MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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miércoles, 27 de noviembre de 2013

LOS VEINTE DE JUNIO DEL CONDE AXEL DE FERSEN

DRAMAS Y TRAGEDIAS DE LA HISTORIA DE FRANCIA
(Relato de la fuga fallida de Luis XVI)

Los 20 de Junio del Conde Axel de Fersen
Del historiador André Castelot




Retrato del conde Axel de Fersen



       Trágica historia del Conde sueco Axel de Fersen, amigo íntimo de la Reina Marie Antoinette, esposa de Luis XVI, que ideó la fuga de la familia real, que no pudo llevarse a cabo por muy poco. Reconocidos los reyes en Varennes, fueron guillotinados por la Convención de la Revolución francesa de 1.789.
     El Conde Axel, logró llevarlos hasta el pueblo de Varennes, en un carruaje, pero fueron reconocidos, y arrestados para llevarlos prisioneros a la Torre del Templo, para ser ejecutados, primero el Rey y luego la Reina.
      En este completo relato, se cuenta los últimos días del Conde, que acabó siendo linchado y asesinado salvajemente por sus compatriotas suecos en Estocolmo.




     “Todo me conduce a ti” 
      (María Antoinette) 



     La mañana del 20 de Junio de 1.810, toda la ciudad de Estocolmo está volcada en la calle para ver pasar el cortejo fúnebre del príncipe heredero: El príncipe Carlos Augusto de Holstein Augustenburgo. 

     Suecia acaba de vivir una revuelta de palacio que, casi se transforma en guerra civil. Hace unos catorce meses, el rey Gustavo IV Adolfo había sido depuesto. Batallador, animado de un odio feroz en contra de Napoleón, el rey llevaba su país al desmembramiento. Su política había ya conducido a la pérdida de Finlandia- de “su querida Suomi”. Con toda seguridad, Suecia iba a correr la misma suerte que Polonia. La alianza de Tilsit, ¿No había acaso previsto la partición de Suecia entre Rusia y Dinamarca? Antes de que sea demasiado tarde, el rey había sido forzado a dimitir por un golpe militar de generales y los Estados unidos habían declarado a Gustavo IV Adolfo y a su descendencia, incapaces para reinar. 

     El tío del soberano depuesto, el duque de Sudermania, de sesenta y dos años de edad, había sido elegido rey con el nombre de Carlos XIII. Para sucederle, la Dieta había propuesto al príncipe Carlos Augusto, una especie de aborto acechado por la apoplejía y que vivía entre dos vértigos. 
     Su amor para el trabajo, su sencillez, lo habían hecho muy popular y es con un hondo pesar que el pueblo se había enterado del drama del 28 de mayo. El príncipe había montado a caballo para pasar una revista. De repente, se vio el jinete y su montura arrancar a todo galope. Carlos Augusto se había visto muy pronto tambalearse, y luego caer de su silla. Se le incorporó desvanecido y había entregado su alma, sin recobrar el conocimiento. Con toda seguridad, era un ataque de apoplejía fulminante, la causante de su muerte… pero el pueblo no lo creía así. 

      Medio escuadrón de la guardia montada encabeza el desfile. Luego, con el ruido ensordecedor de los tambores forrados de crespón, desfilan los suboficiales a caballo, algunos altos dignatarios de la corte, por fin, delante del carro fúnebre revestido de crespón, la carroza dorada del gran mariscal de la corte, una suntuosa carroza tirada por seis corceles blancos con arneses rojos. En los sitiales, pajes, con librea blanca engalanada con galones de colores. 
       Solo en el coche, con su gran uniforme con una constelación de condecoraciones, de placas, de cordones, el gran mariscal de la corte: el conde Axel Fersen. 

     ¡Axel! Ese dulce apellido nórdico que Maria Antoinette había dulcemente susurrado con amor. Hace pronto diecisiete años que la echaba de menos, dieciséis veces el 16 de octubre había sido para él “un día de devoción”. Y ese 20 de Junio de 1.810, lleva con él una petaca de oro, en donde está pintado el retrato de la reina asesinada, ese retrato que siempre lleva con él. 

