MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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jueves, 6 de octubre de 2016

LA ROSA DE JERICÓ, UNA MUJER REPUDIADA POR SU MARIDO, EL CUAL LE HABÍA TRANSMITIDO UNA ENFERMEDAD VENÉREA, PARA CASARSE CON OTRA


La rosa de Jericó, la misteriosa flor que parece muerta y revive 


Al hablar de la rosa, nos viene naturalmente a la mente la bella flor que sobresale de un tallo espinoso, pero no sólo la rosa tradicional se llama así. En los antiguos desiertos de Alejandría en Egipto y en los afluentes del Mar Rojo había una planta muy curiosa también llamada “rosa”: es la Rosa de Jericó.

completamente diferente a la rosa que conocemos, esta planta tiene una propiedad muy particular. Por largos periodos de tiempo la planta, que vive en regiones desérticas, crece y se reproduce hasta que el ambiente se vuelve desfavorable. En ese momento las flores y las hojas secas se caen, las raíces se desatan y las ramas secas se doblan, formando una “pelota” que permite que el viento la lleve a donde quiera.

En la Biblia se hacen varias referencias a la Rosa de Jericó, de las que entresacamos esta en las que se cita textualmente: “Crecí como palmera de Engadi y broté cual rosal de Jericó; como magnífico olivo en la llanura, y crecí como plátano junto a las aguas”. (Eclo 24, 18- 19)

Una leyenda hace referencia a cuando María y José huían de Belén con el niño Jesús para evitar que Herodes pudiera asesinarlo. Cuando estaban atravesando las llanuras de Jericó, María se bajó del burro y al tocar el suelo brotó una rosa de Jericó, para saludar al niño. Dicen que cuando Jesús murió en la cruz, todas las rosas se marchitaron, y tres días después, coincidiendo con la resurrección, volvieron a la vida de nuevo. Otra versión dice que la rosa surgió como símbolo de la energía que se difundió especialmente en esa zona al morir el Cristo y derramar su sangre por nosotros.


LA ROSA DE JERICÓ Y LA VIRGEN MARÍA

"Cuando el dragón se vio precipitado en la tierra, se dio a perseguir a la mujer que había parido al Hijo varón. Pero fueron dadas a la mujer dos alas de águila grande para que volase al desierto, a su lugar, donde se alimentará por un tiempo, y dos tiempos, y medio tiempo lejos de la vista de la serpiente" (Ap. 12, 13-14)

La Santísima Virgen María, retirada por un tiempo, por dos tiempos y medio tiempo, que son el tiempo del desarrollo del Cristianismo, los dos tiempos del reinado del cristianismo, y el  medio tiempo de la decadencia que estamos viviendo, por el auge del relativismo y del hedonismo.
Como la Rosa de Jericó, la Santísima Virgen María ha vuelto del desierto, ha arraigado, y en Fátima ha anunciado que por fin, su Inmaculado Corazón triunfará.

Una de las armas más potentes de María es el rezo del santo Rosario, el terror de Satanás, ya que para él, el rosario es como una terrible "bomba de racimos", que dicen que  hoy día es la más potente y destructiva. Cada misterio, y avemaría, es para el demonio un estallido que lo pone en fuga. La Letanía, le recuerda su derrota ante una mujer, la nueva Eva que es el remordimiento más atroz, y vergonzoso: Lucifer el ángel más sublime, el portador de la Luz de Dios, el que era la veneración de los ángeles, derrotado estrepitosamente por una humilde Mujer.



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Del Evangelio como me ha sido revelado de María Valtorta



              [...] Andrés y los dos hijos de Alfeo van delante de todos. Llegados a un punto del camino, se inclinan, miran y rápidamente vuelven. “¡Hay una mujer! ¡Parece muerta! Tapa el sendero”.
“¡Que lata! Ya empezamos mal. ¿Cómo es posible? ¡Ahora vamos a tener que purificarnos incluso!”. Las primeras quejas del día.
“Vamos a ver nosotros si está muerta” dice Tomás a Judas Iscariote.

“Voy yo contigo, Tomás” dice el Zelote, y va adelante.
Llegan donde la mujer, se agachan, y Tomás regresa corriendo y gritando.
“Quizás la han asesinado” dice Santiago de Zebedeo.
“O ha muerto de frío” responde Felipe.
Pero Tomás se llega a ellos y grita: “Lleva la túnica descosida de los leprosos…” (Está tan desconcertado, que parece como si hubiera visto el diablo).
“¿Pero está muerta?” preguntan.
“¿Yo que sé?, he salido corriendo”.
El Zelote se levanta y, a buen paso, viene hacia Jesús. Dice: “Maestro, una hermana leprosa. No sé si está muerta. Creo que no. Creo que el corazón todavía late”.

