MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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lunes, 5 de octubre de 2015

NOCHE OSCURA DEL ESPÍRITU. LA OSADÍA DEL ALMA ENAMORADA DE DIOS




PARA LLEGAR A ALCANZAR A DIOS EN ESTA VIDA
LAS TRES POTENCIAS DEL ALMA HAN DE ENTRAR
EN LA NOCHE OSCURA





Los efectos del amor a Cristo Jesús en las almas La osadía del alma enamorada.
(S. Juan de la Cruz - Noche oscura del espíritu.) 


Aquí, aparece otra vez reflejada una actitud común a todos los Santos: La duda y la preocupación de si son o no agradables a dios, y si su Majestad está contento con ellos.
Esa duda la vemos en la vida de San Juan de la Cruz, que a la hora de su muerte, aún tenía ese Santo temor de Dios: podemos leer en el relato de su Vida, escrita por Crisógono de Jesús O.C.D, sus palabras a la hora de la muerte:

[...] Recibida la extremaunción, que él mismo ha pedido, toma en sus manos un crucifijo y le besa los pies repetidas veces, diciendo jaculatorias o versículos de la Escritura. El Padre Agustín de San José le dice: "Ya es tiempo que le pague Nuestro Señor a su reverencia sus grandes trabajos". "No me diga esto, Padre, que le certifico que no he hecho obra que no me esté ahora reprendiendo"[...]. 

El Santo cura de Ars: cuentan que al principio de su Ministerio, se había quedado embarazada en el pueblo de Ars una muchacha, cuyo padre se desconocía, enseguida las malas lenguas le acusaron. Creció de tal manera el rumor, que el Obispo del lugar mandó un investigador para aclarar el asunto. El Santo, al recibirlo, le entró tan grande temor, que el enviado le preguntó. "¿Así que Ud reconoce ese pecado?", el Santo le contestó: "Ese asunto no me preocupa, la verdad saldrá, pero yo creía que el Sr. Obispo le enviaba ¡para indagar acerca de mi pobre ministerio al frente de esta Parroquia!"

Y Santa Teresita de Lisieux, que en su vida relatan que cuando se le apareció la Beata Ana de Jesús, fundadora del Carmelo en Francia, lo primero que le preguntó fue si Jesús estaba contento con ella.

Y más recientemente, San Pío de Pietrelcina que decía que tendría todos sus grandes sufrimientos por poco, si no tuviera esa duda que tanto le hacía sufrir, de si Dios estaba agradado con su manera de ser, que es exactamente lo que le ocurre a todos los Santos, como en este escrito lo relata tan claramente San Juan de la Cruz.



(...) Esta inflamación y sed de amor, por ser aquí ya del espíritu, es diferentísima a la otra que dijimos en la noche del sentido; porque, aunque aquí el sentido también lleva su parte, porque no deja de participar del trabajo del espíritu, pero la raíz y el vivo de la sed de amor siéntese en la parte superior del alma, esto es, en el espíritu, sintiendo y entendiendo de tal manera lo que siente y la necesidad tan grande de lo que anhela, que toda la angustia del sentido – que aquí es mucho mayor que en la primera Noche sensitiva – no le tiene en nada, porque en su interior echa de menos un inmenso bien, que con nada se puede comparar.

Pero aquí conviene notar que, aunque al comienzo, al inicio de esta noche espiritual, aun no se nota esta inflamación de amor porque entonces está comenzando a arder, en lugar de eso, Dios le infunde al alma un conocimiento de la grandeza de Dios tan grande, que su única preocupación en esta purgación, es el miedo de si tiene perdido a Dios y pensar si Dios la ha abandonado.

Y así se puede afirmar que ya desde el inicio de esta noche, el alma está herida de amor a Dios, ahora sea un amor de admiración, ahora sea un amor de inflamación; y se da cuenta que la mayor preocupación en estos trabajos, es este miedo, porque si se le pudiese dar a entender que no está todo perdido ni acabado, pero que al contrario todo lo que le ocurre es para su bien, y que Dios no está enojado, ya no le importarían sus penas, y muy al contrario, se alegraría de que esto sea una acción de Dios.

Y esto es así, porque el amor de consideración de la grandeza Dios es tan grande, aunque sea un sentimiento a oscuras, sin saber de donde le ha venido, que estaría dispuesta a morir para satisfacerle. Pero cuando ya la llama ha prendido en el alma, juntamente con la noción que tiene de Dios, y se le infunde una fuerza y un brío tales, junto con la comunicación de ansia de Dios, que le da su calor entonces, con gran osadía, sin mirar a ninguna cosa, ni tener recelos de nada, está dispuesta a hacer cosas extrañas y raras de cualquier modo y manera que esté a su mano, todo para poder encontrarse con el Amor de su alma.

Y esta es la razón del por qué María Magdalena, que era antes tan recelosa, no le importó para nada la multitud de hombres importantes y mediocres del convite, ni caer en la cuenta de que no estaba bien, ni le sentaría bien a la gente el ir a llorar y derramar lágrimas en medio de los invitados (Lc 7, 37-38), todo para lo más pronto posible, sin esperar otro momento más oportuno, poder llegar ante aquel de quien estaba ya su alma herida e inflamada.

Y esta es la embriaguez y osadía de amor, que – con saber que su amado estaba encerrado en el sepulcro cerrado con una gran piedra, y rodeado de soldados, que estaban ahí para que no lo robaran sus discípulos (Mt 27, 60-66), no le impidió ninguna de estas cosas para dejar de ir antes del día con los ungüentos para ungirle (Jn 20, 1).
Y fue igualmente esa ansia de amor la que le hizo preguntar al que, creyendo que era hortelano, le había sacado del sepulcro, que le dijese si lo había tomado y donde lo había puesto, para que ella lo tomase (Jn 20, 15); no cayendo en la cuenta de que aquella pregunta no era juiciosa pero si disparatada, ya que es evidente de que, si el otro se la había llevado, no se lo iba a decir, y aún menos se lo iba a entregar.

