MENSAJE DE LA VIRGEN MARÍA

DIJO LA SANTÍSIMA VIRGEN MARÍA:

“QUIERO QUE ASÍ COMO MI NOMBRE ES CONOCIDO POR TODO EL MUNDO, ASÍ TAMBIÉN CONOZCAN LA LLAMA DE AMOR DE MI CORAZÓN INMACULADO QUE NO PUEDO POR MÁS TIEMPO CONTENER EN MÍ, QUE SE DERRAMA CON FUERZA INVENCIBLE HACIA VOSOTROS. CON LA LLAMA DE MI CORAZÓN CEGARÉ A SATANÁS. LA LLAMA DE AMOR, EN UNIÓN CON VOSOTROS, VA A ABRASAR EL PECADO".

DIJO SAN JUAN DE LA CRUZ:

"Más quiere Dios de ti el menor grado de pureza de Conciencia que todas esas obras que quieres hacer"


A un compañero que le reprochaba su Penitencia:

"Si en algún tiempo, hermano mío, alguno sea Prelado o no, le persuadiere de Doctrina de anchura y más alivio, no lo crea ni le abrace, aunque se lo confirme con milagros, sino Penitencia y más Penitencia, y desasimiento de todas las cosas, y jamás, si quiere seguir a Cristo, lo busque sin la Cruz".

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jueves, 13 de abril de 2017

EL ÓBOLO DE LA VIUDA. LA POBRE MUJER QUE HA DADO TODO SU DINERO, QUE ES INSUFICIENTE PARA COMPRAR ALPISTE, SABE MÁS QUE MUCHOS GRANDES TEÓLOGOS.



JESÚS, COMO LA POBRE VIUDA DEL ÓBOLO, NOS HA DADO
TODO LO QUE TENÍA. SU MADRE Y SU PROPIA VIDA


Esta descripción detallada del óbolo de la viuda, es una lección magistral de Jesús sobre el amor a Dios y al prójimo, igual que la pobre mujercita ha ofrecido a Dios absolutamente todo, no guardando nada para ella, quedándose por eso en la miseria más absoluta, Jesús ha ofrecido igualmente todo lo que tenía, hasta su última gota de Sangre, y su propia Madre, nombrada Madre nuestra al pie de la Cruz.

Ambos ofrecimientos, para los Judíos parece que han pasado desapercibidos, pero el de la viuda es el más grande ejemplo de como hay que amar a Dios, y ha traído la bendición de Dios sobre ella. La muerte de Jesús ha traído su Glorificación, y la Redención de toda la Humanidad, y la bendición de Dios para sus seguidores, que son la Vida Eterna, en el Paraíso de Dios Todopoderoso. 




Del Evangelio como me ha sido revelado 
de María Valtorta


19 de Julio de 1.944:

(…) Al principio veo sólo patios y pórticos, que reconozco que son los del Templo. Veo también a Jesús, tan solemne con la túnica de color rojo vivo y manto también rojo, más oscuro, y parece un Emperador. Está apoyado en una enorme columna cuadrada que sostiene un arco del pórtico. Me mira fijamente. Me pierdo mirándole, gozándome en Él, al que hace dos días no veía ni oía.

(…) El lugar se va llenando de gente que va y viene en todas las direcciones. Hay sacerdotes y fieles, mujeres y niños. Unos pasean, otros está parados y escuchando a los doctores, otros se desplazan a otros lugares - quizá de sacrificio – tirando de corderitos o llevando palomas.

Jesús está apoyado en su columna, mira. No habla. Incluso en dos ocasiones en que los apóstoles le han hecho unas preguntas, ha hecho gesto de negación, pero no ha hablado. Observa atentísimo. Por la expresión, parece juzgar a los que mira. Su mirada y toda su cara me recuerdan el aspecto que vi, cuando juzgaba a las almas en la visión del Juicio particular. Ahora, naturalmente es Jesús, Hombre, allí era Jesús glorioso, así que más solemne aún. Pero el aspecto del Rostro, que observa fijamente es igual. Está serio, escrutador. Pero si algunas veces refleja una severidad que haría temblar al más descarado, otras se le ve tan dulce – dulzura que es tristeza sonriente – que parece acariciar con la mirada.