“¿La has tocado?” gritan bastantes separándose.
“Sí. Desde que soy de Jesús, no tengo miedo de la lepra. Y siento compasión, porque sé lo que es ser leproso, Quizás le han dado un golpe, porque está sangrando por la cabeza. Quizás había bajado buscando algo que comer. Es tremendo, ¿sabéis?, morirse de hambre y tener que hacer frente a los hombres para conseguir un pan”.
“¿Está muy maltrecha?”
“No. Es más, no sé como está con los leprosos. No tiene ni escamas, ni llagas ni gangrenas. Quizás es leprosa desde hace poco. Ven, Maestro. Te lo ruego. ¡Como de mí, ten piedad de esta hermana leprosa!”.

“Vamos, dadme pan, queso y un poco de vino que tenemos todavía”.
“¿No le irás a dar de beber de donde bebemos nosotros?” grita aterrorizado Judas Iscariote.
“No temas, Beberá en mi mano. Ven, Simón”.
Van hacia delante… pero la curiosidad manda también adelante a los demás. Sin sentir ya molestias por el agua de las ramas (Que cae de los árboles encima de las cabezas cuando las menean) ni por el musgo empapado, suben por la ladera para ver a la mujer sin acercarse, sin acercarse. Y ven que Jesús se agacha, la toma por las axilas, la arrastra sentada y la apoya contra una roca. La cabeza pende como si estuviera muerta.

“Simón, vuelvele la cabeza, para que pueda echarle en la garganta un poco de vino”.
El Zelote obedece sin miedo, y Jesús, manteniendo en alto el calabacino, deja caer unas gotas de vino dentro de los labios entreabiertos y lívidos. Y dice: “¡Está helada esta infeliz, y empapada!”.
“Si no fuera leprosa, la podíamos llevar adonde hemos estado nosotros” dice Andrés compadecido.
“¡Sí! Responde Judas “¡Lo que faltaba!”.
“¡Pero si no está leprosa! No tiene señales de lepra”.
“Tiene la túnica y es suficiente”.

Mientras tanto el vino ha actuado. La mujer emite un suspiro de cansancio. Jesús, viendo que traga, le vierte un chorro en la boca. La mujer abre los ojos obnubilados y asustados. Ve a algunos hombres. Trata de alzarse y de huir, mientras grita: “¡Estoy contaminada! ¡Estoy contaminada!”. Pero las fuerzas no la ayudan. Se tapa el rostro con las manos y gime: “¡No me apedreéis! He bajado porque tengo hambre… Hace tres días que nadie me echaba nada de comer…”.
“Aquí hay pan y queso. Come. No tengas miedo. Bebe un poco de vino en mi mano” dice Jesús, echando en el cuenco de su mano un poco de vino y dándoselo.
“¿Pero no tienes miedo?” dice, asombrada, la infeliz.

“No tengo miedo” responde Jesús. Y, poniéndose en pié, sonríe; se queda, de todas formas con la mujer, que come con avidez el pan y el queso.
Parece una fiera hambrienta. Incluso jadea, por el ansia de alimentarse. Luego, sedada el hambre del estómago vacío, mira alrededor suyo… cuenta en voz alta: “Uno… dos… tres… trece… ¿Pero entonces?... ¿Quién es el Nazareno? ¿Tú, no? ¡Solo Tú puedes tener compasión como has tenido de una leprosa!...”.
La mujer se pone de rodillas con dificultad por la debilidad.
“Soy Yo, sí. ¿Qué quieres? ¿Curarte?”.

“Eso también… Pero antes debo decirte una cosa… Yo tenía noticias de Ti. Me habían hablado hace mucho unos que pasaban… ¿Mucho? No. El otoño pasado. Pero para un leproso… cada día es un año… Hubiera deseado verte. Pero ¿cómo podía ir a Judea o a Galilea? Me llaman “leprosa”.

 Pero lo único que tengo es una llaga en el pecho, que me ha transmitido mi marido, que me tomó virgen y sana, y él no estaba sano. Pero es una persona importante… y puede todo. Incluso decir que le había traicionado yendo a él ya enferma, y así repudiarme, para tomar a otra mujer de la que estaba prendado. Me denunció como leprosa. Por pretender justificarme, empezaron a pedradas conmigo. ¿Era justo, Señor? Ayer tarde, un hombre ha pasado de Bet-Yaboc, avisando que venías, y exhortando a salir a tu encuentro para echarte de aquí. Yo estaba… Había bajado hasta las casas porque tenía hambre. Habría hurgado incluso en los estercoleros para matar mi hambre… Yo, que era la “señora”, había querido quitarles a los pollos un poco de su frangollo agriado…”.