Pero esto tiene la fuerza y la vehemencia del amor, que le parece que todo es posible, y que le parece que todos están buscando lo que el busca y anhela, porque no cree que pueda haber otra cosa más importante de lo que ella busca y de lo que ama; y le parece que eso es la única cosa importante, y que todos andan metidos en esto.

Por eso cuando la esposa salió a buscar al Esposo en las plazas y los arrabales, creyendo que los demás andaban en lo mismo, les dijo que, si lo hallaban ellos, le hablasen diciéndole que estaba penando por su amor (Cant 5,8). Tal era la fuerza de Amor de esa María, que le pareció que, si el hortelano le hubiera dicho donde lo había escondido, iría a tomarlo por mucho que lo tuviera prohibido.

De esa medida, son pues, las ansias de Amor que esta alma va sintiendo, cuando va aprovechando en esta espiritual purgación. Porque de noche se levanta (esto es, en estas tinieblas purgativas) según los deseos de la voluntad, y con las ansias y fuerzas de la leona o la osa que va a buscar a sus cachorros cuando se los han quitado y no los halla, anda esta alma herida a buscar a su Dios; porque, como está en tinieblas, siéntese sin Él, estando muriendo de amor por Él.

Y este es el amor impaciente, en que no puede durar mucho el paciente, sin recibir o morir, este es el amor, que tenía Raquel a los hijos cuando dijo a Jacob: Dame hijos; si no moriré (Gen 30,1). Pero no deja de ser curioso como aquí el alma, que se siente tan miserable y tan indigna de Dios, como así ocurre en estas tinieblas purgativas, tenga una fuerza tan osada y atrevida para juntarse con Dios.

Y esto es porque el Amor le va ya dando cada vez más fuerzas, para amar de verdad, y debido a que la propiedad del amor es querer unirse; juntar e igualar y asimilar la cosa amada para alcanzar la perfección del Amor, por eso, al no estar esa alma perfecta en el Amor, por no haber logrado la unión el hambre y la sed que tiene de lo que le falta – que es la unión y las fuerzas que ya el Amor ha puesto en la voluntad lo que le ha producido ese apasionamiento - la haga ser osada y atrevida por su voluntad inflamada, a pesar de que según su entendimiento, que está a oscuras y no ilustrado, se siente indigno y se conoce miserable.

No quiero dejar aquí de decir el por qué, esta divina Luz que ilumina el alma, no le da claridad al embestirla, como lo hará después, sino que le causa tinieblas y trabajos, como así se ha dicho. Algo ya se había comentado sobre ese asunto. La explicación es que las tinieblas y los otros males que el alma siente cuando está embestida por esa divina Luz, no son efectos de esa Luz, sino que provienen del alma, y la Luz la alumbra para que las vea.

Esta divina Luz da pues luz, pero el alma solo ve lo que está ante sus ojos, que son sus tinieblas y miserias, los cuales se alumbran por misericordia de Dios, y antes no los podía ver porque esta Luz sobrenatural no las alumbraba. Y esta es la razón del porque al principio solo siente tinieblas y males; pero después de purgados con el conocimiento y sentimiento de ellos, tendrá ojos para que esta Luz le muestre los bienes de la Luz divina.

 Anuladas ya todas esas tinieblas e imperfecciones del alma, ya parece que van apareciendo los grandes provechos y bienes que el alma va granjeando en esta dichosa noche de contemplación. Pues, por todo lo dicho, se ve como Dios favorece al alma de curarla y limpiarla con esta fuerte lejía y amarga purga, según la parte sensitiva y espiritual, de todas las afecciones y hábitos imperfectos que en si tenía acerca de lo temporal y natural, sensitivo y especulativo y espiritual, oscureciéndole las potencias interiores y vaciándoselas acerca de todo esto y apretándola y enjugándole las afecciones sensitivas y espirituales, y debilitándole y adelgazándole las fuerzas naturales del alma acerca de todo ello (lo cual nunca el alma podía conseguir por si misma, como luego diremos), haciéndola Dios desfallecer y desnudar de esta manera a todo lo que no es Dios naturalmente, para así hacerla desfallecer para ir vistiéndola de nuevo, ya desnudada y desollada de su antiguo pellejo, y así, se le renueva, como el águila su juventud (Ps 102,5), quedando vestida del nuevo hombre, que es criado, como dice el Apóstol, según Dios (Efe 4,24).

Lo cual no es otra cosa que alumbrarle el entendimiento con la lumbre sobrenatural, de manera que de entendimiento humano se haga divino, unido con el divino; y, ni más ni menos, informarle la voluntad de amor divino, de manera que ya no sea voluntad menos que divina, no amando menos que divinamente, hecho y unido en uno con la divina voluntad y amor, y la memoria, ni más ni menos, y también las afecciones y los apetitos todos mudados y vueltos según Dios, divinamente. Y así esta alma será ya alma del cielo celestial y más divina que humana.
Todo lo cual según se ha ido viendo por lo que se ha dicho, como va Dios haciendo y obrando en esta noche, ilustrándola e inflamándola divinamente con ansias de solo Dios, y no de otra cosa alguna. Por lo cual, muy justa y razonablemente añade luego el alma el tercer verso de la canción que dice:


¡Oh dichosa ventura!
Salí sin ser notada,
Estando ya mi casa sosegada.

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