    Enseguida que aparecen el pomposo carroza dorado, los pajes y los caballos blancos, con ese ambiente festivo que contrasta con el oscuro carro fúnebre arrastrado por corceles negros, un silencio hostil planea sobre la muchedumbre. Fersen parece un triunfador arrastrando tras de sí a un enemigo derrotado. 
     Axel es detestado, odiado, vilipendiado. Todo el mundo sabe que es un partidario del antiguo rey – A pesar de haberle juzgado con severidad. Todo el mundo está persuadido de que “trabaja” para el hijo de Gustavo IV Adolfo, destronado por la Dieta. Esa certeza - esa desheredación – le había ciertamente extrañado… ¡Pero de ahí a atentar contra la vida del nuevo príncipe heredero! ¡Porqué se estaba gritando, se estaba afirmando, se escribía: el gran mariscal, ese adversario de las ideas liberales, ese enemigo del pueblo – que para él es solo basura – había matado a Carlos Augusto! ¡Lo había envenenado para que el hijo del rey destronado pueda suceder a Carlos XIII! Tal incongruencia hacía encogerse de hombros a la gente sensata. 

     -Si estuviera en el lugar de Fersen, decía el rey Carlos, me entregaría prisionero y pediría ser juzgado. 
Sin embargo, cuando se le comentaba al soberano los peligros que corría el gran mariscal al encabezar el duelo del príncipe heredero por una ciudad sobrecalentada por la ira, casi sonreía diciendo: 
     -No estaría mal que a ese gran señor orgulloso se le diera una buena lección. Axel fue avisado. Recibió una carta llena de amenazas la misma mañana de los funerales. 
     “¿Es que nuestro viejo país va a perder su independencia y su rango entre los países europeos, debido a la felonía, a la traición y a la ignominia de su nobleza? Puede ser que no, ya que ese Napoleón que has despreciado conoce tus intrigas y, con solo una palabra, puede mandar aplastarte como a un gusano. ¡Has de saber, ser indigno, que cuando vayas a entrar en la ciudad, en toda tu aparente magnificencia, los aldeanos van a burlarse de ti, ya que son más grandes y mejores que tú, miserable soberbio! Que tiemblen tus largas piernas y que sepas que esta carta es la voz de todo el pueblo. ¡Te espera la peor de las venganzas, para castigarte de tus latrocinios y de tus abominables intentos de asesinato!” 

     Pero Axel se niega ano cumplir con su deber… y a la hora indicada, de acuerdo con el ceremonial previsto – no se permitía ni un nudo negro en su atuendo - , se dirigió hacia los restos mortales hasta Lihjeholmbro, situado a las puertas de Estocolmo. El silencio hostil terminó pronto. En la travesía de la plaza Sodermalmstory, empiezan a oírse gritos: 
     -¡Asesino! ¡Asesino! 

    Los soldados forman un pasillo. Pero no intervienen, como tampoco la escolta. No han recibido órdenes… En la Hornsgaten, se tiran violentamente objetos de cobre contra el coche, rompiendo las lunas del coche e hiriendo a Axel en el rostro. Se escupe ahora sobre él… Algo mas adelante, en el mercado de cereales –Kornhamnstory – la muchedumbre tira adoquines sobre la carroza. 
     Sin embargo, está ahí un batallón de la guardia en formación de parada, pero no se estremece. Una pedrada rompe la corona que está encima de la carroza. Otra alcanza al cochero –Jacobo Bauer – en la frente. Fersen guarda su calma. A la entrada de la calle Nueva - Stora Nygatan- los insultos y los alaridos aumentan. Las piedras llueven. 