Llora… Luego continúa: “La ansiedad por encontrarte – por Ti, para decirte: “¡Huye!”; por mí para decirte: “¡Piedad!” – me ha hecho olvidarme de que, infringiendo nuestra Ley, perros, cerdos y pollos viven junto a las casas de Israel, pero que el leproso no puede bajar a pedir un pan, ni siquiera cuando es una que de leprosa sólo tiene el nombre. Y he venido, preguntando dónde estabas. No me vieron en ese momento, por la oscuridad, y me dijeron: “Sube por el ribazo del río”. Pero luego, me vieron, y en vez de pan me dieron piedras. Salí corriendo en la noche para ir a tu encuentro, para evitar los perros. Tenía hambre, tenía frío, tenía miedo. Caí donde me has encontrado. 

Aquí. Creía que moría. Sin embargo, te he encontrado a Ti. Señor, no estoy leprosa. Pero esta llaga que tengo aquí, en el pecho me impide volver con los vivos. No pido volver a ser la Rosa de Jericó de los tiempos de mi padre; pero por lo menos vivir con los demás hombres y seguirte a Ti. Los que me hablaron en Octubre me dijeron que tenías discípulas y que estabas con ellas… Pero primero, sálvate Tú. ¡No mueras, Tú que eres bueno!”.

“No moriré hasta que no llegue mi hora. Ve allí, a aquella peña, hay una gruta segura. Descansa, luego ve al sacerdote”.
“¿Para qué, Señor?”. La mujer tiembla de ansiedad.
Jesús sonríe: “Vuelve a ser la Rosa de Jericó que florece en el desierto y que siempre está viva aunque parezca muerta. Tu fe te ha curado”.
La mujer alza ligeramente la parte de su vestido que cubre el pecho, mira… y grita: “¡Ya no hay nada! ¡Oh, Señor, mi Dios!” y cae rostro en tierra.

“Dadle pan y otras cosas de comer. Y tú, Mateo, dale un par de sandalias tuyas. Yo doy un manto. Para que pueda ir, después de reponer fuerzas, al sacerdote. Dale también el óbolo, Judas. Para los gastos de purificación. La esperamos en Getsemaní para dársela a Elisa, que me pidió una hija”.
“No, Señor, no descanso, me pongo en marcha ya. En seguida, en seguida”.
“Baja entonces al río, lávate, ponte encima el manto…”.
“Señor, se lo doy yo a una hermana leprosa. Deja que lo haga. Yo la guío adonde Elisa. Me curo otra vez, viéndome a mí en ella, así, dichosa” dice el Zelote.

“Sea como quieras. Dale todo lo necesario. Mujer, escucha bien. Iras a purificarte. Luego irás a Betania y preguntarás por Lázaro. Le dices que te de hospedaje hasta que llegue Yo. Ve en paz”.
“¡Señor! ¿Cuándo voy a poder besarte los pies?”.
“Pronto. Ve. Más has de saber que solo el pecado me produce horror. Y perdona a tu marido, porque por medio suyo, me has encontrado a Mí”.
“Es verdad. Le perdono. Me voy… ¡Oh, Señor! No te detengas aquí, que te odian. Piensa que he caminado exhausta, durante una noche, para venir a decírtelo, y que si en vez de encontrarte a ti hubiera encontrado a otros, me podían haber matado a pedradas como a una serpiente”.

“Lo recordaré. Vete, mujer. Quema la túnica. Acompáñala, Simón. Nosotros os seguiremos. En el puente os alcanzaremos”.
Se separan.
“Pero ahora tenemos que purificarnos. Todos estamos contaminados”.
“No era lepra, Judas de Simón. Yo te lo digo”.

“Bueno, pues de todas formas me voy a purificar. No quiero cargar con impurezas”.
“¡Qué cándida azucena!” exclama Pedro. “¡No se siente impuro el Señor, y tú te sientes impuro!”.
“¿Y por una que Él dice que no está leprosa? Pero, ¿qué tenía Maestro? ¿Has visto la llaga?”.

“Si. Un fruto de la lujuria masculina. Pero no era lepra. Y si el hombre hubiera sido honesto no la habría repudiado, porque estaba más enfermo que ella. Pero todo les sirve a los lujuriosos para saciar su alma. Tú, Judas, si quieres, vete también. Nos encontraremos en el Getsemaní. ¡Y purifícate, purifícate! Pero la primera purificación es la sinceridad. Tú, eres hipócrita. No lo olvides. Vete, vete, si quieres”.

¡No, no, que me quedo! Si Tú lo dices, creo. No estoy, por tanto contaminado y me quedo contigo. Tú quieres decir que soy lujurioso y que aprovechaba la ocasión para… Te demuestro que mi amor eres Tú”.
Y caminan raudo hasta abajo... 




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