Parece no oír nada. Pero debe escuchar todo, porque cuando de un grupo que está separado de bastantes metros, recogido alrededor de un doctor, se alza una voz nasal que proclama: “Más que cualquier otro precepto, vale este: Todo lo que es para el Templo, debe de ir al Templo. El Templo está por encima del padre y la madre, y si alguno quiere dar a la gloria del Señor, todo aquello que le sobre, puede hacerlo, y será bendecido por ello, porque no hay ni sangre ni afecto que sean superiores al Templo”. Entonces, Él vuelve lentamente la cabeza en aquella dirección y mira con una expresión, que no querría que fuera para mí.

Parece mirar en general, pero cuando un viejecito tembloroso va a empezar a subir los cinco escalones de una especie de terraza próxima que parece conducir a otro patio más interior, y apoya el bastoncito y casi se cae al trabarse en su túnica, Jesús le tiende su largo brazo y le sujeta, y no le deja hasta que lo ve seguro. El viejecito lavanta la canosa cabeza y mira a su alto Salvador susurrando una palabra de bendición. Jesús le sonríe y le hace una caricia en la cabeza semicalva. Luego vuelve a su columna, de la cual se separa otra vez para levantar a un niño que se ha ido de la mano de su madre y que ha caído de bruces sobre el primer escalón, justo a sus pies y que llora. Le levanta, le acaricia, le consuela. La madre azarada le da las gracias. Jesús le sonríe también a ella y le da el niño.

Pero no sonríe cuando pasa un pomposo Fariseo; tampoco cuando pasan un grupo de escribas y otros que no se quienes son. Este grupo saluda con exagerados gestos con los brazos y exageradas reverencias. Jesús los mira tan fijamente, que parece perforarles, saluda, pero sin abierta expresividad; su expresión es severa. También a un sacerdote que viene – y debe de ser un pez gordo porque la gente se hace a un lado y saluda, y él pasa pomposo como un pavo – Jesús le mira largamente: es una mirada de tales características que el sacerdote, aún estando lleno de soberbia, agacha la cabeza; no saluda, pero no resiste su mirada.

Jesús deja de mirarle para observar a una pobre viejecita vestida de marrón oscuro, que sube tímida los escalones y se dirige a una pared en donde hay como unas cabezas de león, con una boca abierta, y otros animales parecidos. Muchos van en esa dirección y Jesús parecía no haberles hecho caso. Hora sigue el camino de la mujer. Sus ojos la miran compasivos y se llenan de dulzura cuando ve que alarga una mano y echa algo en la boca de piedra de uno de esos leones. Y cuando la mujercita, retirándose, le pasa cerca, le dice: “La paz a ti, mujer”. Ella, sorprendida, alza la cabeza azorada. “La paz a ti”, repite Jesús.“Ve. El altísimo te bendice”. La pobrecita se queda extática. Luego, susurra un saludo y se marcha.

“Es feliz en medio de su infelicidad” dice Jesús, saliendo de su silencio. “Ahora es feliz porque la bendición de Dios la acompaña”.
“Oíd, amigos, vosotros que estáis aquí cerca de Mí. ¿Veis a esa mujer? Ha dado solo dos monedas, una cantidad que no es suficiente para comprar la comida de un pájaro enjaulado, y a pesar de eso ha dado más que todos los que han echado su donativo en el Tesoro desde la apertura del Templo al rayar el alba. Oid, he visto a muchos ricos meter en esas bocas dinero suficiente como para darle de comer a ella durante un año y para revestir su pobreza, solo decente por su limpieza. He visto a ricos meter allí dentro, con visible satisfacción, sumas que hubieran podido saciar el hambre de los pobres de la Ciudad Santa, durante uno o varios días y hacerles bendecir al Señor. Más en verdad os digo que ninguno ha dado más que esta. Su óbolo es caridad; lo otro, no. Lo suyo es generosidad; lo otro, no. Lo suyo es sacrificio; lo otro, no.

