ha ido al fuego y
las ha calentado. Ahora se acerca a José y envuelve al Niño en esos pañales
calentitos, y con un velo, le cubre la cabeza. “¿Dónde le ponemos ahora?”,
pregunta.
José mira a su
alrededor, piensa… “Mira – dice - , corremos un poco más para acá los dos
animales y la paja, y bajamos ese heno de allí arriba, y le ponemos a Él allí
dentro. La madera del borde le resguardará del aire, el heno será su almohada,
el buey con su aliento le calentará un poquito. Mejor el buey. Es más paciente
y tranquilo”. Y se pone
manos a la obra, mientras María acuna al Niño estrechándolo contra su corazón,
con su carrillo sobre la cabecita para darle calor.
José reaviva
el fuego, sin ahorrar leña, para hacer una buena hoguera, y se pone a calentar
el heno, de forma que, según lo va secando, para que no se enfríe, se lo va
metiendo en el pecho; luego, cuando ya tiene suficiente para un colchoncito
para el Infante, va al pesebre y lo dispone como una cunita. “Ya está” dice.
“Ahora sería necesario una manta, porque el heno pica; y además para taparle…”.
“Coge mi
manto” dice María.
“Vas a tener
frío”.
“¡Oh, no tiene
importancia! La manta es demasiado áspera; el manto, sin embargo, es suave y
caliente. Yo no tengo frío en absoluto. ¡Lo importante es que Él no sufra más!”.
José coge el
amplio manto de suave lana azul oscura y lo dispone doblado encima de la paja,
y deja un borde colgando fuera del pesebre. El primer lecho del Salvador está
preparado.
Su Madre, con
dulce paso ondeante, le lleva al pesebre, en él le coloca, y le tapa con la
parte del manto que había quedado fuera y con ella arropa también la cabecita
desnuda, que se hunde en el heno, protegida apenas por el fino velo de María.
Queda solo destapada la carita, del tamaño de un puño de hombre, y los Dos,
inclinados hacia el pesebre le miran con beatitud mientras duerme su primer
sueño; en efecto, el calorcito de los paños y de la paja le ha calmado el
llanto y le ha hecho conciliar el sueño al dulce Jesús.
Dice María:
“Te había prometido que Él vendrá a traerte su paz. ¿Te acuerdas de la paz que tenías durante los días de Navidad, cuando me veías con mi Niño? Entonces era tu tiempo de paz, ahora es tu tiempo de sufrimiento. Pera ya sabes que es en el sufrimiento donde se conquista la paz y toda la gracia para nosotros y para el prójimo. Jesús-Hombre tornó a ser Jesús-Dios después del tremendo sufrimiento de la Pasión; tornó a ser Paz, Paz en el Cielo del que había venido y desde el cual, ahora, derrama su Paz sobre aquellos que en el mundo le aman. Más durante las horas de la Pasión, Él, Paz del mundo, fue privado de esta paz. No habría sufrido si la hubiera tenido, y debía sufrir plenamente.
Yo, María,
redimí a la mujer con mi Maternidad divina, más se trataba solo del comienzo de
la redención de la mujer. Negándome, con el voto de virginidad, al desposorio
humano, había rechazado toda satisfacción concupiscente, mereciendo gracia de
parte de Dios. Pero no bastaba, porqué el pecado de Eva era árbol de cuatro
ramas: soberbia, avaricia, glotonería, lujuria. Y había que quebrar las cuatro
antes de hacerle estéril en sus raíces.
Vencí la soberbia humillándome hasta el fondo.
Me humillé
delante de todos. No hablo ahora de mi humildad respeto a Dios; ésta deben tributársela al Altísimo todas las
Criaturas. La tuvo su Verbo. Yo, mujer debía también tenerla. ¿Has
reflexionado, más bien, alguna vez, en qué tipo de humillaciones tuve que
sufrir de parte de los hombres y sin defenderme de manera alguna? Incluso José
que era justo, me había acusado en su corazón. Los demás, que no eran justos,
habían pecado de murmuración sobre mi estado, y el rumor de sus palabras, había
venido, como ola amarga, a estrellarse contra mi humanidad.
Y estas fueron
sólo las primeras de las infinitas humillaciones que mi vida de Madre de Jesús y del género humano me procuraron.
Humillaciones de pobreza; la humillación de quien debe abandonar su tierra;
humillaciones a causa de las reprensiones de los familiares y de las amistades
que, desconociendo la verdad, juzgaban débil mi forma de ser madre respeto a mi
Jesús, cuando empezaba a ser ya un Hombre; humillaciones durante los tres años
de su Ministerio; crueles humillaciones en el momento del Calvario;
humillaciones hasta en el tener que reconocer que no tenía con qué comprar ni
sitio ni perfumes para enterrar a mi Hijo.
Vencí la avaricia de los Progenitores
renunciando con antelación a mi hijo.