     Axel está herido. Su sangre corre abundantemente de varias llagas. Tiene que echarse en el suelo del coche. La sangre lo ciega… ¿Acaso cree que todo está perdido? ¿Qué va a morir ahí? ¿Lapidado? ¿Morirá ese 20 de Junio de 1.810? ¿No es verdad que algunas veces deseó entregar su último suspiro un 20 de junio, ese aniversario de la escapada de Varennes en donde fue detenido Louis XVI y su familia? Desde hace diecinueve años, pensaba en ello. Desde hace diecinueve años, anotaba en su diario íntimo palabras que variaban muy poco de un año a otro: 20 de junio – No dejaba de pensar (que hace tres años) en ese mismo tiempo, en 1.791… 

     Martes 20 de junio de 1.797… No dejaba de pensar que era el aniversario de un día memorable para mí… 
Estaba en el colmo de la felicidad… Todas mis sentimientos estaban colmados… Por desgracia, el sueño duró poco y desde entonces he perdido la felicidad… 

     Miércoles 20. No paré de recordarme todo el día en ese día, hacía siete años… 

     Jueves 20. No dejaba de pensar en esa jornada, hacía nueve años y cuanto me preocupaba su partida. 
Hacía diez años… 

     Hacía quince años… 

     Hacía ahora diecinueve años… 

  Extendido en su carroza, mientras que siguen lloviendo piedras, escupitajos e injurias, mientras que la muerte se le está acercando, ¿Revivirá con el recuerdo ese día del lunes 20 de junio de 1.791 cuando lo había intentado todo, lo había arriesgado todo – incluso su vida – para salvar de la muerte a la que amaba con toda su alma? Para así salvar con ella a la monarquía, prisionera de la Revolución. 

     La tarde del 20 del lunes 20 de Junio de 1.791, Fersen había llegado al castillo. Casi todos los días, desde las jornadas de octubre de 1.789, desde hace año y medio, Axel se encaminaba hacia las Tuilleries y podrá escribir a su hermana: 
“Veo de vez en cuando libremente a mi Amiga en su casa, y eso me consuela de todas las desgracias que tiene que soportar, pobre mujer; su conducta, su ánimo y su sensibilidad son las de un ángel. Nunca se ha podido amar así…” 
O aún: 
  “Llora a menudo conmigo; mirad si no la tengo que querer…” 
     Ese lunes 20 de Junio, María Antoinette “derramó muchas lágrimas”. Volvieron a repasar todo lo que se había planeado para su evasión. Después de la ceremonia que tenía lugar cuando el rey iba a acostarse, - La Etiqueta no quería morir en ese barco que se hundía – los fugitivos saldrían de las Tuilleries en pequeños grupos, por la puerta del apartamento de M. de Villequier, que no estaba vigilada, luego, se unirían con Fersen en un coche de alquiler, que estaba estacionado en la plaza del Petit-Carroussel. Los niños saldrían primero, luego los otros fugitivos, después de haber hecho creer que iban a acostarse. 

   Luego habría que dirigirse hacia la barrera. Fersen abandonaría la familia real en el primer relevo. Quizá el esposo de María Antoinette encontraba poco conveniente el viajar bajo la protección del amante de su mujer… o por lo menos, del que todos consideraban como tal. Los viajeros se dejarían luego solos hasta Châlons – bajo la protección de tres vigilantes disfrazados de correos. Luego en cada posta, y hasta Montmédy, término del viaje, el general de Bouillé colocaría destacamentos de caballería. 

      Este dispositivo tenía sin embargo preocupado a Fersen. Sin duda alguna, Axel estaba de acuerdo con el general en lo que se refiere a las precauciones que había que tener en el trayecto de Paris hasta Chalons “ya que, según escribía, la mejor de todas es la de no tomar ninguna, ya que todo depende de la rapidez y del silencio”. ¿Pero después? “Si no está Vd. seguro de sus destacamentos, decía el sueco con sentido común, sería mejor colocarlos solo a partir de Varennes, para pasar así por la región sin llamar la atención. ¡El rey se colaría entonces tranquilamente!” 
     Más de diez veces, volvió a insistir sobre la cuestión.”No dejaba de repetir: ¡Asegúrese muy bien de los destacamentos o colóquelos solo a partir de Varennes!” 
    Eran cerca de las seis de la tarde, Axel se disponía a retirarse. El rey lo miró con emoción: 
   -Señor Fersen, sea lo que sea lo que me ocurra, nunca olvidaré todo lo que habéis hecho por mí.