Hoy esa mujer no comerá porque ya no le queda nada. Antes tendrá que trabajar para ganar algo y así poder dar un pan a su hambre. No tiene a sus espaldas ni riquezas, ni familiares que ganen por ella. Está sola. Dios se ha llevado padres, marido e hijos; y también el poco bien que ellos le habían dejado (esto, más que Dios, se lo han arrebatado los hombres, esos hombres que ahora, con gestos ampulosos, ¿véis?, siguen echando ahí lo superfluo, de lo cual, mucho ha sido sonsacado con usura de las débiles manos de los pobres y hambrientos).

Dicen que no hay ni sangre ni afectos que sean superiores al Templo y así enseñan a no amar al prójimo. Yo os digo que por encima del Templo, está el amor. La ley de Dios es amor, y quien no tiene piedad para el prójimo, no ama. El dinero superfluo, el dinero manchado con el fango de la usura, del desprecio, de la dureza del corazón, de la hipocresía, no canta la alabanza a Dios ni atrae hacia el donador la bendición celestial. Dios lo repudia.

 Enriquece esta caja, pero no es oro para el incienso: es fango que os sumerge, oh ministros, que no servís a Dios, sino vuestros intereses, es lazo que os estrangula, doctores que enseñáis una doctrina vuestra; es veneno que os corroe, ese resto de alma que todavía tenéis, fariseos. Dios no quiere las sobras. No seáis Caínes. Dios no quiere el fruto de la dureza de corazón. Dios no quiere el que alzando la voz de llanto dice: “Debía saciar a un hambriento, pero no lo llevé a cabo porque preferí darle pompa aquí dentro; debí ayudar a un padre anciano, o una madre caduca, pero no lo hice porque esa ayuda no habría sido notada por la gente, y debo emitir mi sonido para que el mundo vea al donante”.

No, rabí, tu que enseñas que ha de darse a Dios todo lo que sobra, y que es lícito desatender al padre y a la madre para dar a Dios. El primer precepto es  “Ama a Dios con todo tu corazón, tu alma, tu inteligencia, tu fuerza”. Por tanto no es lo superfluo, sino lo que es carne nuestra lo que hay que darle, amando sufrir por Él. Sufrir, no hacer sufrir. Y si dar mucho cuesta - porque despojarse de las riquezas no gusta y el tesoro es el corazón del hombre, vicioso por naturaleza - , precisamente porque cuesta hay que dar. Por justicia, porque todo lo que uno tiene es bondad de Dios; por amor, porque es prueba de amor amar el sacrificio para dar alegría al amado. Sufrir por ofrecer. Pero, repito, sufrir; no hacer sufrir. Porque el segundo precepto dice: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. Y la ley especifica que, después de Dios, los padres son el prójimo a quienes estamos obligados a honrar y ayudar.

Por lo cual, en verdad os digo que esa pobre mujer, ha comprendido la Ley mejor que los sabios y está más justificada que todos los demás; y bendecida porque en su pobreza ha dado a Dios todo, mientras que vosotros dais lo superfluo, y lo dais para crecer en la estima de los hombres. Sé que me odiáis porque hablo así. Pero mientras esta boca puede hablar, hablará de esta manera. Unís vuestro odio hacia Mí el desprecio hacia la pobrecita a la que Yo alabo. Pero no penséis que haréis de estas dos piedras un doble pedestal para vuestra soberbia, serán la muela que os triturará.

Vámonos. Dejemos que las víboras se muerdan, aumentando así su veneno. Los que tengan el corazón puro, bueno, humilde, contrito, y quieran conocer el verdadero rostro de Dios, que me sigan”.




   



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