Una madre no
renuncia nunca a su hijo, si no se ve obligada a ello. Ya sea la Patria, o el
amor de una esposa, o el mismo Dios quienes piden al hijo a su corazón, ella se
resiste a la separación. Es natural que sea así. El hijo crece dentro de
nosotros, y el vínculo de su persona con la nuestra jamás queda completamente
roto. A pesar de que el conducto del vital ombligo haya sido cortado, siempre
permanece un nervio que nace en el corazón de la madre (un nervio espiritual,
más vivo y sensible que un nervio físico) y arraiga en el corazón del hijo, y
que siente como si le estiraran hasta el límite de lo soportable, si el amor de
Dios o de una criatura, o las exigencias de la Patria alejan al hijo de la
madre; y que se rompe, lacerando el corazón, si la muerte arranca el hijo a su
madre.
Yo renuncié
desde el momento que lo tuve, a mi Hijo. A Dios se lo dí, a vosotros os lo dí.
Me despojé del Fruto de mi vientre para dar reparación al hurto de Eva del
fruto de Dios.
Vencí la glotonería, tanto del saber como
del gozar, aceptando saber únicamente lo que Dios quería que supiera, sin
preguntarme a mí misma, sin preguntarle a Él, más de cuanto se me dijera.
Creí sin
indagar. Vencí la gula del gustar porqué me negué todo deleite del sentido. Mi
carne la puse debajo de las plantas de mis pies. Puse la carne, instrumento de
Satanás, y con ella el mismísimo Satanás, bajo mi calcañar para hacerme así un
escalón para acercarme al Cielo. ¡El Cielo!... Mi meta. Donde estaba Dios. Mi
única hambre. Hambre que no es gula sino necesidad bendecida por Dios, por este
Dios que quiere que sintamos apetito de Él.
Vencí la lujuria, que es la gula llevada a
la exacerbación.
En efecto,
todo vicio no refrenado conduce a un vicio mayor. Y la gula de Eva, ya de por
sí, digna de condena, la condujo a la lujuria; efectivamente, no le bastó ya el
satisfacerse sola sino que quiso portar su delito a una refinada intensidad;
así conoció la lujuria y se hizo maestra de ella para su compañero. Yo invertí
los términos y, en vez de descender, siempre subí; en vez de hacer bajar, atraí
siempre hacia arriba; y de mi compañero, que era un hombre honesto, hice un
ángel.
Es ese momento
en que poseía a Dios, y con Él sus riquezas infinitas, me apresuré a despojarme
de todo ello, diciendo: “Que por Él se haga tu voluntad y que Él la haga”.
Casto es aquel que controla no sólo su carne, sino también los afectos y los
pensamientos. Yo tenía que ser la Casta para anular a la impudicia de la carne,
del corazón y de la mente. Me mantuve comedida sin decir ni siquiera de mi
Hijo, que en la Tierra era sólo Mío, como en el Cielo era solo de Dios: “Es Mío
y para Mí lo quiero”.
Y a pesar de
todo no era suficiente para que la mujer
pudiera poseer la Paz que Eva había
perdido. Esa Paz os la procuré al pié de la Cruz, viendo morir a Aquel que tú
has visto nacer. Y, cuando me sentí arrancar las entrañas ante el grito de mi
hijo, quedé vacía de toda feminidad de connotación humana: ya no carne, sino
Ángel. María la virgen desposada con el Espíritu, murió en ese momento; quedó
la Madre de la Gracia, la que os generó la Gracia desde su tormento y os la
dio. La hembra, a la que había vuelto a consagrar mujer la noche de Navidad, a
los pies de la Cruz conquistó los medios para venir a ser Criatura del Cielo.
Esto hice Yo
por vosotras, negándome toda satisfacción, incluso las satisfacciones santas.
De vosotras, reducidas por Eva a hembras no superioras a las compañeras de los
animales, he hecho – basta con que lo queráis – las santas de Dios. Por vosotras
subí y, como a José os elevé. La roca del Calvario es mi Monte de los Olivos.
Ese fue mi impulso para llevar al Cielo, santificada de nuevo, el alma de la
mujer, junto con mi carne, glorificada por haber llevado al Verbo de Dios y
anulado en Mí hasta el último vestigio de Eva, la última raíz de aquel árbol de
las cuatro ramas venenosas, aquel árbol que tenía hincada su raíz en el sentido
y que había arrastrado a la humanidad a la caída, y que hasta el final de los
siglos y hasta la última mujer os morderá las entrañas.
Desde allí, donde ahora resplandezco, envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cual es la Medicina para venceros a vosotras mismas: La Gracia de mi Señor y la sangre de mi Hijo.
Desde allí, donde ahora resplandezco, envuelta en el rayo del Amor, os llamo y os indico cual es la Medicina para venceros a vosotras mismas: La Gracia de mi Señor y la sangre de mi Hijo.
Y tú, voz Mía,
haz descansar a tu alma con la Luz de esta alborada de Jesús para tener fuerza
en las futuras crucifixiones que no te van a ser evitadas, porque te queremos
aquí, y aquí se viene a través del dolor; porque te queremos aquí, y más alto
se viene cuanto mayor ha sido la pena sobrellevada para obtener Gracia para el
mundo.
Ve en Paz, Yo estoy contigo”.
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