Mientras que Marie Antoinette llevaba a pasear a sus hijos al jardín de Boutin, a la Chaussée-d´Antin. Axel volvió a su casa para ordenar sus pertenencias. El corazón le latía con fuerza. A las ocho, fue a esperar al puente Real os de los tres vigilantes: Valory, el cual a penas conocía Paris y Moustier ¡Que tenía la vista tan extraordinariamente mala, que no era capaz de discernir el número de caballos que, al comienzo, fueron enganchados a la berlina! Era alto: medía 5 pies y 8 a 10 pulgadas, de una gran palidez, con los ojos saltones, con una barba en forma de collar, bastante mal dibujada, con los pelos de la misma que sobresalían por encima del cuello. En una palabra, un hombre que era imposible que pasara inadvertido. ¡Que elección tan mala! En cuanto al tercer “correo” – M. de Malden – se había quedado en las Tuilleries, en casa del rey, escondido en un reservado, entre dos puertas. 

     Axel les explicó cual era su cometido: irse con Baltasar, el cochero de Fersen y con cinco caballos para traer la berlina. Cargada de víveres – e incluso con algunas pistolas que no serán utilizadas - el coche había sido entregado esa misma mañana, en el 25, rue de Cliché, en casa de Quentin Craufurd, un amigo inglés, cuya amante, Eleonora Sullivan, se sentía atraída por el irresistible sueco… 
     Los dos guardias y Baltasar tuvieron por tarea de conducir el pesado carruaje en lo alto de la barriada Saint Martin, a la salida de la carretera de Metz. 
     Mientras que los cinco caballos se alejan al trote por la calle de la barriada de Saint Honoré, Fersen se disfraza, se viste con un atuendo de cochero, se sube al asiento del coche y se dirige hacia las Tuilleries… 

     En el patio de los Príncipes, se encuentran las carrozas de los visitantes y de los funcionarios, que habían venido para asistir a la cena y al descanso del rey., o invitados por cualquier oficial del castillo. Fersen con un nudo en la garganta y con el corazón latiendo con fuerza, se pone en fila – es el último – y espera. 
Son las diez menos cuarto… 
     Media hora mas tarde, dejando su asiento, va a situarse cerca de la puerta del apartamento de M. de Villequier. Hacia las diez y cuarenta, la puerta se abre. Fersen reconoce la silueta de la reina. Entra en la habitación, coge la mano del delfín, Madame de Tourzel la de Madame Royale y, seguido por la reina, el pequeño grupo baja las escaleras que conducen al patio alborotado de ruidos de guardias nacionales, de cocheros y de criados.
       Siguiendo la fila oscura de los coches alineados, los fugitivos alcanzan el coche de ciudad que está situado casi en el centro del patio Real también llamado patio de las Tuilleries. Se suben a él Madame de Tourzel y los niños; Fersen se encarama al asiento del cochero, enviando a sus jamelgos alquilados un amplio latigazo y tranquilamente, sale del patio. 
      La reina, en la cual se adivina la emoción y la angustia, mira alejarse la tartana la cual, después de una pequeña vuelta por los andenes y la plaza Louis XV, viene a aparcarse en la rue de l´Echelle, en la esquina de la plaza del Petit Carrousel. 
   Y la espera - la larga espera – comienza. La calle está animada a pesar de la hora tardía. Desde el coche, se puede ver el portón de las cuadras del rey. Cocheros, lacayos, arneseros, palafreneros, ensilladores están charlando… en esa cálida noche de verano, los merenderos vecinos están rebosantes de gritos. 

     Fersen se pasea alrededor del coche “como un hombre que mira a sus caballos”. Lleva incluso la comedia hasta dialogar con un transeúnte. Le habla con el lenguaje de los cocheros de establo y le ofrece una toma en una fea petaca que trajo a propósito. 
     Los minutos pasan, lentos. El delfín se adormece. Madame Royale, que se había acostado cuando su madre vino a avisarle, no tiene ganas de dormir. Mme de Tourzel, llena de ansiedad, acecha desde la puerta. ¿Qué ocurriría si, ni el rey ni la reina, lograsen salir del castillo? ¿Cómo harían los dos niños para volver a sus aposentos? 

