MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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sábado, 14 de abril de 2018

I / EL BEATO TRÁNSITO DE MARÍA SANTÍSIMA VISIÓN DE MARÍA VALTORTA DEL 21-11-1.951.

María es la única Criatura juzgada digna
de ser la Madre de Dios





EL TRÁNSITO DE MARÍA SANTÍSIMA A LOS CIELOS
I/ Recomendaciones de María para la Iglesia; preparación
para la comparecencia ante la Divinidad.


María en su pequeño cuarto solitario situado arriba en la terraza, vestida enteramente de cándido lino (…), está ordenando sus vestidos y los de Jesús, que siempre ha conservado. Elije los mejores. Estos mejores son pocos. De los suyos, toma la túnica y el manto que tenía en el Calvario; de los de su Hijo toma la túnica de lino que Jesús acostumbraba llevar en los días veraniegos y el manto encontrado en el Getsemani, todavía manchado de la sangre brotada con el sudor sanguíneo de aquella hora tremenda.
Dobla bien estos indumentos. Besa el manto ensangrentado de su Jesús, y se dirige hacia el arca en la que están, desde hace años, recogidas y conservadas las reliquias de la última Cena y de la Pasión. Las reúne en una única parte, la superior, y pone todos los indumentos en el inferior
[…] “He ordenado todo lo que conviene conservar. Todos los recuerdos… Todo lo que constituye un testimonio de su amor y dolor infinitos”.
“¿Por qué Madre, volverte a abrir las heridas del corazón, viendo de nuevo ess cosas tristes? Sufres viéndolas, porque estás pálida y tu mano tiembla” le dice Juan acercándose a ella, como temiendo que – tan pálida y temblorosa como está – pueda sentirse mal y caer al suelo.

“¡Oh, no es por eso por lo que estoy pálida y tiemblo! No es porque se me abran de nuevo las heridas… que, en verdad, nunca se han cerrado completamente. En realidad, siento en Mí paz y gozo, una paz y un gozo que nunca han sido tan completos como ahora”.
“¿Nunca como ahora? No entiendo…  A mí, ver esas cosas, llenas de atroces recuerdos, me hace renacer la angustia de aquellas horas. Y yo solo soy un discípulo suyo, Tu eres su Madre…”.
[…] Desgarrador fue el dolor de la separación que siguió a su muerte, pero ¿Con que palabras podré expresar el gozo que sentí, cuando se me apareció resucitado? Inmensa fue la pena de la separación por su regreso al Padre, una pena sin término hasta el final de mi vida terrestre, Ahora experimento el gozo, inmenso el gozo como inmensa ha sido la pena, porque siento que mi vida toca a su fin, He hecho cuanto debía hacer. He terminado mi misión terrena. La otra, la celeste, no tendrá fin. Dios me ha dejado en esta Tierra hasta que he consumado yo también como mi Jesús – todo lo que debía consumar. Y tengo dentro de Mí, una secreta alegría –única gota de bálsamo en medio de sus amarguísimos finales y atroces sufrimientos – que tuvo Jesús cuando pudo decir: “Todo está consumado”.
“¿Alegría en Jesús, en aquella hora? “.
“Sí, Juan. Una alegría incomprensible para los hombres, pero comprensible para los espíritus que ya viven en la Luz de Dios y ven las cosas profundas, escondidas por los velos que el eterno corre sobre sus secretos de Rey, gracias a esa Luz, Yo, tan angustiada como estaba, profundamente turbada por lo que estaba sucediendo, asociada a Él, a mi Hijo, en el abandono en las manos del Padre, no comprendí en esos momentos. La Luz se había apagado para el mundo para todo que no había querido acoger, Y también para Mí. No por un justo castigo, sino porque, debiendo ser la Corredentora, yo también tenía que padecer la Angustia del abandono de los consuelos divinos, la tiniebla, la desolación, la tentación de Satanás de que no creyera ya posible lo que Él había dicho; Todo lo que Él padeció en el Espíritu desde el Jueves  hasta el Viernes. Pero luego comprendí. Cuando la Luz, resucitada para siempre, se me apareció, comprendí. Todo, incluso la secreta alegría final de Cristo cuando pudo decir: “Todo lo que el Padre quería que llevara a cabo lo he cumplido. He colmado la medida de la Caridad Divina amando al Padre hasta el sacrificio de si mismo. Amando a los hombres hasta morir por ellos. Todo lo que debía llevar a cabo lo he cumplido. Muero, lacerado en mi carne inocente, pero contento en mi espíritu”.

Yo también he cumplido lo que ab aeterno, estaba escrito que cumpliera. Desde la Generación del Redentor hasta la ayuda a vosotros, sus sacerdotes, para que os formarais perfectamente […]
Porque la vida de Jesús, y también la mía, estuvieron siempre guiadas y movidas por el amor. Ninguno fue rechazado por nosotros, a todos les perdonamos; solo a uno no pudimos otorgarle el perdón, porque él, siendo ya esclavo del Odio, no quiso nuestro Amor sin límites. Jesús en su último amor antes de la muerte, os mandó que os amareis los unos a los otros. Y os dio incluso la medida del amor que debíais tener, diciéndoos: “Amaos los unos a los otros como Yo os he amado. Por esto se sabrá que sois mis discípulos”.