     Angustiado, Axel observa los movimientos de una mujer que da vueltas alrededor del coche y que va a sentarse a dos pasos, en un banco de piedra. Fersen se acerca “con el andar de un paseante”, y se dirige a ella. La mujer se levanta, se incorpora. Era Madame Elizabeth, la cual tranquiliza enseguida a Fersen. 
En el castillo, no se han enterado de nada. Sin embargo, el tiempo sigue transcurriendo lentamente… Por fin – es entonces más de media noche – el rey, con un vestido gris, una chaqueta color verde botella y un sombrero con cinta, encima de un peluquín redondo de un gris rojizo, acude con M. de Malden. 

     Mientras que esperan a Maria Antoinette, Luis XVI explica las causas de su tardanza. La ceremonia de su descanso, que no se atrevió a acortar, se prolongó hasta las once y media. El rey se acostó después en la habitación contigua, luego, aprovechando el instante en que su ayudante de cámara, que dormía en la habitación, iba a desnudarse, Louis XVI había corrido las cortinas de la cama, se había dirigido a la habitación del delfín y el subsuelo de la reina. Disfrazado con su atuendo, había salido tranquilamente por la puerta grande, en la cara de los funcionarios. Habiéndose caído la hebilla de su zapato, se había incluso parado tranquilamente para atarla…
      Pero, ¿Qué hace María Antoinette? 
     “Alguien” - no se sabe quien – tenía que haberla encontrado en la puerta del apartamento de M. de Villequier. Son casi las doce y media y la angustia empieza a apoderarse de Axel. Pero de repente, ve a la querida silueta que se apresura… 
La reina se perdió con su guía en el laberinto de calles y de las calles sin salida que se irradian desde la plaza del Petit Carrousel. ¡Tuvieron que preguntar por el camino a un guardia!... 

     Axel se aleja con rápido trote, pero en vez de dirigirse enseguida hacia la barrera, prefiere ir a la calle de Clichy en donde la berlina se encerró, para asegurarse que el coche se ha dirigido a su cita. Tranquilizado, el coche de ciudad se dirige por fin hacia la barriada de Saint Martin. 
     Son la una y media cuando se alcanza la barrera. Axel se apea y va en busca de la berlina. La busca durante mucho tiempo… tanto tiempo, que el rey va a su vez en busca de Fersen. Por fin, Fersen descubre a la berlina en medio del campo: rápidamente el coche de ciudad viene a colocarse junto a la berlina, tan cerca que la familia real – sin poner el pié en el suelo – se traslada de un coche a otro. 

    Fersen hace volcar el coche de ciudad en la cuneta, enmaraña a los dos caballos en sus aperos y se sube en el asiento al lado de Moustier. No deja a su cochero tiempo para respirar. 
       -¡Vamos, rápido! ¡Arrancad rápido! Le ordena. 
Estamos en la noche más corta del año y dentro de una hora el día empezará a despuntar. A lo largo de la carretera, Axel hace sonar su látigo gritando: 
     -¡Adelante, Baltasar! Tus caballos no están aún a todo tren, más deprisa! 
      En menos de tres cuartos de hora, la berlina alcanza Bondy. Los seis corceles encargados por Valory esperan ya ajetreados delante del correo. Mientras que Balthasar y los palafreneros desenganchan los caballos que pertenecían a Fersen, Axel baja de su asiento, abre la puerta, se inclina diciendo en alta voz: 
     -¡Adiós, Madame Korff! 
     El recambio se lleva a cabo con rapidez y muy pronto Axel, plantado en medio del camino, observa como se aleja el pesado carruaje escoltado por Malden que ha montado un caballo de correo. El ruido de las ruedas rodeadas de hierro de la berlina se apaga en la noche. Fersen mira su reloj. Los fugitivos tienen más de dos horas de retraso sobre el horario previsto…
     Por un camino segundario, Axel llegó a Le Bourget. Ahí, cogió un coche y tomó la carretera que lleva a Bélgica. A las seis de la tarde – el 21 – llegaba a Saint Quentin y doce horas más tarde a Mons. Fue solo al día siguiente – el 23 de Junio – cuando se enteró en Arlon del drama de Varennes. ¡No había podido salvarla! 
      “¡Todo está perdido y estoy desesperado!... Mirad mi dolor y compadeceos de mí…” 

    Al volver a Paris, después de un atroz viaje, María Antoinette le escribía: 
   “Aún estoy viva…¡Cuánto me inquieté por Vos y cuanto os compadezco de todo lo que sufrís por no tener noticias mías!...” 
Luego: 
    “Puedo afirmaros que os amo y que solo tengo tiempo para ello. Me encuentro bien. No os inquietéis por mí. Hacedme saber a quien debo mandar las cartas que podré escribiros, porque ya no puedo vivir sin ello. Adiós, el más amado y el más amante de todos los hombres. Os abrazo con todo mi corazón.” 
Durante los doce meses que le separaron del primer aniversario, Axel solo vivió para tratar de salvarla. Recorrió toda Europa, para tratar de que todos los soberanos se interesaran por la suerte de los prisioneros de la Revolución. Arriesgó incluso su vida al volver a Francia e infiltrarse con un disfraz en las Tuilleries. 
     “Su alojamiento de maravilla”, escribirá en su dietario y añade –por lo menos parece entreverse esas dos palabras bajo las tachaduras: “Que permaneció allí…” Efectivamente, había salido del castillo al día siguiente… Detenidamente, María Antoinette relatará a su querido Rignon – así lo apodaba ella – las peripecias de la Odisea de Varennes. 

       Y transcurrió el primer aniversario. 
    Ese día – el 20 de Junio de 1.792 – ocurrió la repetición general del 10 de Agosto. La muchedumbre invadió las Tuilleries. Con que dolor, había leído Axel las últimas noticias apremiantes de María Antoinette: 
     “Aún estoy viva, pero es un milagro. La jornada del día 20 ha sido horrorosa.” 
   Luego fue la interminable tragedia de quince meses de duración. Desde Bruselas, el “querido Rignon” siguió el calvario de la reina. El 20 de octubre de 1.793, se enteró de que María Antoinette había subido al cadalso cuatro días antes. 
Domingo 20. “No tuve fuerzas para no sentir nada…” 
     Lunes 21. “Que haya estado sola en sus últimos momentos, sin ningún consuelo, sin nadie con quien desahogarse y a quien decirle sus últimos deseos, me causa espanto…” 
      Miércoles 23. “Aumenta mi dolor en vez de apaciguarse” 
     Jueves 24. “¡Dios mío!, ¿porque tuve que perderla y que va a ser de mí?” 
     Sábado 26. “Todos los días me acuerdo de ella y todos los días aumenta mi pena…” 

      Cuatro meses más tarde, Fersen recibió el último mensaje de la reina: la huella de un sello que representaba una paloma volando, símbolo de Axel, adoptada por María Antoinette. Contenía en su parte superior una divisa: Tutto a te me guida (Todo me lleva a ti). Decirle, había escrito la reina, que nunca fue tan apropiada…” 

     ¡Nunca fue tan apropiada! Para volver a encontrarse con María Antoinette, ¿Tendrá que volver Axel a encontrarse – ese 20 de Junio de 1.810 – con una muerte más horrible aún que la suya? 
      El bello Fersen está aún acostado en el suelo del coche. Un granizo de piedras y de lodo sigue cayendo sobre la carroza. El servicio de orden no interviene. Al llegar a la Riddardhastoru, la turba es tan densa que el cortejo tiene que detenerse. Se echan al frente de los caballos de la carroza y los desenganchan. 