La Iglesia para vivir y crecer tiene necesidad de la Caridad. Caridad sobre todo en sus ministros. Si no os amareis entre vosotros con todas vuestras fuerzas y, de la misma manera no amarais a vuestros hermanos en el Señor, la Iglesia se haría estéril y raquítica, y escasa sería la nueva creación y la supercreación de los hombres, para el grado de Hijos del Altísimo y coherederos del Reino de los Cielos, porque Dios dejaría de ayudaros en vuestra misión, Dios es Amor, todos sus actos han sido actos de Amor. Desde la Creación hasta la Encarnación, desde esta hasta la Redención, desde esta a su vez hasta la fundación de la Iglesia y, en fin desde esta hasta la Jerusalén celestial que recogerá a todos los justos para que exulten en el Señor. “Te digo a ti estas cosas porque eres el Apóstol del Amor y lo puedes comprender mejor que los otros…”.

[…] Porque yo sé que el Amor es, para cualquier que lo use, fuerza, luz, imán que atrae hacia arriba, fuego que purifica y hace hermoso todo lo que enciende, y transforma y transhumana a todos los que ciñe en su abrazo. “Sí, el Amor es realmente llama. Es llama, que aun destruyendo todo lo caduco, hace de ello – aunque se trate de un deshecho, un detrito, un despojo de hombre – un espíritu purificado y digno del Cielo. ¡Cuántos desechos, cuántos hombres manchados, corroídos, acabados, encontraréis en vuestro camino de evangelizadores! No despreciéis a ninguno de ellos. Antes, al contrario, amadlos, para que nazcan al Amor y se salven. Infundid en ellos la caridad. Muchas veces el hombre se hace malo porque nadie le amó o le amó mal. Vosotros, amadlos para que el espíritu Santo vaya de nuevo a vivir – después de la purificación – en esos tiempos vaciados y ensuciados por muchas cosas.
Dios, para crear al hombre no tomó un ángel, ni materia selecta; tomó barro, la materia más abyecta. Luego, infundiendo en ella un soplo o sea, otra vez su Amor, elevó la materia abyecta al excelso grado de hijo adoptivo de Dios.
Mi Hijo, en su camino, encontró muchos seres humanos caídos en el fango, y que eran verdaderos despojos. No los pisó con desprecio. Al contrario, con Amor los recogió y acogió, y los transformó en elegidos del Cielo. Recordad esto siempre. Y actuad como Él actuó.

[…] Y el propio Espíritu, hablando en los hijos del Señor de nuevo creados, los fortalecerá de tal manera, que para ellos será dulce el morir entre tormentos, padecer el destierro y la persecución, con tal de confesar su Amor a Cristo y unirse a Él en el Cielo, como ya hicieron Esteban y Santiago, mi Santiago y otros más… Cuando estés solo, salva esta arca…”.
Juan, palideciendo y turbándose, más pálido aun de lo que se puso cuando María le dijo que siente cumplida su misión, la interrumpe exclamando y preguntando: “¡Madre!! ¿Por qué dices esto? ¿Te sientes mal?”.
“No”
“¡Entonces es que quieres dejarme?”.
“No. Estaré contigo mientras esté en la Tierra. Pero prepárate, Juan mío a estar solo”. […] Todo en mi vida ha sido voluntad de Dios, y obediencia mía a su voluntad. Pero esta, la voluntad de querer unirme de nuevo a Jesús, es voluntad del todo mía. ¡Dejar la Tierra por el Cielo, para estar con Él eterna y continuamente! ¡Mi deseo de hace ya muchos años! Y ahora siento que próximamente se va a hacer realidad. ¡No te turbes  de esa manera, Juan! Escucha más bien mis últimos deseos, Cuando mi cuerpo, ausente ya de él el espíritu vital, yazca en paz, no me sometas a los embalsamamientos habituales entre los hebreos. Ya no soy la hebrea, sino la cristiana, la primera cristiana, si bien se piensa, porque fui la primera que tuvo a Cristo, Carne y Sangre en Mí, porque fui su primer discípulo, porque fui con Él Corredentora y continuadora suya aquí, entre vosotros, siervos suyos. Ningún ser humano, excepto mi padre y mi madre y los que asistieron a mi nacimiento, vio mi cuerpo. Tú a menudo me llamas Arca verdadera que contuvo a la Palabra divina”. Ahora bien, tú sabes que solo el Sumo Sacerdote puede ver el Arca. Tú eres sacerdote y mucho más santo y puro que el Pontífice del Templo. Pero yo quiero que sólo el eterno Pontífice pueda ver, a su debido momento, mi cuerpo. Por eso, no me toques. Además… ya ves que me he purificado y me he puesto la túnica pura, el vestido de los esponsales eternos… Pero ¿por qué lloras, Juan?”.