     Un edecán, el coronel Ulfsparre abre la puerta y aconseja al Gran Mariscal de bajarse. Axel obedece. La turba lo rodea insultándole. 
    -¡Dios mío, ¿Por qué me tratáis así, amigos míos? No os he causado ningún daño. 
        -¡Muere, perro! ¡Muere! ¡Maldito! 
        -En el nombre de Cristo, salvadme, dice el desgraciado. 
Un suboficial logra arrastrarlo hacia una casita amarilla que tenía el número uno de la Stora Nygatan. Aún existe con su fachada amarilla, enfrente de la casa de la Nobleza. Mientras que el cortejo reemprende su camino, Axel es introducido en el primer piso. 
     Era entonces un restaurante lleno de gente, que había acudido para ver pasar el cortejo fúnebre. Los clientes insultan ellos también al Gran Mariscal que logra refugiarse en una pequeña habitación, en donde una alma caritativa empieza a curarlo. 
    Mientras tanto, el general Silfversparre, que volvía de palacio con un teniente y dieciséis hombres, logra proteger la entrada de la casa. El teniente y dos soldados acuden cerca de Fersen. Lo encuentran atacado por un verdadero gentío. 
Siento que tengáis que exponeros por mi culpa, murmura Axel, al verlos colocarse a su lado. 
      ¡Son tres contra cincuenta! Los golpes y los insultos llueven. 
      -¡Has sido el causante de la Revolución francesa, y quieres provocar otra aquí! 
    Os equivocáis, señores, soy inocente. Quería mucho al príncipe heredero. Lloro su muerte tanto como vosotros y la lloraré toda mi vida. 
    ¡Tu vida, grita un cierto Lexov, no ha de durar mucho tiempo, tu vida…!Además eres demasiado mentiroso, estás demasiado acostumbrado a las intrigas de la corte, ¡Eres demasiado bribón para poder decir la verdad! 
Se abalanza sobre el herido y le arranca su cordón azul de la orden de los Serafines. 
     -¡Quítate esa cinta, no eres digno de llevarla! 
    -No, amigo mío, esa cinta me la dio el rey; solo él me la puede quitar. 
    Lexov se adelanta, amenazante. Axel prefiere ceder. Se da paso a las risas: 
     -¡Ahora ya no sois conde; solo sois el señor Fersen! 
La cinta pasa de una mano a otra, se la arroja por la ventana al gentío que sigue vociferando. La Stora Nygatan está llena de gente. Se oyen gritos: 
     ¡Háganle seguir el mismo camino! 
Se le arrancan a Axel las otras condecoraciones y se arrojan a la gente. El general Silversparre, a caballo, trata de dialogar. ¡Nadie le escucha! Toma entonces la decisión de subir al primer piso. En vez de llamar al batallón de la guardia que se encuentra aún en Kornhamhstorg, creyendo que así salvaría a Fersen, el general prefiere declarar a la gente que va a arrestar el Gran Mariscal para encarcelarlo. 
      -¡No nos impidáis el paso! 
    Axel baja la escalera, cogido del brazo por Silfversparre. Apenas el Gran Mariscal y su escolta llegan a la calle, la muchedumbre se abalanza sobre él, desgarrando sus vestidos y arrancándole sus pelos – sus pelos blancos – a puñados. La embestida es horrible. 
    El bello Axel está cubierto de salivazos. Muy pronto, el general ve que le arrancan a su “prisionero” de las manos. Prefiere entonces saltar sobre su caballo y escaparse. Sin embargo, algunos oficiales, así como un francés - Joseph Souplet – ayudante de cámara del duque de Piennes, tratan de socorrer al Gran Mariscal y hacen una barrera con sus cuerpos. 
      Gravemente herido, Axel logra, a pesar de todo, arrastrarse hasta el puesto cerca del Ayuntamiento. Pero la turba va en busca de su presa, arrastrando el desgraciado por las piernas, lo lleva al patio del Ayuntamiento en donde le arrancan sus vestidos. Mientras los golpes llueven, se oye aún a Fersen murmurar: 
       -Os equivocáis, no soy culpable. 
    Se le golpea con bastones y paraguas, se le arrancan sus zarcillos con la mitad del lóbulo. Se le atisba con la punta de los paraguas que se hunden en su cuerpo maltrecho. Está ahora medio desnudo. Finalmente, un gentilhombre finlandés – Johan Tandefeldt – salta a pies juntos sobre el pecho para hundirlo. Otros energúmenos martillean el cuerpo y el rostro del agonizante a taconazos. 
      Por fin, Axel entrega el alma. Hace una hora que la turba se cebaba sobre él. 

      Tutto a te me guida. 

    Era un 20 de Junio – el 20 de junio de 1.810 – diecinueve años, el mismo día, desde la fuga hacia Varennes.

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